La Ley de Igualdad y el mundo orwelliano de la ideología de género

Por Paul Adams
11 de junio de 2019 6:40 PM Actualizado: 30 de enero de 2021 1:14 PM

Opinión

La llamada Ley de Igualdad que aprobó la Cámara de Representantes (con todos los demócratas y ocho republicanos votando a favor) provocó algunos títulos alternativos en broma que al menos la describen con más precisión.

Un comentarista dijo que debería cambiarse el nombre por la Ley de “George Orwell te lo dijo”, señalando que demostraría una vez más que “todos los animales son creados iguales, pero algunos animales son más iguales que otros”. Otro observador, que la llamó el “proyecto de ley más peligroso para la libertad de expresión y el libre ejercicio de la religión que jamás se haya propuesto a nivel nacional”, la denominó la «ley de (des)igualdad para atrapar a los intolerantes homofóbicos y transfóbicos”.

Estos nombres inventados señalan dos aspectos de la legislación, además del sólido compromiso demócrata de ponerla como una de sus principales prioridades. Uno de ellos son los efectos y las implicancias de largo alcance para la sociedad civil –familias, escuelas, iglesias, empresas y asociaciones voluntarias de todo tipo. El otro es la confusión lingüística y las contorsiones que rodean a la ideología de género que se refleja en el título del proyecto de ley. Ambos son rasgos esenciales del totalitarismo, como George Orwell lo describe en su novela distópica “1984”.

Control estatal y supresión de la sociedad civil

Como dice el teólogo Robert Gagnon, “afectará todos los aspectos de la existencia humana desde la cuna hasta la tumba, desde el uso de los propios talentos y habilidades hasta el discurso establecido, desde el hogar hasta los lugares públicos, desde la escuela hasta el empleo, desde las guarderías hasta los hospitales y los geriátricos, desde todas las fuentes de entretenimiento hasta todos los medios de comunicación, desde las instituciones religiosas hasta las organizaciones paraeclesiásticas e incluso los lugares de culto”.

Todo esto puede sonar exagerado. Pero refleja un cambio profundo en el poder del Estado y sus relaciones con el resto de la sociedad. Extiende el estatus especialmente protegido en la ley federal (especialmente la Ley de Derechos Civiles de 1964) desde las categorías de raza, sexo y discapacidad hasta la orientación sexual e identidad de género (OSIG). Lo cambia todo porque hace que los derechos y el cumplimiento de los derechos por parte del Estado sobre el resto de la sociedad dependan de los sentimientos y los deseos.

Incluso los sentimientos altamente cambiantes de los niños y adolescentes deben tener prioridad sobre los derechos de los padres y el juicio profesional de los médicos y psicoterapeutas.

Se ha acelerado el ritmo del cambio en que los padres y profesionales, empresarios, refugios, escuelas, eventos recreativos y deportivos deben adoptar esta nueva ortodoxia, aceptando sin cuestionar la afirmación sin base objetiva o científica de aquellos con un sexo biológico que dicen pertenecer o identificarse con otro. Esto estuvo sucediendo en muchos estados y localidades de Estados Unidos, así como en Canadá.

La Ley de Igualdad tiene por objeto imponer una amplia gama de prohibiciones y requisitos, casi todos impensables hace tan solo unos años atrás, en todo EE. UU. Los hombres que reclamen una “identidad de género” femenina, con o sin una cirugía previa de “reasignación de sexo” o tratamiento hormonal, tendrán acceso a “todos los baños, vestuarios y vestidores de mujeres de la nación” (en el lenguaje del proyecto de ley). Esto incluye los refugios, prisiones y deportes para mujeres.

El proyecto de ley requiere que las escuelas instruyan (algunos dirían adoctrinen) a los estudiantes en las creencias y prácticas de OSIG desde una edad temprana, sin notificar a los padres. Habrá leyes de charlas obligatorias con multas por “misgendering” –usar pronombres apropiados para el sexo biológico de la persona pero no para su “identidad de género”– aplicadas a todas las escuelas, negocios y centros de salud. Los dueños de pequeñas empresas, como los artistas de pasteles (recuerden a Jack Phillips en Colorado), los fotógrafos de bodas, etc., enfrentarán severas penalidades si se niegan a permitir que sus talentos sean utilizados para promover o celebrar prácticas que ellos consideran inmorales. Y así sucesivamente.

Ningún rincón o grieta de la sociedad civil estará a salvo de la aplicación por parte del Estado de la nueva ideología OSIG, que prevalece sobre las afirmaciones de la razón y la ciencia, la conciencia y la fe.

