Expulsados de China por sus creencias: Un llamado audaz en el corazón de la China Roja

Por Eva Fu
21 de Noviembre de 2021
Actualizado: 22 de Noviembre de 2021

Con una mochila grande y una guía de viaje en la mano, el canadiense Joel Chipkar parecía un turista típico.

El agente de bienes raíces de 33 años de edad, de cabello castaño, vestido con una chaqueta negra y pantalones caqui, caminó rápidamente hacia la Plaza de Tiananmen, el corazón de la capital de China que hace poco más de una década había sido enrojecida por la sangre de miles de estudiantes asesinados o herido por los tanques y las armas del régimen comunista.

El clima de ese día —20 de noviembre de 2001— fue lo mejor en una ciudad conocida por su denso smog grisáceo. El sol brillaba y el aire estaba fresco.

Los peatones paseaban tranquilamente por la plaza, aunque Chipkar no los notó mucho. Se dirigía en línea recta hacia el extremo norte del sitio. Tenía una misión.

Chipkar no tardó en encontrar lo que buscaba: Veinte pies al oeste del asta de la bandera china, una multitud de 36 personas caucásicas como él se habían reunido en silencio, algunas sentadas y otras de pie. La escena estaba atrayendo bastantes miradas curiosas. Todavía era poco común ver tantas caras occidentales en ese país.

Chipkar se detuvo a cierta distancia del grupo. Reconoció algunas caras, pero pensó que era prudente no saludar a nadie. Llamar la atención podría ser perjudicial para el plan.

La emoción reprimida flotaba en el aire. En unos instantes, el grupo de occidentales se reuniría, de pie o sentados en cuatro filas, como si posaran para una foto grupal frente a la emblemática Torre de Tiananmen. Pero se trataba de una treta; después se sentaron en posición de meditación, mientras algunos desplegaban una pancarta dorada de dos metros de largo con los caracteres “verdad, benevolencia y tolerancia” en chino e inglés, los tres principios fundamentales del grupo religioso perseguido, Falun Gong.

La policía entró en masa al sitio para llevar a cabo arrestos.

El papel de Chipkar era observar y documentarlo todo.

Joel Chipkar, a la izquierda con una maleta azul, graba en secreto la apelación de 36 practicantes de Falun Dafa occidentales en la Plaza de Tiananmen, el 20 de de 2001, Beijing, China. (Cortesía de Minghui.org)

La planificación

Eso fue dos años después de que el Partido Comunista Chino (PCCh) declarara a Falun Gong (también conocido como Falun Dafa), que en ese momento tenía entre 70 millones y 100 millones de practicantes, su enemigo sin ninguna razón aparente más que la gran popularidad que había adquirido entre la población china. Durante la década de 1990 se podían ver extensas filas de practicantes de Falun Gong haciendo los ejercicios de meditación todas las mañanas en parques y plazas de todo el país. Pero esto se detuvo de golpe en julio de 1999, cuando el PCCh desató una campaña nacional para erradicar la práctica.

Desde entonces, los practicantes han sido víctimas de acoso, tormento físico, detención y trabajo forzado. Muchos fueron expulsados de sus trabajos o de sus escuelas, y los libros relacionados con la práctica fueron confiscados y quemados.

Un policía chino se acerca a un practicante de Falun Gong en la Plaza Tiananmen, en Beijing, mientras sostiene una pancarta con los caracteres chinos de “verdad, benevolencia y tolerancia”, los principios básicos de Falun Gong. (a través de Minghui.org)

La persecución también acababa de alcanzar nuevas alturas en 2001. Las emisoras y los periódicos habían capitalizado un incidente de autoinmolación en la Plaza de Tiananmen a principios de ese año, que luego se demostró que se llevó a cabo bajo las órdenes de Beijing, diseñado para catalogar a los practicantes como suicidas.

La intensificación de la campaña de desinformación y odio había enviado un flujo constante de practicantes a la plaza Tiananmen, centro político y popular lugar turístico, para pedir el fin de la represión.

Para los practicantes de Falun Gong que miraban con ansiedad fuera de las fronteras chinas, la continua situación de sus compañeros practicantes en China les decía que se debía hacer algo más.

La idea de un llamado internacional tardó al menos un año en concretarse. Peter Recknagel de Alemania, un estudiante de chino y economía de 30 años, fue uno de los primeros en hacer arreglos de viaje. Cuando percibió el interés de los practicantes de otras partes del mundo, el plan se amplió.

Finalmente, 36 practicantes de 12 países de Europa, América del Norte y Australia volarían a China. Muchos de ellos nunca se habían conocido antes. Mantuvieron las instrucciones al mínimo: viajar por separado; reunirse cerca del asta de la bandera a las 2 p.m.; mantener un perfil bajo, transmitir su mensaje de apelación y quedarse allí todo el tiempo que pudieran.

Los organizadores tomaron precauciones para mantener sus planes en secreto. Para evadir posibles escuchas clandestinas por parte del régimen, solo unos pocos participaron en la organización, y hablaron en sueco durante la mayor parte de la planificación.

