Antisemitismo: los enemigos han cambiado, sin embargo el odio no

Por Barbara Kay
01 de Junio de 2021
Actualizado: 02 de Junio de 2021

Opinión

Últimamente ha sido un momento difícil para los judíos de todo el mundo. Combatantisemitism.org (CAM) informa que los incidentes antisemitas en el Reino Unido han aumentado un 600 %, mientras que “docenas” de incidentes alarmantes han tenido lugar en Berlín, París, Bruselas, Roma, Viena y en toda América del Norte.

Los judíos canadienses se han visto profundamente conmovidos por un nivel de antisemitismo expresivo—retórica genocida, lanzamiento de piedras, agresiones físicas—que Europa conoce desde hace décadas pero que nosotros no hemos experimentado antes. Israel no es el problema, eso está muy claro. Son los judíos. A través de la historia, los que odian han cambiado, pero el odio no.

¿Quiénes son los actores hoy?

A partir de la tendencia por parte de los medios de comunicación de exaltar el discurso de odio y el crimen de la extrema derecha blanca y restar importancia a la retórica de odio y el crimen de otras fuentes, muchos judíos continúan creyendo que sus mayores enemigos son los supremacistas blancos. No lo son. Eso no quiere decir que los neonazis sean inofensivos o que sea seguro ignorarlos en general. De hecho, ellos desprecian a los judíos. Sin embargo, tampoco les gustan particularmente los árabes, por lo que no tienen un interés en este asunto en particular.

CAM analizó 77 artículos de los medios de comunicación contemporáneos sobre incidentes antisemitas. Cuarenta y tres de ellos fueron vinculados al islamismo, 14 a la extrema izquierda, seis a la extrema derecha y 14 fueron inidentificables en cuanto a la motivación. Los números muestran claramente que la mayor parte de la agresión virulentamente antisemita inspirada por la última intifada de Hamas contra ciudadanos israelíes está vinculada a la Alianza Rojo-Verde. Este es el lecho en el que se acuesta el Islam político con la izquierda utópica en un frente común contra Estados Unidos y sus aliados. Para ambos, el sionismo es sinónimo de maldad.

No solo es políticamente incorrecto señalar este hecho ineludible, sino que puede resultar en una acusación de islamofobia. El dogma progresista insiste en que los racializados—un término que siempre incluye a los musulmanes, sin importar su color—no pueden ser ellos mismos racistas. Si los judíos son abusados indiscutiblemente por musulmanes islamistas, ese hecho inconveniente debe ser desviado. Por lo tanto, al aludir a la reciente violencia callejera que experimentaron los judíos, nuestro primer ministro progresista Trudeau, no por primera vez, denunció el antisemitismo, pero después en un tuit—aunque se trata de una crisis exclusivamente antisemita—criticó reflexivamente la “islamofobia, o el odio de cualquier tipo”.

O, por otro ejemplo desalentador, está la Red Canadiense contra el Odio (CAHN, por sus siglas en inglés), un grupo privado dedicado a combatir y educar al público respecto a los grupos de odio. Pero su presidente progresista, Bernie Farber, exdirector ejecutivo de una gran agencia de la comunidad judía, ha admitido con franqueza que CAHN solo aborda el antisemitismo que surge de la extrema derecha, debido a que “los supremacistas blancos representan la mayor amenaza en NA [Norteamérica]”.

La resistencia de CAHN a criticar el antisemitismo perpetrado por musulmanes imbuidos de una cepa judeofóbica del Islam político es emblemática de una división más preocupante en la comunidad judía de América del Norte. La mayoría de los judíos (no ortodoxos) todavía gravitan obstinadamente hacia un liberalismo obsoleto, que solía ser amistoso con los judíos en los días en que el antisemitismo social era una característica de la derecha, pero ya no lo es, ya que el liberalismo se ha transformado en marxismo. Una minoría de judíos que ha visto cómo la película marxista siempre termina para los judíos, discuten con ellos, pero sin mucho éxito.

