Buda estaba frente a sus ojos: antigua historia china sobre no perder la oportunidad predestinada

Por Minghui.org
06 de Abril de 2021
Actualizado: 06 de Abril de 2021

Había una vez en la antigua China un hombre cuyo apellido era Wang, pero como era una persona muy amable, que le gustaba ayudar a otros y era un devoto cultivador budista, todos lo llamaban el “benevolente señor Wang”.

Un día, el benevolente señor Wang fue a un monasterio budista y sacó un palo de la suerte para averiguar cuándo alcanzaría la perfección espiritual. En ese instante, un monje le dijo: “Tienes que mostrar tu respeto al buda ofreciéndole incienso todos los días. Cuando acumules nueve grandes ollas de cenizas del incienso quemado, puedes llevar las cenizas al Oeste y presentarlas a buda. Entonces definitivamente alcanzarás la perfección”.

Después de regresar a su casa, el benevolente señor Wang siguió las palabras del monje y sinceramente ofreció incienso todos los días a buda. Finalmente, después de unos años, acumuló nueve grandes ollas de cenizas, así que compró un burro para el viaje y partió.

El burro llevaba la mayoría de las cenizas en su espalda pero el benevolente señor Wang tenía que llevar el resto en su propia espalda. Al final del primer día, el benevolente señor Wang estaba sediento de caminar todo el día. Como estaba oscureciendo, comenzó a buscar un lugar para pasar la noche cuando un anciano de repente apareció en el camino al Oeste.

El anciano lo detuvo y le peguntó: “¿De dónde eres? ¿Cómo te llamas? ¿Por qué tú y el burro llevan bolsas tan pesadas en sus espaldas?”. El benevolente señor Wang respondió todas sus preguntas. Luego el anciano le dijo: “Excelente. Viajamos en la misma dirección. Debemos tener una relación predestinada. No me gusta imponer, pero me preguntaba si podrías hacerme un favor”. Wang preguntó en qué podía ayudarlo. “He caminado todo el día y no puedo seguir. ¿podrías llevarme en tu burro?”. El benevolente señor Wang dudó por un minuto, pero pensó: “Haciendo obras buenas debería acumular virtud, ¿cómo no ayudar a un anciano cansado?”. Entonces sacó la mitad de las cenizas del burro e hizo espacio para el anciano y cargó él con las cenizas. El anciano se subió y los dos comenzaron a viajar juntos.

Una vez arriba del burro, parecía que el anciano iba bien, pero le volvió a preguntar: “¿Dónde dijiste que ibas? Debo estar viejo y senil. ¡No recuerdo nada!”. El benevolente señor Wang le respondió pacientemente: “Estoy yendo al Oeste para presentar mis respetos al buda viviente y mostrar la sinceridad de mi cultivación en el budismo”. El anciano dijo: “Oh, ahora entiendo”.

Encontraron hospedaje por la noche y se quedaron allí. El benevolente señor Wang comenzó a pensar en silencio: “Ahora que el burro está llevando al anciano en su espalda, el burro va a caminar más lento y se va a cansar más. ¿Cuándo lograré ver a buda? Esto no va. Tengo que levantarme temprano e irme sin el anciano. Me tengo que librar del exceso de equipaje”.

El benevolente señor Wang partió silenciosamente con su burro al amanecer. Mientras llegaba a la entrada de la aldea, vio al anciano esperando por él al lado del camino. El anciano lo detuvo de nuevo y lo llamó: “¡Hey benevolente señor Wang! ¿Qué le pasa? Pensé que era un hombre bondadoso. Estamos predestinados a viajar juntos, ¿cómo puede abandonar a su compañero de viaje y partir sin decir adiós? Afortunadamente me levanté temprano y lo alcancé a tiempo. Vamos, vamos, déjeme montar su burro”. El benevolente señor Wang no pudo negarse al anciano, así que no tuvo más opción que mover la mitad de las cenizas de nuevo y ponerlas en su espalda para que el anciano pueda montar el burro.

En el camino, el anciano le preguntó de nuevo: “¡Bien! ¡Soy una persona tan anciana! ¡Me olvido de todo! Recuerdo haberle hecho esta pregunta ayer, pero hoy me he olvidado completamente de lo que me dijo. ¿Por qué está yendo al Oeste?”. El benevolente señor Wang se estaba quedando sin paciencia. Contestó bruscamente: “A conocer a buda”. Después de un rato, el anciano preguntó de nuevo: “Oh, recuerdo que usted es el benevolente señor Wang, pero no puedo recordar por qué está yendo al Oeste. ¿Podría molestarlo en preguntarle de nuevo?”. El benevolente señor Wang comenzó a acumular enojo, pero le pareció que no debía armar un escándalo con una persona tan anciana y buena, así que reprimió su enojo y contestó de nuevo.

Imagen ilustrativa.(PixxlTeufel en Pixabay)

Así caminaron desde el amanecer hasta el atardecer y el anciano hizo la misma pregunta al señor Wang miles de veces. El benevolente señor Wang estaba a punto de explotar al final del día. Finalmente, soportó el día entero. Encontraron hospedaje, cenaron y fueron a dormir. El benevolente Sr. Wang pensó: “Esta vez debo irme bien temprano para librarme de este anciano que solo me trae problemas”. Le dio agua y comida al burro. Esperó hasta medianoche y luego partió en medio de la noche con su burro y las grandes bolsas de cenizas.

Lo que no imaginaba es que el anciano había llegado al final de la aldea. El anciano lo llamó: “¡Benevolente señor Wang! ¡Benevolente señor Wang! A usted le dicen benevolente señor Wang, ¿pero por qué no está haciendo nada benevolente? Usted y yo viajamos juntos al Oeste. Soy un anciano que no puede caminar rápido. ¿Por qué abandona su conciencia y me deja sin decirme nada? Cada día se va más temprano. ¿Cómo es que tiene el corazón de abandonarme?”.

El benevolente señor Wang no tuvo más remedio que suprimir su enojo y quitar la mitad de las bolsas de cenizas del burro de nuevo y hacer espacio para el anciano. A unos pocos minutos, el anciano preguntó de nuevo: “Benevolente señor Wang, usted ha viajado día y noche. ¿Adónde va? ¿Por qué está tan apurado?”. Al escuchar la misma pregunta, el benevolente señor finalmente explotó: “¡Anciano! ¡No tiene idea de lo que he sufrido por usted! Lo he llevado en mi burro, ¡pero he cargado una bolsa grande de cenizas en mi espalda! ¿Tiene idea de lo que he sufrido por usted? ¡No aprecia lo que he hecho por usted! En vez de eso, me hace la misma pregunta una y otra vez. Usted no está cansado de hacer la misma pregunta, ¡pero yo sí de repetir la respuesta!”. Seguidamente, dijo algo realmente feo: “¿Acaso un perro se comió su conciencia?”.

El anciano se bajó del burro con una tranquilidad increíble. Señaló con su dedo al señor Wang y le dijo: “Vuelva a casa. No hay necesidad de que vaya al Oeste. El buda viviente no aceptará un estudiante tan ‘benevolente’ que cultiva la ‘benevolencia’ así”. Al decir esas palabras, el anciano levitó, ascendió a los cielos y luego desapareció.

No fue hasta ese momento en que el benevolente señor Wang se dio cuenta que el anciano era el buda viviente. Colapsó en el suelo y se pegó así mismo. Se arrepintió terriblemente por perderse la oportunidad de alcanzar la perfección, pero ya era muy tarde.


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