Declaración de independencia de EE.UU. frente a China

Por Rafael Marrero
02 de Junio de 2022 7:36 PM Actualizado: 16 de Junio de 2022 11:50 AM

Opinión

Por el incuestionable daño que la República Popular China (RPC) ocasiona a los Estados Unidos (EE. UU.), por la nociva dependencia de América frente a la nación asiática y por el peligro que esta alarmante situación representa para los estadounidenses, es hora de romper los lazos que nos atan a ese régimen comunista.

A la extensa lista de acciones ilícitas y desleales cometidas por el gigante asiático en contra de la nación americana, se suma su indiscutible interés por ubicarse a la cabeza del llamado nuevo orden mundial a base de ambiciones desmedidas, prácticas inescrupulosas y juegos sucios.

Para el régimen de Beijing, no hay ninguna duda de que EE. UU. es su rival más fuerte, de ahí sus consabidas pretensiones de superar a Washington no solo en el ámbito económico (centro del diferendo comercial entre los dos países), sino también en el tecnológico, científico, sanitario, industrial, aeroespacial e, inclusive, militar.

Es nuestro deber, por tanto, desligarnos de cualquier nexo que nos obligue a depender de la RPC. Para probar esto, exponemos los motivos sobre los que se basa esta declaración y exhortamos tanto al Gobierno como a los ciudadanos estadounidenses a librar esta batalla en pos de una América completamente libre del sometimiento chino.

1. Cadena de suministro

La República Popular China constituye nuestra principal fuente de importaciones en cuanto a productos se refiere. Por ese concepto, cada año, perdemos miles de millones de dólares que bien podrían destinarse a fomentar la manufactura en suelo americano y, por consiguiente, a impulsar la generación de muchísimos nuevos empleos.

Anualmente, queda más que demostrado cuánto dependemos de los chinos en lo que respecta a maquinarias agrícolas y eléctricas, equipos electrodomésticos, materiales de construcción, productos químicos y textiles, equipamiento médico, fármacos de primer orden y dispositivos electrónicos, entre otros muchos artículos de vital importancia.

A raíz del virus del PCCh, surgido en suelo chino, precisamente, nuestras vulnerabilidades en lo que concierne a abastecimientos cruciales quedaron al descubierto, incluso, nos vimos forzados a comprarle a nuestro principal enemigo comercial muchos de los insumos sanitarios imprescindibles para lidiar contra la propia pandemia.

Es apremiante que el Gobierno avance en la materialización de leyes que diversifiquen y prioricen a nuestra cadena de suministro, con manufactura Made in USA, para producir aquí lo que el país necesita o, al menos, lo de máxima prioridad para sus ciudadanos en situaciones de emergencia, como el propio coronavirus.

Bajo ningún concepto, EE. UU. debería depender tanto de otra nación; mucho menos, de China. No podemos estar en manos de un régimen que, lejos de ser un socio comercial confiable, respetuoso de las leyes mercantiles internacionales, solo pretende aniquilarnos para hacerse con la supremacía mundial.

2. Propiedad intelectual

Cada año, EE. UU. pierde miles de millones de dólares a causa del robo de propiedad intelectual (PI) principalmente cometido por hackers chinos. Infracción de marcas y patentes, programas informáticos pirateados y secretos comerciales arrebatados, son algunos ejemplos de la maliciosa y repetitiva práctica.

El multimillonario costo de tal usurpación, sin embargo, podría ser incluso mayor debido al beneficio económico que cada producto sustraído y sus posibles derivados podrían reportar a largo plazo, díganse macrodatos médicos, logros científicos, investigaciones académicas o tecnologías de punta, por solo citar algunos.

Sabiendo que China cuenta con el programa de piratería más grande del mundo, y que su principal objetivo es EE. UU., el Buró Federal de Investigaciones aseguró que estamos frente a la mayor amenaza en este sentido. No en vano la nación asiática es considerada la principal productora de artículos falsificados y pirateados a escala global.

Para hacerle frente a ese nivel de hurtos, no basta con ubicarla en el top de la lista de vigilancia prioritaria. No basta con perseguir y apresar a culpables aislados. Hay que frenar la fuga de datos y la transferencia ilícita de tecnologías luchando contra el ciberespionaje tradicional y también contra nuevas formas solapadas de usurpación.

Hay que ponerle un alto al reclutamiento de científicos locales, a la intromisión de personal chino en nuestros centros investigativos y universidades; al espionaje mediante programas de idioma e intercambio, misiones comerciales y cooperación científica, a la infiltración de proveedores chinos aparentemente confiables y a la participación de empresas chinas “fachada” que operan en suelo americano.

EE. UU. no puede seguir permitiendo que nuestros logros nacionales lleguen a manos de los chinos comunistas; mucho menos, que se los adjudiquen como suyos y les saquen dividendos que, por derecho propio, nos pertenecen. La independencia económica también debe lograrse con el absoluto respeto a nuestra propiedad intelectual.

3. Prácticas comerciales desleales

Si hoy existe una guerra económica entre EE. UU. y la RPC, es debido, en gran medida, a las prácticas comerciales desleales del gigante asiático, como la falta de transparencia en los negocios, la desigualdad en la imposición de aranceles, las restricciones a firmas estadounidenses en territorio chino y el uso inadecuado de los derechos de PI.

