Efectos de la fiebre en el autismo generan nuevos puntos de vista sobre el tratamiento

El cambio que presentan los niños autistas cuando tienen fiebre ha tenido profundas implicaciones en la naturaleza del trastorno y en la forma de tratarlo.
Por MICHAEL GREGER
03 de Mayo de 2021
Actualizado: 03 de Mayo de 2021

El autismo afecta actualmente a uno de cada 68 niños en Estados Unidos. No existen medicamentos para tratar los principales síntomas, ni siquiera el trastorno básico, y parece que ha ido en aumento. ¿Pero qué podemos hacer al respecto?

Hace décadas se publicó una pista. Un estudio titulado La fiebre en los autistas publicado en Nature ofrecía un rayo de esperanza: “Cuando los autistas tienen una fiebre moderada, invariablemente muestran patrones de comportamiento dramáticamente más normales, incluyendo un mayor deseo o capacidad de comunicación”, escribió el investigador Rodney Cotterill en 1985.

Se vuelven menos retraídos, están más alerta, son más habladores y más comunicativos. Ruth Sullivan, una de las primeras investigadoras, había observado el mismo efecto.

Pero lo que hace que esta idea sea tan innovadora —tan devastadora— es que desafía la presunción de que el autismo es una especie de trastorno cerebral estático e irreversible, en el que el cerebro está inexorablemente dañado de alguna manera sin esperanza de recuperación. Los destellos de la fiebre sugieren que puede tratarse más bien de un trastorno cerebral dinámico, en el que los circuitos sanos normales están en alguna parte, pero están siendo suprimidos activamente, y la fiebre levanta de alguna manera esa supresión y alivia el proceso de trastorno activo. De este modo, sugiere que si pudiéramos averiguar lo que está sucediendo, podríamos teóricamente aliviarlo no solo durante días, sino para siempre.

Pero el descubrimiento no tuvo el efecto que se esperaba, a pesar de que casi todos los que conocen el trastorno —tanto padres como profesionales que tratan con el autismo diariamente— lo conocen.

Parte del problema de la investigación del fenómeno es el riesgo que supone para los niños con autismo. Inducir la fiebre puede ser peligroso, lo que significa que las posibilidades de estudiarlo son limitadas, aunque otros investigadores lo hicieron en una época anterior.

De hecho, el primer (y único) Premio Nobel de Medicina concedido a un psiquiatra por enfermedades cerebrales fue para el “padre de la terapia de la fiebre”, Julius Wagner-Jauregg, en 1927, por su trabajo en el tratamiento de personas con demencia paralítica, un grave trastorno neuropsiquiátrico, inyectándoles malaria. Algunos mejoraron, si es que no murieron antes a causa de la malaria. ¿Qué tiene la fiebre que puede mejorar la función cerebral? Y, ¿podemos averiguarlo sin matar a la gente?

Un estudio de 2007 publicado en Pediatrics trató de hacer algo en este sentido pidiendo a los padres que rellenaran una lista de comprobación de una serie de comportamientos durante y después de un incidente de fiebre.

“Los rápidos cambios de comportamiento registrados durante la fiebre” en el autismo sugieren que esas redes neuronales en el autismo pueden estar todavía intactas, solo son disfuncionales, “y la comprensión de las razones de su mejoría durante la fiebre podría proporcionar una visión” de lo que está pasando, informaron los investigadores. El “efecto de la fiebre” en el autismo se había basado en informes de casos y anécdotas hasta que los investigadores emprendieron este estudio formal del fenómeno reportado, “dadas las (…) potenciales implicaciones para las oportunidades de tratamiento”.

Pero cómo funciona sigue siendo un misterio y es difícil de inducir con seguridad. Aunque se han investigado algunos de los efectos curativos de la fiebre que no tienen nada que ver y que se inducen al sentarse en un jacuzzi o una sauna, no ocurre lo mismo con los relacionados con el cerebro. Esto se debe a que el cerebro tiene mecanismos especiales de enfriamiento, por lo que se mantiene más o menos a la misma temperatura en su interior, independientemente de la temperatura que haya en el exterior, lo cual es bueno. Esta es la razón por la que podemos morder un cono de nieve sin que se nos congele literalmente el cerebro. Sin embargo, cuando se tiene fiebre, el termostato interno se pone en marcha para combatir la infección y se produce un aumento de la temperatura del tejido cerebral.

El cerebro tiene que tener cuidado de no cocinarse hasta morir, por lo que libera proteínas de choque térmico. A medida que el cerebro aumenta el calor para darle fiebre, estas proteínas previenen y reparan el daño de las proteínas. A temperaturas más altas, las proteínas pueden empezar a deshacerse, lo que se conoce como desnaturalización de las proteínas. Eso es lo que ocurre cuando se cocinan las claras de huevo —las proteínas se desnaturalizan—, pero eso no es lo que se quiere que ocurra en la cabeza.

¿Esto qué tiene que ver con el autismo?

Una de las causas del autismo puede ser la alteración de la función sináptica, es decir, una alteración de las vías de señalización de nervio a nervio en el cerebro. Esta alteración puede desempeñar un papel clave en la causa de los trastornos del espectro autista. Pues bien, adivinen qué hacen esas proteínas de choque térmico: protegen y mantienen la función sináptica. Teniendo en cuenta esto, la siguiente pregunta es si hay alguna forma de activar la respuesta de choque térmico sin tener que sufrir una infección por fiebre alta. Esto motivó un artículo publicado en el Journal of Neuroscience Research en 2016 que analizó los alimentos que desencadenan reacciones bioquímicas similares.

El sulforafano, el ingrediente activo de las verduras crucíferas como el brócoli, la col rizada y la berza, activa la respuesta de choque térmico. ¡No hace falta la malaria! Así que, en teoría, según la revisión, dar sulforafano en forma de brócoli o brotes de brócoli a los que tienen autismo podría producir el mismo tipo de beneficios relacionados con la fiebre en la función.

Se trata de una línea de investigación fascinante e importante de la que hablaremos en la siguiente parte de esta serie de tres partes.

Michael Greger, con Doctorado en Medicina, FACLM, es médico, autor de bestsellers del New York Times y conferencista profesional reconocido internacionalmente sobre una serie de importantes cuestiones de salud pública. Ha dado charlas en la Conferencia de Asuntos Mundiales, los Institutos Nacionales de Salud y la Cumbre Internacional sobre la Gripe Aviar, ha testificado ante el Congreso, ha aparecido en “The Dr. Oz Show” y “The Colbert Report”, y fue invitado como testigo experto en defensa de Oprah Winfrey en el infame juicio por “difamación de la carne”. Este artículo se publicó originalmente en NutritionFacts.org.


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