Despedir a los sindicatos de profesores para salvar a los niños

Por Stephen Moore
11 de Enero de 2022
Actualizado: 11 de Enero de 2022

Opinión

Todo comenzó en Chicago, donde un increíble 91 por ciento de los docentes sindicalizados votaron a favor de la huelga y se negaron a hacer aquello por lo que les pagan, que es enseñar. Luego, las huelgas sindicales se extendieron a Maryland, Nueva Jersey y California.

La alcaldesa de Chicago, Lori Lightfoot, una demócrata liberal, ha atacado a los sindicatos de maestros de Chicago por “tener a los niños como rehenes”. Ella tiene razón.

¿Por qué no declara un estado de emergencia y disuelve el sindicato para salvar a los niños de los terroristas sindicales? ¿O por qué no rompe el contrato ya que los sindicatos lo han violado? Si lo hiciera, sería una heroína.

El presidente Joe Biden sigue hablando de lo mucho que él y sus compañeros demócratas en Washington se preocupan por “los niños”. Ajá. Ha declarado correctamente que no hay ninguna razón de salud para cerrar las escuelas. Pero en este último episodio de abuso sindical contra nuestros niños en edad escolar, no hace nada. Tal vez sea porque más del 90 por ciento de las decenas de millones de dólares de campaña donados por los sindicatos de profesores van a parar a los demócratas.

Es hora de un momento Ronald Reagan. En el primer año de su presidencia, en 1981, despidió a miles de controladores aéreos en huelga ilegal. Rompió la espalda de un sindicato militante que puso en riesgo la seguridad pública al negarse a presentarse a trabajar. Las líneas aéreas continuaron operando y los estragos que los sindicatos intentaban imponer a nuestro sistema de transporte nacional se evitaron gracias a la audaz decisión de Reagan.

Permítanme ser claro: No hay ninguna excusa de salud o seguridad para que los maestros y estudiantes no estén en el salón de clases, como debería habérnoslo enseñado la primera ola de COVID-19.

La evidencia casi incontrovertible muestra que el cierre de escuelas no tiene un efecto positivo en la propagación del COVID-19. Muchos estudios han demostrado que mantener a los niños en casa puede aumentar la propagación cuando los estudiantes y maestros que no están en la escuela están en la comunidad, donde las infecciones se propagan más rápidamente.

Una revisión sistemática de 90 estudios del Journal of Global Health descubrió que “la apertura de los centros educativos puede no predisponer a los niños y adolescentes a un mayor riesgo de infección por el SARS-CoV-2 en comparación con los adultos. Por el contrario, los niños y adolescentes tenían un riesgo de infección más de dos veces mayor en los entornos domésticos y comunitarios que en los colegios. La asistencia a la escuela puede servir como factor de protección, que reduce las posibilidades de que los niños entren en contacto con la comunidad en un entorno relativamente aislado durante el horario escolar”.

Pero el retroceso emocional y educativo de los niños debido al cierre de las escuelas puede ser devastador. McKinsey encontró que los estudiantes terminaron el último año escolar, en promedio, con cinco meses de retraso en matemáticas y cuatro meses de retraso en lectura.

Otro estudio de la Universidad Estatal de Ohio encontró que “los distritos con instrucción totalmente remota experimentaron una disminución de los puntajes de las pruebas hasta tres veces mayor que los distritos que tuvieron instrucción en persona durante la mayor parte del año escolar”.

A la izquierda le encanta hablar de justicia social y desigualdad de ingresos. Sin embargo, los niños más afectados por los cierres escolares son pobres, de una minoría y por debajo del rendimiento académico medio. Para los estudiantes motivados de alto rendimiento, el aprendizaje remoto puede funcionar bien. Para aquellos que más necesitan las escuelas, el aprendizaje online de bajo rendimiento es básicamente lo mismo que no ir a la escuela.

¿Qué hay que hacer? Es hora de una revuelta nacional contra el malvado imperio de los sindicatos de docentes que se ha convertido en el gusano de la manzana de nuestro sistema educativo. Qué indignante es que los padres, los contribuyentes y los políticos tengan que rogarles a los maestros para que enseñen. El hecho de que más de 9 de cada 10 maestros de Chicago no quieran enseñar nos habla de la pésima calidad de las personas que estamos poniendo frente a nuestros hijos.

¿Cuál es la solución? Primero, si los maestros abandonan a nuestros hijos, deberían ser despedidos y se les debe prohibir que vuelvan a enseñar en una escuela pública, tal como sucedió con los controladores de tráfico aéreo en huelga ilegal.

En segundo lugar, este es un momento decisivo para las escuelas de Estados Unidos. El gobernador de Arizona, Doug Ducey, emitió correctamente una orden ejecutiva en su estado declarando que, si algún distrito escolar cierra, redirigirá los dólares de la educación directamente a los padres para que puedan enviar a sus hijos a escuelas privadas o religiosas o en el hogar que estén abiertas y enseñando a los estudiantes.

Lo que está claro es que entregar el control político de nuestras escuelas a los sindicatos ha hecho un daño irreparable a nuestros niños. Son el virus que daña la salud y el bienestar de nuestros niños. Pero también es cierto que si nosotros, como ciudadanos y votantes, permitimos que continúe esta toma de rehenes, entonces somos responsables del daño. La culpa la tenemos nosotros si seguimos eligiendo políticos que se arrodillan ante los sindicatos militantes.

Necesitamos un momento heroico tipo Reagan para poner fin a esta tragedia. Para que esta situación se detenga ahora.

Liberemos a nuestros hijos.


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Las opiniones expresadas en este artículo son propias del autor y no necesariamente reflejan las opiniones de La Gran Época

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