El Nuevo Orden Mundial de China

Por James Gorrie
01 de Mayo de 2019 Actualizado: 01 de Mayo de 2019

¿Es una buena idea un nuevo orden internacional basado en el liderazgo económico y político de China? ¿Conducirá a un mundo más libre y próspero?

Esta es la recomendación según los “expertos” políticos y empresariales que asistieron la semana pasada a la Conferencia Mundial de Supertendencias del Credit Suisse en Singapur. Señalan que el ascenso de China coincide con el declive de la influencia económica y militar estadounidense y europea a nivel mundial. Por lo tanto, su argumento es que la comunidad mundial debería aprovechar esta oportunidad tanto para abrazar el ascenso de China como para restablecer las normas del comercio mundial.

¿Quién lo cree realmente?

Se supone que las reglas evitarán que China haga trampas. Este es el pensamiento de personas como el exembajador estadounidense ante la Unión Europea, Anthony Gardner. En el mejor de los casos es totalmente ingenuo y en el peor, contraproducente y mucho más.

Los supuestos expertos parecen olvidar que China llegó a donde está hoy rompiendo todas las reglas del sistema internacional durante los últimos 40 años. ¿Por qué dejar de hacer lo que funcionó durante décadas? Al aprovecharse de la apertura de las economías occidentales, China destruyó industrias enteras en Estados Unidos y Europa, lo que dio lugar a la creación de puestos de trabajo por valor de billones de dólares y a la reubicación de fábricas en China, así como al masivo robo de propiedad intelectual y de tecnología.

¿Y ahora los que influyen en los negocios internacionales piensan que China debería liderar el mundo para formar un nuevo orden mundial? ¿Qué tipo de orden internacional creen que se establecería? De hecho, no hay que hacer mucho esfuerzo para ver cómo sería un orden mundial liderado por China.

El imperialismo neofascista de China

A diferencia de otros regímenes comunistas, China adoptó la formación de capital desde una perspectiva de arriba hacia abajo, al tiempo que subvenciona la productividad a través de interminables ciclos de préstamos y absorbe a los más exitosos dentro de la propiedad estatal. En lugar de adoptar la apertura de las economías occidentales, aprovechó su enorme potencial de mercado y su ventaja comparativa como fabricante de bajos salarios con relativamente pocas regulaciones laborales o ambientales para convertirse rápidamente en un competidor económico y militar en el escenario mundial.

Pero en lugar de que el comercio condujera a una sociedad más libre y abierta, como suponían los expertos, tuvo el efecto contrario. El nuevo poder de China condujo al Partido Comunista Chino (PCCh) a ejercer una mayor explotación en el extranjero y una mayor represión social en su país. En otras palabras, el PCCh reinventó a China –con la inmensa ayuda de Occidente– en una potencia expansionista neofascista.

Las señales están ahí para que todos las vean. La explotación desenfrenada de China del sistema internacional y la subyugación financiera que impone a los socios comerciales más débiles nos dice exactamente cómo sería un orden mundial liderado por China. De hecho, están construyendo ese nuevo orden ahora mismo.

Por ejemplo, la iniciativa china ‘Una Franja, Una Ruta’ (OBOR, por sus siglas en inglés). A todos los efectos, se trata de una versión china de la Esfera de Coprosperidad del Japón Imperial de los años treinta. Las similitudes entre el Japón del período de entreguerras y la China actual son sorprendentes. En los años anteriores a la Segunda Guerra Mundial, Japón carecía de las materias primas y los recursos naturales necesarios –incluido el petróleo– para sostener su modelo económico.

Es más, su forma social y política se basaba en la adoración al emperador y la antipatía hacia Occidente. Para apoyar sus objetivos expansionistas y disipar su miedo a ser sometido por las potencias occidentales, Japón siguió una política de colonización agresiva en todo el sudeste asiático. Por supuesto, todos los beneficios fueron unilaterales.

Como emperador de facto de China, el mandatario chino Xi Jinping cultivó muchas de las mismas tendencias culturales. Sin embargo, lo más importante son los efectos del proyecto OBOR de China sobre sus socios comerciales más débiles. Pero a diferencia de Japón, China invade económicamente en lugar de hacerlo militarmente.