Nosotros los judíos conservadores podemos ver, pero ellos no pueden, que la Revolución se los está comiendo tranquilamente como avatares de una categoría especial de “privilegio” que los acusa de un racismo único. Los folletos en un campus de EE. UU. en 2017 decían: “Poner fin al privilegio blanco comienza con el fin del privilegio judío”. Volantes similares decoraron otros campus. Como observa, Pamela Paresky, en un artículo sobre la “hiper-blancura” judía en Sapir, una revista en Internet, “En el paradigma crítico de la justicia social, los judíos, que nunca han sido vistos como blancos por aquellos para quienes ser blanco es un bien moral, ahora son vistos como blancos por aquellos para quienes la blancura es un mal absoluto”.

Los judíos progresistas apoyaron al caballo equivocado, sin embargo, la mayoría de ellos no lo admitirán. De hecho, con frecuencia redoblan la apuesta.

Randi Weingarten, directora desde 2008 de la poderosa Federación Estadounidense de Maestros, se identifica fuertemente como progresista y judía (su esposa es rabino). El mes pasado, tuvo algunas palabras duras para los judíos que criticaron a la AFT por prolongar innecesariamente el aprendizaje remoto. “Los judíos estadounidenses ahora son parte de la clase propietaria”, dijo Weingarten. “Lo que escucho [en sus críticas] es que aquellos quienes forman parte de la clase propietaria quieren quitar ahora esa escalera de oportunidad a aquellos que no la tienen”.

¿Eso es lo que escucha de los judíos estadounidenses? Bueno, lo que yo escucho en sus palabras—”clase de propiedad”—es “Kulaks”. Y sabemos lo que les pasó. En su afán por demostrar sus credenciales woke [es un adjetivo para señalar a personas que ostentan sobre cuánto les importa alguna cuestión social], Weingarten ha trivializado la realidad de la opresión histórica de los judíos para complacer a sus amos políticos. En este libelo impresionante, ella ha transformado el triunfo de los judíos estadounidenses sobre la pobreza, el antisemitismo y el trauma del Holocausto en una acusación de robo, indiferencia depravada y opresión.

Qué insulto escandaloso y profundamente antisemita para los judíos exitosos acusarlos de querer “quitarles esa escalera de oportunidad” a los demás. Los judíos estuvieron en la trinchera, junto con los negros, en el movimiento de derechos civiles y algunos activistas judíos pagaron el precio más alto por su alianza. Ellas agitaron de manera desproporcionada los derechos de las mujeres y los derechos de los homosexuales. Donan de manera desproporcionada a instituciones y organizaciones benéficas que proporcionan escaleras para los desfavorecidos.

No se equivoque, Weingarten no es un caso atípico. El ataque sin filtros de esta judía progresista contra sus compañeros judíos refleja fielmente el espíritu actual de la izquierda. Weingarten está replicando la perniciosa Gran Mentira lanzada contra Israel de que, habiendo sido una vez víctimas de persecución, los judíos en su encarnación nacional, en virtud de su triunfo sobre la adversidad, se han convertido en perseguidores de otros.

El movimiento Black Lives Matter ahora se ha aliado públicamente con la causa de la Palestina libre (las palabras “Palestina libre” representan la erradicación de Israel como estado judío), un apoyo que ha agregado un nivel especial de legitimidad a la acumulación antisemita. (El antisemitismo negro es otro fenómeno real y angustioso que recibe poca atención en los medios de comunicación por razones obvias).

El mundo árabe es Judenrein. Un porcentaje preocupante de mil millones de musulmanes en todo el mundo admite antisemitismo. El movimiento progresista está arrojando a los judíos bajo el autobús de la teoría crítica de la raza. Muchos de los judíos más influyentes de Occidente—académicos, políticos y activistas por la justicia social a quienes es justo llamar “idiotas útiles”—están erosionando sistemáticamente el orgullo de los jóvenes judíos por su identidad y fomentando el odio hacia su patria. El alguna vez poderoso y edificante mantra “nunca más” es ahora un cruel recordatorio de la preferencia humana por la amnesia sobre la iluminación.

El futuro de los judíos en todas partes parece sombrío.

Barbara Kay ha sido columnista semanal del National Post desde 2003. También escribe para thepostmillennial.com, Quillette y The Dorchester Review. Es autora de tres libros.


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Las opiniones expresadas en este artículo son propias del autor y no necesariamente reflejan las opiniones de La Gran Época

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