Salud mental de estadounidenses llega a su punto más bajo en 20 años antes de los nuevos cierres

Cualquier análisis retrospectivo de las políticas de encierro, cuya efectividad está seriamente cuestionada, debe sopesarse con la pérdida de vidas y el sufrimiento humano que causaron.
Por BRAD POLUMBO
21 de Diciembre de 2020
Actualizado: 21 de Diciembre de 2020

En California y en otras partes del país, los estadounidenses regresan a los encierros, o enfrentan renovadas restricciones en su vida cotidiana, a causa de otro pico de COVID-19. Sin embargo, una nueva encuesta de Gallup muestra que estos bloqueos se producen cuando las personas ya están enfrentando desequilibrios en su salud mental. “La última evaluación a los estadounidenses sobre su salud mental es peor de lo que ha sido en cualquier momento de las últimas dos décadas”, informa Gallup.

La nueva encuesta encontró que el 34 por ciento de los encuestados dijo que su salud mental era “excelente”, lo cual es 9 puntos menos que en 2019. El porcentaje de estadounidenses que calificaron su salud mental como “buena o excelente” en 2019 fue del 85 por ciento, mientras que en 2020 el porcentaje solo fue del 76 por ciento.

Crédito de la imagen: Gallup

Esta encuesta solo documenta una tendencia en curso.

Jon Miltimore dijo, anteriormente para FEE.org, que los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) encontraron que 1 de cada 4 jóvenes estadounidenses consideró el suicidio durante el verano pasado, cuando se presentaron los encierros y niveles sin precedentes de aislamiento social. En una anécdota, que demuestra dolorosamente esta tendencia, un médico de un hospital de California dijo a las noticias locales, en mayo, que durante el encierro presenció “en cuatro semanas los intentos de suicidio que ocurren en un año“.

Gran parte del deterioro de la salud mental durante los últimos nueve meses se puede atribuir razonablemente a los bloqueos pandémicos, en lugar de al propio COVID-19.

¿Por qué? Bueno, considere que, para los adultos jóvenes suicidas antes mencionados, el riesgo de mortalidad real de COVID-19 es cercano a cero. Es el cierre de sus escuelas, el cierre de sus oficinas y el aislamiento de la familia, los amigos y la comunidad lo que los ha afectado de manera tan drástica.

Y los efectos negativos del aislamiento social para la salud, tanto física como mental, están bien documentados. Considere este informe del New York Times:

“Una ola de nuevas investigaciones sugiere que la separación social es mala para nosotros. Las personas con menos conexión social tienen patrones de sueño interrumpidos, sistemas inmunológicos alterados, más inflamación y niveles más altos de hormonas del estrés. Un estudio reciente encontró que el aislamiento aumenta el riesgo de enfermedad cardíaca en un 29 por ciento y de accidentes cerebrovasculares en un 32 por ciento.

Otro análisis, que reunió datos de 70 estudios y 3.4 millones de personas, encontró que las personas socialmente aisladas tenían un 30 por ciento más de riesgo de morir en los próximos siete años, y que este efecto fue mayor en la mediana edad.

La soledad puede acelerar el deterioro cognitivo en los adultos mayores, y los individuos aislados tienen el doble de probabilidades de morir prematuramente en comparación con aquellos que tienen interacciones sociales más sólidas. Estos efectos comienzan temprano: los niños socialmente aislados tienen una salud significativamente peor 20 años después, incluso después de controlar otros factores. En total, la soledad es un factor de riesgo de muerte prematura tan importante como la obesidad y el tabaquismo”.

Ciertamente no podemos atribuir únicamente la creciente crisis de salud mental a los cierres. Pero no se puede negar el hecho intuitivo y demostrable de que confinar a las personas en sus hogares y despojarlos de sus medios de subsistencia ha provocado los picos de suicidio y depresión actuales.

¿Cómo no podría ser así?

Una amplia investigación muestra cómo despojar a las personas de su sitio de trabajo y dejarlas sintiéndose impotentes contribuye al deterioro de la salud mental.

“Tener un alto sentido de control está relacionado con un comportamiento proactivo y resultados psicológicos positivos”, señalan los investigadores de la salud. “El control está vinculado a la capacidad de tomar medidas preventivas y sentirse saludable. Un deterioro del control está asociado con la depresión, el estrés y los trastornos relacionados con la ansiedad”.

Por lo tanto, los drásticos bloqueos gubernamentales que toman el control de las minucias de la vida estadounidense siempre tendrán graves consecuencias para la salud mental. Las consecuencias no deseadas plagan todos los esfuerzos gubernamentales de arriba hacia abajo para controlar o administrar la sociedad.

“Cada acción humana tiene consecuencias intencionales y no intencionales”, explican Antony Davies y James Harrigan para FEE. “Los seres humanos reaccionan a todas las reglas, regulaciones y órdenes que imponen los gobiernos, y sus reacciones dan como resultado resultados que pueden ser bastante diferentes de los resultados que pretendían los legisladores”.

Reemplazar la toma de decisiones individuales, que se presentan en la vida cotidiana de cientos de millones de personas, con mandatos gubernamentales centralizados destinados a frenar la propagación de COVID-19 provoca, inevitablemente, enormes efectos en cadena. Nuestro análisis retrospectivo de las políticas de encierro, cuya eficacia es cuestionada seriamente, debe sopesarse con la pérdida de vidas y el sufrimiento humano que causaron.

Brad Polumbo (@Brad_Polumbo) es un periodista libertario-conservador y editor de opinión de la Foundation for Economic Education. Este artículo se publicó originalmente en FEE.org


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