Aunque el proceso varía, los resultados siguen siendo esencialmente los mismos. China promete infraestructura y otros desarrollos económicos a sus socios de OBOR y luego carga a los países con deudas que probablemente no pueden pagar. Luego China se apropia de los activos influyentes y devasta el medio ambiente del país anfitrión, aprovechándose de los recursos naturales que tan desesperadamente necesita.

Esto está sucediendo en África, Asia y América del Sur, una esfera de coprosperidad mucho mayor de lo que el Japón Imperial podría haber imaginado.

Un plan para la dominación de la tecnología

El proyecto OBOR muestra cómo China planea tratar con las naciones más débiles del mundo, aquellas que no tienen economías completamente desarrolladas y tecnológicamente avanzadas. Sin embargo, para las economías avanzadas, los planes de nuevo orden mundial de China se detallan en el programa ‘Made in China 2025’. Una vez más, se trata de seguir algunos de los comportamientos pasados del Japón, esta vez sus estrategias comerciales conflictivas de los años setenta y ochenta.

En pocas palabras, el programa ‘Made In China 2025’ implica el robo continuo de tecnología avanzada a empresas occidentales en diez niveles clave. El objetivo es revertir el flujo comercial de Occidente a Oriente reduciendo la competencia extranjera mediante la competencia de precios, lo que dificulta la competencia. La finalidad es la destrucción de las bases tecnológicas industriales europeas y americanas, dejando a China en la cima de la inteligencia artificial, la robótica, los microprocesadores, los productos farmacéuticos y otras tecnologías.

Tratar al mundo como a una familia

En otras palabras, en la visión de China de un nuevo orden mundial, el resto del mundo sería tratado como una familia. Cuando China establezca las reglas, no habrá favoritismo en la familia global de naciones. Suena sumamente razonable y lleno de potencial, ¿no es así?

Dejando a un lado el sarcasmo, es fundamental entender que el orden internacional liberal que ha traído tanta prosperidad al mundo –incluida China– es la excepción a la regla en la larga historia del mundo. Son las normas occidentales de ley y apertura, junto con un grado de magnanimidad raramente practicado por las grandes potencias a lo largo de la historia, lo que elevó el nivel de vida en el mundo. Los derechos humanos, la libertad de expresión, el intercambio de ideas y la caridad son ideales occidentales. A veces son defectuosos en su ejecución, sin duda; pero son altamente preferibles a los principios rectores que el PCCh impondría al mundo.

El modelo de desarrollo de China es insostenible

El error más flagrante entre los expertos es que el “modelo” de desarrollo de China es un modelo a imitar por otros países en desarrollo. Pero la realidad es que la economía moderna de China no fue creada por la brillantez intelectual del PCCh –lejos de ello. Si se hubiera dejado a las ideas de los comunistas, China habría muerto de hambre. De hecho, lo hizo durante treinta años, provocando la muerte de decenas de millones de personas.

El desarrollo de China se debe principalmente a la fuerte participación de las economías occidentales en su economía. Pero aun así, la economía fascista de China está dirigida por consideraciones políticas, no económicas, tal como se manifiesta en el fraude, el soborno, el despilfarro y la contaminación generalizada. De hecho, China destruyó casi por completo su capacidad de alimentarse a sí misma y se encuentra entre las naciones más contaminadas del planeta. Esto es lo que impulsa a China hacia el exterior: sus propias políticas convirtieron a gran parte del país asiático en un páramo.

Todos estos son subproductos de una clase política corrupta que socava la eficiencia económica, la higiene ambiental y prohíbe un amplio desarrollo económico y social. Es más, se demostró que la distorsionada economía china es mucho menos de lo que parece, sostenida por una arraigada falsedad de datos y un nivel de deuda que, en algún momento, contribuirá a su ruina.

La ironía ante la perspectiva de un nuevo orden mundial liderado por China es que así como China está subiendo, también está bajando. Incluso ahora lucha por mantener una economía que no puede mantenerse en pie por su propio peso. ¿Es una nación tal el ideal y fundamento sobre el cual basar un nuevo orden mundial?

James Gorrie es un escritor radicado en Texas. Es el autor de “La crisis de China”.

Los puntos de vista expresados en este artículo son las opiniones del autor y no reflejan necesariamente los puntos de vista de La Gran Época.

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Las opiniones expresadas en este artículo son propias del autor y no necesariamente reflejan las opiniones de La Gran Época

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