Adam Leining, un músico estadounidense de 30 años, trajo la pancarta en una bolsa de ropa. La noche antes de que todo sucediera, Recknagel bajó la cortina de la habitación del hotel y puso música disco a todo volumen, luego los demás llegaron a la habitación uno por uno para un pequeño ensayo. Desplegaron la pancarta para ver qué tan grande era y asignaron a tres de los miembros más altos de su grupo para que la sostuvieran.

Practicantes de Falun Gong de 12 países posan para una foto grupal antes de hacer una apelación en la Plaza Tiananmen, en Beijing, China, el 20 de noviembre de 2001. (Cortesía de Adam Leining)

Cuando todos se habían reunido en la plaza, dos personas de Europa se dispusieron a sostener un ramo de flores para dar una sensación de celebración. Eso fue para ganarles tiempo mientras se preparaban.

“Hubo una señal… entonces todos tenían que saltar a la posición de meditación”, recordó Recknagel, ahora de 50 años y residente en el estado de Nueva York, a The Epoch Times.

“Teníamos que tener mucho, mucho cuidado de no hacernos notar antes de que sucediera”.

Joel Chipkar en la Gran Muralla con un letrero que hizo con materiales que encontró en su habitación de hotel, en Beijing, China, en noviembre de 2001. (Cortesía de Joel Chipkar)

El testigo

Chipkar planeó su parte tan cuidadosamente como pudo.

Compró una videocámara diminuta, un dispositivo con apariencia de buscapersonas (beeper), que enroscó en la correa de su mochila. Hizo un agujero en la correa para que la lente pudiera asomarse. Luego pasó varias horas mirándose al espejo mientras cargaba la mochila para dominar el manejo de la cámara. La grabación duraría unas dos horas y, con todo preparado, podría caminar con las manos libres.

“Pensé en todo lo que podría suceder o salir mal y tuve que planificar todo eso, porque no tienes una segunda oportunidad”, dijo Chipkar, que ahora tiene 53 años y vive en Toronto, en una entrevista con The Epoch Times.

La noche anterior a la reunión, Chipkar durmió muy mal pensando en cada posible pequeño percance que pudiera poner en peligro su misión. La videocámara podría funcionar mal, o la policía podría arrestarlo antes de que llegara al lugar, entonces todo su trabajo terminaría en vano.

El titular de la pancarta

El amigo de Chipkar, Zenon Dolnyckyj, ya estaba entre el grupo cuando llegó. Diez años menor que él, Dolnyckyj había aprendido algo de mandarín básico de algunos practicantes chinos de Falun Gong en Toronto.

Los dos se habían reunido en la Gran Muralla un día antes para colgar una pancarta vertical amarilla que decía “Falun Dafa es bueno”. Dolnyckyj se había quedado despierto en el hotel para pintar esos caracteres chinos en la pancarta, un “hermoso mensaje simbólico”, en palabras de Dolnyckyj.

Zenon Dolnyckj y Joel Chipkar meditan en la Gran Muralla el día antes de su apelación en Tiananmen. (Cortesía de Joel Chipkar)

Ambos habían comprado boletos de regreso a Canadá programados para cuatro horas después de la reunión de Tiananmen.

“Nos vemos en el aeropuerto”, le había dicho Chipkar a Dolnyckyj en el hotel la mañana anterior a la apelación.

Pero nunca lo hicieron.

Recknagel y Leining estaban sentados en posición de meditación cuando se desplegó la gran pancarta. Dolnyckyj se colocó detrás de la pancarta entre los caracteres de “verdad” y “compasión”, utilizando sus dos puños para ayudar a sostenerla.

“Me sentí muy orgulloso porque se sostuvo con mucha firmeza”, le dijo al programa “Legends Unfolding” de NTD, una cadena asociada a The Epoch Times, en 2017.

Tras 20 segundos una bocina comenzó a sonar estruendosamente en el lugar. Pronto, al menos seis camionetas de la policía los rodearon, policías uniformados y vestidos de civil emergieron como de la nada, arrojando a los practicantes a los autos al tiempo que espantaban a los espectadores.

Mientras la policía descendía, Dolnyckyj sacó de un bolsillo de su pantalón otra pancarta amarilla improvisada que había hecho con una funda de almohada pintada. Había practicado este movimiento en el hotel. Mientras sostenía esta pancarta, gritaba a pleno pulmón “Falun Dafa es bueno”.

Tras haber sido reducido por los uniformados un oficial le propinó un fuerte puñetazo entre los ojos que le provocó una fractura. La sangre le corría por la nariz. Sintió un dolor agudo y sus ojos se llenaron de lágrimas.

A continuación, le llovieron más puñetazos y le obligaron a entrar en un furgón blanco de la policía, donde estaba un sueco que había sido golpeado hasta quedar inconsciente, y una mujer francesa, rubia y de ojos azules, también del grupo, a la que los policías intentaron estrangular para evitar que gritara: “Falun Dafa es bueno”.

Chipkar, de pie a cierta distancia del caos, vio cómo se llevaban a sus amigos en cuestión de minutos.

