Antiguos cuentos de sabiduría: El cortador de piedra

Por The Epoch Times
08 de Octubre de 2021
Actualizado: 15 de Octubre de 2021

Los “Antiguos cuentos de sabiduría” nos recuerdan las tradiciones y los valores morales que se han atesorado en todo el mundo. Esperamos que las historias y los mensajes de esta serie ayuden a elevar los corazones y las mentes de nuestros lectores.

“El cortador de piedra” es un relato sobre cómo un hombre trabajador que deseaba una vida diferente para sí mismo aprendió a estar agradecido con lo que tenía.

Este cuento reconstruido hace parte de una colección de audiocuentos e ilustraciones originales especialmente dedicada a los niños, recopilada y producida en 2012 como parte del programa “Antiguos cuentos de sabiduría” de la Red de Radio Sonido de Esperanza.

Lea el cuento a continuación, y déjese transportar a otro mundo:

Había una vez un cantero que iba todos los días a una gran roca en la ladera de una gran montaña a cortar losas para lápidas o para casas. Conocía muy bien los tipos de piedras que se requerían para cada propósito, y como era un trabajador cuidadoso, tenía muchos clientes.

Durante mucho tiempo estuvo muy contento y satisfecho, y no pedía nada mejor que lo que tenía.

Pero en la montaña vivía un dios sabio y bondadoso que a menudo ayudaba a los necesitados. El cantero, sin embargo, nunca había visto a este dios y siempre sacudía la cabeza con incredulidad cuando alguien hablaba de él.

Un día, el tallador de piedras llevó una lápida a la casa de un hombre rico y vio allí toda clase de cosas hermosas, con las que nunca había soñado. De repente, su trabajo diario le pareció más duro y pesado, y se dijo: “Oh, si yo fuera un hombre rico y pudiera dormir en una cama con cortinas de seda y borlas de oro, qué feliz sería”.

Y una voz le respondió: “Su deseo ha sido escuchado; un hombre rico será”.

Al oír la voz, el cantero miró a su alrededor, pero no vio a nadie. Pensó que todo estaba en su cabeza, así que recogió sus herramientas y se fue a casa, pues ese día no se sentía con más ánimo de trabajar.

Cuando llegó a la pequeña casa en la que vivía, se quedó paralizado de asombro, pues en lugar de su cabaña de madera había un majestuoso palacio lleno de espléndidos muebles. Y lo más espléndido de todo era la cama, que se parecía en todo a la que él había envidiado. Estaba casi fuera de sí de alegría, y en su nueva vida pronto olvidó la anterior.

Era el comienzo del verano, y cada día el sol brillaba con más fuerza. Una mañana, el calor era tan intenso que el cantero apenas podía respirar, y decidió que se quedaría en casa hasta la noche. Empezó a aburrirse, pues nunca había aprendido a entretenerse.

Aquel día, mientras espiaba a través de las persianas cerradas para ver qué sucedía en la calle, vio pasar un carruaje tirado por sirvientes vestidos de azul y plata. En el carruaje iba sentado un príncipe, y sobre su cabeza se sostenía un paraguas de oro para protegerlo de los rayos del sol. Y el cantero se dijo a sí mismo mientras el carruaje desaparecía al doblar la esquina: “Oh, si yo fuera un príncipe y pudiera ir en un carruaje así y tener un paraguas de oro sobre mí, qué feliz sería”.

En un abrir y cerrar de ojos, el cantero era un príncipe. Ante él estaba su carruaje tirado por sirvientes vestidos de escarlata y oro; un gran paraguas le cubría la cabeza. Todo lo que su corazón podía desear era suyo, pero no era suficiente.

Seguía mirando a su alrededor en busca de algo que desear; y cuando vio que, a pesar del agua que vertía sobre la hierba, los rayos del sol seguían abrasándola, y que, a pesar de la sombrilla que tenía sobre la cabeza, cada día su rostro se ponía más y más moreno, gritó en su cólera: “El sol es más poderoso que yo; ¡oh, si tan solo fuera el sol!”.

Y el dios de la montaña respondió: “Su deseo ha sido escuchado, el sol será”. Y se convirtió en el sol, brillando en su supremacía. Disparó sus rayos por encima y por debajo, en la tierra y en el cielo; quemó la hierba de los campos y abrasó los rostros de los príncipes y de la gente más pobre.

Pero al poco tiempo empezó a cansarse de su poderío, pues no parecía haber nada más que hacer. El descontento volvió a llenar su alma, y cuando una nube le cubrió el rostro y le ocultó la tierra, gritó en su ira: “¿Acaso la nube tiene cautivos mis rayos, y es más poderosa que yo? ¡Oh, si yo fuera una nube y más poderosa que cualquiera!”.

Y el dios de la montaña respondió: “Su deseo ha sido escuchado; una nube será”. Y se convirtió en una nube, y revoloteó entre el sol y la tierra. Atrapó los rayos del sol y los retuvo, y para su alegría, la tierra volvió a reverdecer y las flores florecieron.

Pero eso no fue suficiente para él, y durante días y semanas hizo llover hasta que los ríos se desbordaron y las cosechas de arroz quedaron anegadas. Ciudades y aldeas fueron destruidas por el poder de la lluvia; solo la gran roca de la ladera de la montaña permaneció inmóvil. La nube se asombró ante el espectáculo y exclamó maravillada: “¿Entonces la simple roca es más poderosa que yo? Oh, si tan solo fuera una roca!”.

Y el dios de la montaña respondió: “Su deseo ha sido escuchado; la roca será”. Y en roca se convirtió, inquebrantable en su inquebrantable poder. De pie, orgulloso, ni el calor del sol ni la fuerza de la lluvia pudieron moverlo. “¡Esto es mejor que todo!”, se dijo a sí mismo.

Pero un día escuchó un ruido extraño a sus pies, y cuando miró hacia abajo para ver qué podía ser, vio a un cantero clavando herramientas en su dura superficie. Mientras observaba, un sentimiento de temblor lo recorrió, y un gran bloque se desprendió y cayó al suelo. Entonces gritó en su ira: “¿Es un simple hijo de la tierra más poderoso que una roca? Oh, si tan solo fuera un hombre!”.

“Su deseo ha sido escuchado. Volverá a ser un hombre”.

Y se convirtió en un hombre, y con el sudor de su frente volvió a trabajar en su oficio de cantero. Su cama era dura y su comida escasa, pero había aprendido a estar agradecido con eso, y no anhelaba ser algo o alguien más. Y como nunca pidió cosas que no tenía, ni deseó ser más grande y poderoso que los demás, finalmente fue feliz, y nunca más escuchó la voz del dios de la montaña.

A continuación puede escuchar el cuento en inglés:

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