La Cuba de Fidel deja cicatrices permanentes

26 de Abril de 2017 Actualizado: 22 de Marzo de 2019

NUEVA YORK-Jesús de León recuerda claramente cuando su espíritu finalmente se quebrantó. Tenía 13 años. No era una herida evidente como una pierna rota, sino más bien un corte profundo en su alma después de años de adoctrinamiento y violencia que lentamente deformó su pensamiento y robó su inocencia.

De León nació en Cuba en 1966, casi una década después de que Fidel Castro tomara el poder y purgara a los disidentes.

“Yo estaba en el corazón de la revolución”, dijo León en su casa en Brooklyn el 16 de marzo. “Yo fui educado con el adoctrinamiento dentro del sistema comunista”.

Desde los primeros días de primaria, León dijo que tuvo que jurar fidelidad y saludar a Castro todos los días.

“Tuvimos que repetir, ‘Pioneros por el comunismo, seremos como el Che [Guevara]'”, dijo. “Ahora que soy un adulto, me doy cuenta de que cada día repetí eso como un niño, esto se convirtió en parte de mi cuerpo, mente y sangre”.

De León asistió a la Escuela Secundaria Lenin en La Habana. Fue el pionero de las escuelas de internado vocacional y de elite más importante de la nación, fue inaugurado oficialmente por el secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviética, Leonid Brezhnev. Durante la orientación, se le dijo a León que la meta de Castro para la escuela era formar “estudiantes puramente comunistas”.

Sus seis años allí fueron “traumáticos” y “horrendos”, dijo. El peor momento para León fue en 1980 durante el éxodo por seis meses de 125.000 cubanos a América, conocido como el Mariel boatlift.

Destruyendo la amistad

Quien quisiera salir de Cuba tenía que obtener permiso a través de su lugar de trabajo y debido a que todos los empleos eran estatales, eso significaba que todo el aparato del gobierno era inmediatamente alertado. Era imposible marcharse sin que el gobierno lo supiera.

Las familias que querían irse eran etiquetadas como traidores o gusanos, y el castigo se efectuaba con rapidez, antes de que las familias pudieran partir.

De León y sus compañeros debían ser parte de la fuerza de castigo. Tenía 13 años la primera vez que fue puesto en un autobús escolar y llevado a la casa de una familia que estaba a punto de emigrar.

“Le lanzamos piedras a la casa y la dañábamos. El objetivo era irrumpir en la casa”, dijo León. “Algunas veces, participé en esto a veces varias veces al día.”

“Una vez fuimos al tejado y empezamos a tirar piedras a la gente de la casa, mientras comían”, dijo, señalando que incluso los vecinos participaban.

No era cuestión de no unirse. Él dijo: “Envenenaban tu espíritu desde el primer día de la escuela, así que haces lo que todos los demás hacen. Tienes tanto miedo. Ni siquiera lo cuestionas”.

Los compañeros y amigos de De León no fueron la excepción, y se vio obligado a volverse contra ellos también.

“Lo que pasó allí cambió mi vida por completo. A partir de ese momento, nunca creí en la amistad. Esto te deshumaniza”, dijo. “Todo se vuelve normal, golpear a la gente y destrozar sus casas, es legal”.

Cuando los padres acudían a la escuela para avisar a las autoridades que su hijo se iba, los estudiantes golpeaban a los padres, dijo León.

“Una vez, un grupo de nosotros lanzamos piedras contra el padre de un compañero de estudio y una le golpeó la cabeza”, dijo León, mientras sus ojos amables rápidamente se tornaban tristes.

“Recuerdo una vez en la escuela que pusieron a una niña en un escenario y todo el mundo estaba gritándole. La atacaron, le desgarraron la ropa y corrió con sus padres a su auto para poder escapar”.

“Los maestros nos animaron a hacer esto y a que participáramos, el director también participaba”.

De León dijo que fue durante este tiempo que perdió los conceptos de confianza y amistad.

“Aunque Rubén fuera mi mejor amigo hoy, podría ser mi enemigo mañana”, dijo. “No importaba nada después de eso, y me sentía muy solo”.

Cada barrio tenía un Comité para la Defensa de la Revolución (CDR). El CDR era el aparato espía nacional para el régimen cubano.