Después que todos fueron retenidos y trasladados en las camionetas Chipkar llamó a un taxi y en el hotel inmediatamente corrió al baño, cerró la puerta detrás de él y comenzó a rebobinar las imágenes. Una vez que confirmó que todo estaba allí, Chipkar fue a la oficina de FedEx más cercana y envió las grabaciones a casa.

“Me sentí realmente aliviado”, dijo Chipkar. “La forma en que sucedió lo que se había planeado para la apelación en la plaza fue mágica, las cosas sucedieron exactamente como se suponía que debían ocurrir”.

36 practicantes occidentales de Falun Gong fueron arrestados cuando organizaron una protesta pacífica en la Plaza Tiananmen en noviembre de 2001. (Cortesía de Minghui)

El interrogatorio

El resto del grupo fue retenido en la comisaría de policía de la plaza Tiananmen, adyacente a la plaza, en una celda sin ventanas que tenía manchas de sangre en la pared. Durante los interrogatorios hubo más violencia. Un israelí fue golpeado en la cara y pateado en la ingle.

En un hotel cerca del aeropuerto, donde luego fueron transportados, un estudiante de medicina estadounidense recibió un golpe en la cabeza después de que se negó a firmar un documento. Una mujer fue manoseada por la policía cuando se negó a entregar su teléfono.

Recknagel, que también sabe chino, advirtió a la policía que dejara de atacar al estudiante de medicina.

Los practicantes europeos de Falun Gong hablan con un policía desde el interior de la cárcel subterránea en una estación de policía cerca de la Plaza Tiananmen, en Beijing, China, el 20 de noviembre de 2001. (Cortesía de Adam Leining)

“Haga eso de nuevo, y todo el mundo lo sabrá”, recordó haberle dicho al oficial en mandarín.

El policía, enfurecido, lo arrastró hasta la pared, diciéndole algo así como “¿sabes lo que se siente cuando te matan?”.

No obstante, la policía fue moderada en comparación con la manera en que tratan a los practicantes locales. El grupo fue filmado por la policía durante todo el proceso, incluido cuando les dieron comida y agua, lo que hicieron con un propósito mediático y propagandístico. Los informes de los medios estatales dijeron más tarde que el grupo fue tratado con humanidad.

En el transcurso de 48 horas todos los retenidos habían sido expulsados en un vuelo y se les dijo que no podían regresar a China durante cinco años.

Los verdaderos héroes “no somos nosotros”

Reflexionando dos décadas después, Chipkar no vio nada heroico en su acto.

“Fue un momento en el que hicimos lo que pensábamos que teníamos que hacer”, dijo. “Todos estamos haciendo nuestro mejor esfuerzo, cada uno de nosotros”.

Desde el comienzo de la persecución, millones de practicantes han sido arrojados a centros de detención, prisiones, campos de trabajo y a otras instalaciones, mientras que cientos y miles han sufrido tortura, según el Centro de Información de Falun Dafa. También, un número indeterminado de practicantes han sido asesinados por sus órganos en el mercado de sustracción forzada de órganos del PCCh.

Minghui, un sitio web con sede en Estados Unidos que narra la persecución en China, ha verificado miles de muertes. Aunque es probable que esto sea solo la punta del iceberg, dicen los expertos, debido a los gigantescos esfuerzos del régimen por ocultar su brutal campaña.

“Los verdaderos héroes que merecen la atención son los practicantes en China que atraviesan la vida y la muerte cada vez que salen por la puerta”, dijo Chipkar. “Las personas que están en China, esos son los héroes, no nosotros”.

Joel Chipkar en el aeropuerto al regresar sano y salvo de Beijing, en Toronto, Canadá, noviembre de 2001. (Cortesía de Joel Chipkar)

Recknagel, quien pasó los primeros 18 años de su vida en Alemania Oriental antes de la caída del Muro de Berlín, describió su viaje a Tiananmen como una “gran aventura”.

“Nadie sabía realmente qué saldría de eso”, dijo. “No se sabía cuánto ayudó lo que hicimos en China, pero al menos, fue un vistazo de cuán real y cruel es la persecución en China”.

“Te da una especie de impulso… hacer todo lo que puedas para ayudar a detener la persecución allí”.

El momento del despliegue de la pancarta fue representado por artistas, practicantes de Falun Dafa, en una pintura al óleo. En la representación, una luz dorada translúcida emana del grupo de meditadores.

“Mira a Zhen y Shan y Ren (verdad, benevolencia, tolerancia)”, dijo, refiriéndose a los caracteres chinos de la pancarta. “Y en aquel momento, estábamos defendiendo tales principios”.

La pintura se exhibe en una exposición de un centro comercial en el norte del estado de Nueva York, que Recknagel visita a veces.

“Es bueno tener esa imagen como recuerdo”, dijo.

Pero tanto para él como para muchos otros, ese recuerdo de hace dos décadas está indisolublemente ligado al dolor.

“Mucha gente en China ha defendido tales principios, sin embargo, no hay una foto de sus valientes acciones”, dijo Recknagel. “Muchos han sido asesinados allí”.


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