El régimen chino pretende vencer al capitalismo con el socialismo. ¿Qué hay en juego?

Por Peter Zhang
06 de Junio de 2019 Actualizado: 06 de Junio de 2019

El 1 de abril, en medio de intensas negociaciones comerciales entre Beijing y Washington, se publicó el discurso del Secretario General Xi Jinping de 2013 a los nuevos miembros del Comité Central del Partido Comunista Chino.

Fue un discurso importante, como lo demuestra su aparición en QiuShi (“Buscando la verdad”, en chino), un diario oficial del Partido Comunista Chino (PCCh). Y poco después, el discurso de Xi fue publicado simultáneamente por el Diario del Pueblo y la Agencia de Noticias Xinhua, que son otros dos importantes portavoces del Partido.

Las publicaciones simultáneas de un discurso de Xi de hace varios años indicaban algo significativo: una profunda preocupación por parte del PCCh en relación a la situación actual entre China y Estados Unidos. El discurso se destacó especialmente por una profecía de Xi. Citando las doctrinas de Marx y Engel, Xi afirmó que el socialismo derrotaría inevitablemente al capitalismo, a pesar del hecho de que la caída del capitalismo es una perspectiva muy lejana.

De hecho, el momento elegido para esta publicación no parece ser accidental. Múltiples medios de comunicación han informado que Xi convocó una reunión urgente el 21 de enero, llamando a los principales líderes provinciales a ir a Beijing para escuchar sus severas advertencias sobre los crecientes riesgos a los que se enfrenta el PCCh en este Año del Cerdo.

Además de la desaceleración económica provocada por la disputa comercial con Estados Unidos, así como por el aumento de la deuda de China, el PCCh está seriamente preocupado por los rumores populares derivados de graves amenazas sociales y políticas.

Líderes del PCCh muestran ansiedad y preocupación

El tono del gobierno en los niveles más altos es de máxima alerta. Existe un temor palpable de que los cimientos en los que se apoya el Partido se estén desmoronando.

En la reunión de enero, Xi planteó “siete riesgos”: 1) la política; 2) la ideología; 3) la economía; 4) la tecnología; 5) la sociedad; 6) el ambiente externo; y 7) la construcción del partido. Xi instó a sus subordinados a recurrir a medidas severas para evitar estos riesgos, que, según dijo, son reales y apremiantes.

El 5 de marzo, en su informe gubernamental en el Congreso del Pueblo, el primer ministro Li Keqiang estaba visiblemente nervioso ante la cámara, y mencionó la palabra “riesgo” 24 veces; la palabra “dificultad” 13 veces; y la palabra “estabilidad” más de 70 veces.

En cuanto a la economía, Li prevé que la deuda local en 2019 crecerá a 2,15 billones de yuanes (320.000 millones de dólares) –800.000 millones de yuan más que el año pasado–, lo que superará la cantidad de la nueva reducción de impuestos. Este año, el gasto público total será de unos 23 billones de yuan (3 billones de dólares), un aumento de alrededor del 6,5 por ciento con respecto al año pasado.

Los economistas cuestionaron la validez de la afirmación de Li de que la reducción del impuesto a la renta de 2018 ascendía a 1,3 billones de yuan, mientras que los ingresos fiscales anuales aumentaron un 8,3 por ciento, alcanzando unos 15,6 billones de yuan. Con el plan de reducción de impuestos del gobierno, los ingresos fiscales de 2018 deberían estar disminuyendo, no aumentando.

Sobre la base de los datos del Fondo Monetario Internacional de 2018, Estados Unidos ocupa el puesto número 8 en términos de PIB per cápita (62.606 dólares), mientras que China ocupa el número 67 (9.608 dólares). La economía de China no está donde tendría que estar para plantear un serio desafío a Estados Unidos.

Siguiendo los pasos de Google, Microsoft y la británica ARM, Panasonic de Japón anunció el 23 de mayo que suspendería sus negocios con Huawei.

Destacadas instituciones académicas como el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), la Universidad de Stanford, la Universidad de California en Berkeley y la Universidad de Oxford también han dejado de cooperar con Huawei.

La prohibición de la administración Trump sobre Huawei, junto con el arancel del 25 por ciento sobre 200.000 millones de dólares de importaciones chinas anuales, causaron fuertes dolores con un enorme potencial para afectar la economía de China.

Poniendo condiciones a la China roja

El principal negociador comercial de Trump, Robert Lighthizer, fue miembro del equipo del presidente Reagan que abordó el déficit comercial de Estados Unidos con Japón en la década de 1980. El Acuerdo Plaza, firmado por Alemania Occidental, el Reino Unido, Francia, Japón y Estados Unidos, combinado con un arancel del 100 por ciento sobre 300 millones de dólares de importaciones japonesas en 1987, desempeñó un papel fundamental para evitar que la marea de productos japoneses inundara el mercado estadounidense.

Sin embargo, mientras que un acuerdo comercial con un país democrático como Japón probablemente funcionaría, ya que estos países tienden a honrar el Estado de derecho y las normas y convenios internacionales, cualquier acuerdo (comercial o de otro tipo) con el mentiroso régimen comunista de China no conducirá a ninguna parte, basándose en sus antecedentes.

En respuesta a la represalia arancelaria de Beijing, el 23 de mayo Washington tenía previsto ofrecer 16.000 millones de dólares en un esfuerzo por ayudar a los agricultores estadounidenses afectados por el conflicto comercial con Beijing. La disminución de las importaciones de China fueron compensadas por el aumento de las importaciones de México y otros países.

A pesar de las dificultades temporales que puedan surgir, el gobierno de Trump está preparado para lograr un cambio estructural al hacer negocios con China, además de poner fin, de una vez por todas, al robo de conocimientos tecnológicos estadounidenses por parte de Beijing.

Lo que realmente está en juego

La actual disputa comercial entre China y Estados Unidos, después de todo, no se trata solo del déficit comercial. Más importante aún, se trata de si Estados Unidos y el resto del mundo pueden permitirse una superpotencia comunista en ascenso que recuerda a la ex URSS en términos de amenazas tanto militares como ideológicas.

El Dragón Rojo está destinado a perturbar el orden mundial y a socavar todos los códigos de moralidad o leyes que ayudan a formar nuestra humanidad. Como dijo sin vueltas Xi en su discurso, su socialismo totalitario apunta en última instancia a derrotar al capitalismo y a las instituciones democráticas.

Los observadores de China sensatos querrán ver que la guerra comercial debilita, si no derrota, al régimen comunista de Beijing, provocando así cambios sociales fundamentales que deberían haberse producido hace tiempo dentro de este Estado orwelliano, y reemplazándolo por una sociedad abierta gobernada por el Estado de derecho.

Como señaló Winston Churchill en su discurso ante la Cámara de los Comunes el 22 de octubre de 1945, “El vicio inherente del capitalismo es la distribución desigual de las bendiciones. La virtud inherente del socialismo es la distribución igualitaria de las miserias”.

El mundo moderno simplemente no puede permitirse una China comunista al estilo de la URSS en el siglo XXI.

Peter Zhang es investigador de economía política de China y Asia Oriental. Se graduó en la Universidad de Estudios Internacionales de Beijing, en la Escuela de Derecho y Diplomacia Fletcher y en la Escuela Kennedy de Harvard como Becario Mason.

Los puntos de vista expresados en este artículo son las opiniones del autor y no reflejan necesariamente los puntos de vista de La Gran Época.

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