Viajar a Calcuta y convivir con el sufrimiento cambiaron la perspectiva de vida de este joven argentino

Por La Gran Época
17 de Julio de 2018 Actualizado: 18 de Julio de 2019

Cuando salimos de viaje a un lugar desconocido, vamos al encuentro de lo nuevo, de lo diferente. Al atravesar fronteras, descubrimos nuevas culturas, nuevos idiomas, costumbres y valores distintos y, muchas veces, esas vivencias nos llevan a replantear nuestras vidas.

A veces en un viaje nos encontramos con realidades muy alejadas de las que frecuentamos habitualmente, como la extrema pobreza, la niñez en estado de virtual abandono, las personas con discapacidad marginadas, prácticas racistas aceptadas con sumisión y cuando uno descubre esas formas de injusticia y dolor, en nuestro corazón nace el deseo de que haya una respuesta más humana frente a las necesidades de los más desfavorecidos.

Esta es la historia de Nicolás Donnelly quien cambió su vida debido a un viaje que realizó a Calcuta, India, que lo golpeó tan fuerte que no volvió a ser el mismo.

Cuando era niño siempre fue a las misiones, y en uno de esos encuentros conoció a un joven que había ido a Calcuta. “Con un amigo dijimos que cuando termináramos la carrera, íbamos a ir”. A los 23 años se recibió de Ingeniero Industrial y su amigo le recordó aquella promesa, por lo cual renunció al trabajo y se fueron, dice Nicolás, quien hoy ya tiene más de 30.

Su más grande experiencia la  tuvo durante los dos meses que pasó como voluntario con las Hermanas de la Caridad, en Calcuta.

“Ellos creen en la reencarnación, para ellos lo que están viviendo tiene un sentido, está todo aceptado y no tienen remordimiento. Esto hace que tengan una alegría innata muy fuerte y eso me caló mucho”, relata Nicolás a La Nación.

Nicolás estaba preparado para la pobreza que se encontró, pero nunca pensó que tendría que  acompañar a enfermos terminales o cambiar los pañales a adultos mayores. Por las mañanas acompañaba a un chico con retraso madurativo, al que le daba clases y soporte.

Imagen ilustrativa. (Crédito: billy cedeno. Pixabay)

“Esa fue una experiencia que me marcó mucho, porque acompañé durante unas semanas a una persona que finalmente terminó muriendo. Fue muy fuerte. Entregué mi amistad a las personas y eso fue muy lindo”, recuerda Nicolás.

Fueron dos meses muy movidos, y también lo fue volver y no tener trabajo. “Realmente esa experiencia me marcó muy fuerte. Volví con una sensación rara en mi interior”.

“No tengo que irme a Calcuta para ayudar, puedo hacerlo en mi barrio”

Esta fue la conclusión a la que llegó Nicolás Donnelly, después de haber pasado dos meses en Calcuta. Así que decidió involucrarse con la realidad de los jóvenes en la villa 31, del barrio de Retiro en Buenos Aires, según publicó La Nación.

Este joven, conocía algunos sacerdotes, así que se acercó a Eduardo Drable, cura encargado de las Villas y allí conoció historias más cercanas de gente en situaciones difíciles a través de la organización Familia Grande Hogar de Cristo.

“Lo que más me impactó fue encontrar que muchos tenían mi edad y compartíamos intereses comunes como el fútbol o la música. Esas eran personas que yo me cruzaba por la calle o en la cancha de River. Fue muy lindo eso”, aseguró.

Nicolás cuenta que fueron creando un vínculo de amistad y empezaron a derrumbar la pared que los separaba: “Empecé a entender la historia del otro lado, su visión de las cosas, a entender sus prejuicios y fue lindo que ellos también descubrieran que había personas ‘de este lado de la vía’ interesados en ellos”, agregó.

Poco después surgió la Fundación Luz de Esperanza con la para ayudar a estos jóvenes a través de una proyecto productivo que empezó con bandas de cuero, luego ostias y finalmente con la producción de velas.

Según Nicolás, “Los chicos del hogar me hacen acordar a los enfermos terminales en Calcuta, porque son los más marginados de la sociedad. Hoy con algunos juego al fútbol y otros conocen a toda mi familia”.

Nicolás está convencido de que si no se hubiera ido a Calcuta, hoy no estaría haciendo lo que hace. “Creo que los viajes así te descolocan y te hacen ver las cosas desde otra perspectiva”.

Finalmente el proyecto de manufacturación de velas de la Fundación “Luz de Esperanza” sigue creciendo y las personas en rehabilitación por el consumo de drogas tienen  una salida laboral y también una gran familia.

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