La neolengua y la negación de la realidad

Orwell acuñó el término Neolengua en “1984” para denotar el idioma creado por el partido gobernante como parte de su sistema de control totalitario sobre todos los aspectos de la vida de la gente. El idioma tiene un vocabulario que se reduce continuamente para controlar la libertad de pensamiento y evitar el pensamiento heterodoxo, visto como un “crimen del pensamiento”.

Como explica la novela, “La mayor dificultad a la que se enfrentaban los compiladores del Diccionario de la Neolengua no era inventar nuevas palabras, sino, una vez inventadas, asegurarse de lo que significaban: es decir, asegurarse de la variedad de palabras que cancelaban con su existencia”.

Este es un aspecto peculiar de la ideología OSIG. A veces, el sexo se describe como innato e inmutable, mientras que el género es fluido y algo que uno puede elegir. Otras veces, es al revés. A veces el género es una construcción social, otras el sexo mismo. En este último caso, el sexo no es algo que se puede descubrir en el útero con una ecografía, sino que se “asigna al nacer”. No pude descubrir si lo mismo es cierto para otros mamíferos o cómo esto afecta el uso de tratamientos médicos que son específicos de lo que antes se llamaba biología masculina o femenina.

Un intento de adoctrinar a los niños pequeños en la ideología trans, un recurso de enseñanza llamado la “Persona del Pan de Jengibre”, pasó por distintas versiones en rápida sucesión en respuesta a las críticas de los activistas trans, y fue reemplazado por otro, el “Unicornio del Pan de Jengibre”. La terminología y las imágenes de una versión de la ideología trans elogiada un día por los activistas de género son denunciadas al día siguiente como transfóbicas e inaceptables.

En su esfuerzo más heroico y paciente hasta ahora para desentrañar el siempre cambiante y aparentemente incoherente y contradictorio lenguaje de la teoría de la identidad de género, “Cuando Harry se convirtió en Sally”, el filósofo político Ryan Anderson argumenta:

“En el corazón del momento transgénero hay ideas radicales sobre la persona humana, en particular, que las personas son lo que dicen ser, a pesar de la evidencia contraria. Un niño transgénero es un niño, no solo una niña que se identifica como niño”.

“Es comprensible por qué los activistas hacen estas afirmaciones. Una discusión sobre las identidades transgénero será mucho más persuasiva si se refiere a quién es una persona y no solo a cómo se identifica. Y así la retórica del momento transgénero se llena de afirmaciones ontológicas: las personas son el género que prefieren ser. Esa es la afirmación”.

Cualquiera que se atreva a adentrarse en este pantano lingüístico se dará cuenta de que, mientras los conceptos se redefinen continuamente, a menudo para invertir el sentido que tenían el año pasado, la última versión se presenta y se explica en los tribunales y en las legislaturas como la verdadera posición “científica”. En realidad, lo que se presenta no es ciencia sino ideología, no es realidad empírica sino una afirmación ontológica sin más fundamento que la voluntad de los activistas de género para imponerla.

“La idea original”, como dice el escritor Michael Liccione, “fue la liberación de la opresión tanto de la biología como de las construcciones sociales; ahora, los teóricos del género quieren que el gobierno aplique su ideología, que no es más que una forma de voluntad de poder”.

Cuanto más tortuosamente absurdas sean las posiciones que estos activistas OSIG tratan de promover como la nueva ortodoxia, más insistentes serán las demandas para que los tribunales y los legisladores impongan todo el poder del Estado sobre los herejes.

La Ley de Igualdad no tiene nada que ver con la ciencia o la igualdad. Su propósito fundamental es suprimir la disidencia y la discusión racional mientras se impone una ortodoxia incoherente y sin sentido –un mundo orwelliano donde el discurso oficial es 2+2=5. Todo el mundo sabe en cierto nivel que son tonterías, pero nadie se atreve a desafiarlas. Cuanto mayor sea el absurdo, como lo vio Orwell, mayor será el nivel de coerción requerido para hacerlo cumplir y para desactivar la capacidad de pensar de otra manera.

Paul Adams es profesor emérito de trabajo social en la Universidad de Hawai y fue profesor y decano asociado de asuntos académicos en la Universidad Case Western Reserve. Es coautor de “La justicia social no es lo que tú crees que es” y  escribió extensamente sobre política de asistencia social y ética profesional y de virtudes.

Los puntos de vista expresados en este artículo son las opiniones del autor y no reflejan necesariamente los puntos de vista de La Gran Época.

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Las opiniones expresadas en este artículo son propias del autor y no necesariamente reflejan las opiniones de The Epoch Times

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