Las políticas chinas en este sentido son incompatibles con las bases del comercio internacional, en general, y del estadounidense, en particular. En realidad, no puede haber competitividad justa cuando productos falsificados por China, por ejemplo, creados gracias a nuestro talento nacional, terminan compitiendo con los nuestros.

Entre otras consecuencias, esas actividades mayormente resultado de la intrusión en nuestras redes comerciales y la transferencia forzada de tecnología a cambio de penetrar el mercado chino, han traído consigo un creciente aumento del déficit comercial de bienes con el gigante asiático.

Como integrante de la Organización Mundial del Comercio, la RPC debe cumplir con sus acuerdos y las normas internacionales por las cuales se rigen todos los países miembros. Beijing no puede encerrarse en su economía de estado en detrimento de la libre economía, ni seguir acudiendo a prácticas injustas que terminan afectando a las cadenas de suministro y, por ende, a los consumidores.

Es imperativo que EE. UU. elimine cuanto antes cualquier vía que le facilite a los chinos comunistas competir de un modo tan indigno y descarado. Evidencias de su modus operandi hay de sobra en el historial de las relaciones comerciales bilaterales. Con un “socio” que no juega limpio y amenaza con desbancarnos, no puede haber concesiones de ningún tipo.

4. Amenaza a la seguridad nacional

Gracias al robo de nuestra propiedad intelectual, China ha creado poderosas armas, especialmente, de pulso electromagnético (EMP, por sus siglas en inglés) entre las que se encuentran: ojivas nucleares para uso marítimo y terrestre, misiles cinco veces más rápidos que la velocidad del sonido y satélites capaces de flotar en el cielo durante años.

Un estudio realizado por el Grupo de Trabajo EMP sobre Seguridad Nacional dio a conocer que China podría hackear el sistema eléctrico nacional para paralizar las operaciones de los sistemas telefónicos, las centrales eléctricas y siderúrgicas, y, muy particularmente, los satélites y portaaviones estadounidenses.

Con un apagón generalizado y el citado arsenal bélico en mano, los chinos podrían lanzar un ataque nuclear, derrotar a nuestros portaaviones y sustituir a los satélites americanos por los suyos para neutralizar nuestras capacidades defensivas, materializando así su planificada doctrina militar y sus sueños hegemónicos globales.

Si a ello le sumamos sus avances en el ciberespacio, nuevo dominio no tradicional de la guerra, el escenario se torna peor. Hay que tener en cuenta que China se está preparando para controlar las redes de datos mediante su Ruta de la Seda Digital y la tecnología 5G, y si lo logra, estaría en franca superioridad mundial.

Es un asunto urgente priorizar la vigilancia en torno a la defensa de nuestra patria. Si el robo de secretos comerciales por parte de China es un asunto serio, muchísimo más lo es el hurto de datos y tecnologías militares. Otra razón de peso, si no la más importante, para desligarnos definitivamente de ese país.

5. Nuevo orden mundial

Bien podría decirse que los actos ilícitos y carentes de escrúpulos cometidos por la RPC en contra de EE. UU. tienen un solo fin: el de convertirse en la primera potencia del orbe y, por ende, estar a la cabeza del nuevo orden mundial, así sea valiéndose del fruto del talento estadounidense para sobresalir en todos los campos.

Hoy en día, el gigante asiático es el mayor fabricante y exportador de productos a escala global, monopoliza la fabricación de artículos de alta tecnología, cuenta con 146 naciones en su Iniciativa de la Franja y la Ruta, maneja la cuarta parte de la fibra óptica submarina que transporta el 95 % de las comunicaciones internacionales y, según el Departamento de Defensa de EE. UU., tiene la marina más grande del mundo.

Como parte de su lucha por eliminar la supremacía estadounidense, también implementa su hoja de ruta industrial Hecho en China 2025 con un presupuesto multimillonario. Su propósito: fabricar productos y ofrecer servicios de alto valor que compitan contra los nuestros en ramas tan claves como la aeroespacial, electrónica, tecnológica, farmacéutica, automotriz, informática y robótica, fundamentalmente.

La meta primordial del gigante asiático es convertirse en el líder mundial de la innovación en 2045. Si para entonces llegara a dominar las tecnologías de punta, que inciden directamente en el crecimiento económico e impulsan el desarrollo militar, estará mucho más cerca de destronar a EE. UU. y liderar el nuevo orden mundial.

Washington es consciente de las ambiciones de Beijing, así como de su creciente protagonismo geopolítico. Sabe que tiene ante sí un gran desafío, por tanto, debe seguir luchando por truncar cualquier objetivo malsano que provenga de los chinos y amenace con eclipsar nuestra influencia a escala internacional.

Por todo lo anteriormente dicho, EE. UU. tiene que trabajar en función de una total desconexión con el régimen comunista de China. Nuestro país no debe seguir alimentando políticas diplomáticas ni comerciales con una nación en la que no puede confiar; una nación que nos espía, roba y amenaza, abierta y descaradamente.

Así como en 1776 nos liberamos del imperio británico para comenzar a construir el gran país que tenemos hoy, ha llegado el momento de romper con todos los vínculos que nos unen a la RPC. Usemos nuestro antagonismo como combustible acelerador de nuestra independencia. Hagamos realidad el desafío de emanciparnos de China.

¡La América que nos enorgullece como superpotencia mundial tiene que ser totalmente libre! 


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Las opiniones expresadas en este artículo son propias del autor y no necesariamente reflejan las opiniones de La Gran Época

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