“El CDR sabe todo sobre cada hogar, su horario, a qué escuela van, su lugar de trabajo, cómo piensan, todo”, dijo de León.

A cada hogar se le dio una libreta de racionamiento para comprar comida y ropa, el gobierno establecía exactamente lo que las familias podían obtener, tales como frijoles, huevos, ropa, etc.

“Es muy difícil conseguir comida en Cuba”, dijo de León. “Siempre teníamos que elegir si comprar comida o ropa; nunca podíamos realmente vestirnos apropiadamente”. Su padre hacía a menudo trabajos ocasionales para conseguir el efectivo para poder hacer compras en el mercado negro.

Partiendo sin despedirse

De León se graduó como abogado en 1995 y trabajó en la Oficina Cubana de Propiedad Industrial. Era mujeriego y bebia mucho, y su trabajo le parecía deshonesto.

“Me di cuenta de que me estaba degenerando como persona”, dijo. “Todavía podía distinguir entre el bien y el mal, pero no podía actuar de una manera diferente. Quería cambiar mi vida. No quería vivir en un país comunista”.

En su empleo ocasionalmente viajaba al extranjero para trabajar, por lo que era uno de los pocos cubanos que tenía un pasaporte, el cual se convirtió en su boleto para salir de una vida que detestaba.

En 2004, justo antes de viajar a Brasil en un viaje de trabajo, de León tomó la decisión de desertar. Estaba recibiendo mucha presión para unirse al Partido Comunista, era muy raro que alguien con su carrera no estuviera en el Partido.

No podía decir adiós a su familia porque sabía que podría ser descubierto.

“Recuerdo el momento exacto en que me fui. Fue muy doloroso”, dijo. “No era normal ni era algo humano”.

Tratando de reconstruir

En Brasil, de León dejó su lujoso hotel en Río de Janeiro y se fue a casa de un cubano por unos dias. Conocio luego a una mujer argentina y viajó con ella a Argentina. Más tarde se casaron. Estaba contento de salir de Brasil, el gobierno tenía un acuerdo de extradición con Cuba y temía que lo buscaran y localizaran. También podía hablar español en Argentina.

“Despues que dejé Cuba, nunca bebi alcohol otra vez, nunca volví a ser promiscuo. He realizado muchos cambios”, dijo de León.

Pero él no logró mágicamente una vida libre y fabulosa después de dejar Cuba y todo atrás, algunas cosas fundamentales estaban todavía demasiado arraigadas en su mente.

“No podía seguir adelante. No tenía esperanza”, dijo. Sus recuerdos de sus nueve años en Argentina son vagos y durante años estuvo enfermo y deprimido. “Perdí todo: mi país, mi familia, mis amigos, mi carrera”.

Su incapacidad para tener relaciones apropiadas y su apatía hacia la vida continúan persiguiéndolo y perjudicándolo.

“Incluso ahora, no puedo confiar en nadie”, dijo. “Creo que esa es la parte más perjudicial del comunismo: la falta de confianza. Porque siempre te sientes solo”.

De León se ganó un permiso de residencia permanente estadounidense en la lotería y se mudó a Estados Unidos en diciembre de 2012.

Se enoja cuando los no cubanos idealizan la vida en Cuba.

“Esa gente nunca ha vivido en Cuba. Viven en sociedades muy libres donde tienen la libertad de fantasear. Es parte de la libertad: pueden elegir. Y no están dispuestos a perder todo e irse a vivir a Cuba”.

“Nací en Cuba y el régimen me impuso el sistema. Y cuando intenté elegir, perdí todo”.

De León planteó una seria pregunta a los que idealizan a Cuba: “¿Por qué los cubanos se lanzan al mar para salir de allí?”

Y por todo lo que ha perdido en la vida, de León dice muy rápidamente que nunca volverá a Cuba, “aunque me ofrezcan otra vez lo que tenía antes”.

Se estima que el comunismo ha matado al menos 100 millones de personas, no obstante sus crímenes no han sido recopilados y su ideología aún persiste. La Gran Época busca exponer la historia y creencias de este movimiento, que ha sido una fuente de tiranía y destrucción desde su surgimiento.

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