La naturaleza y el destino del comunismo soviético en “Un día viviremos sin miedo”

27 de Enero de 2017 Actualizado: 22 de Marzo de 2019

Hace casi un siglo, los revolucionarios bolcheviques derrocaron el gobierno legal ruso y asesinaron a la familia real, estableciendo el primer régimen comunista del mundo.

Durante las siete décadas de existencia de este sistema totalitario, el liderazgo soviético se enfrentó a una formidable variedad de fuerzas que amenazaron su poder e ideología. Mientras que el Ejército Rojo destrozaba o mantenía a la distancia a los enemigos militares del comunismo; asegurar el control sobre el pueblo soviético mismo era esencial para los planes de Kremlin.  Sobre esta tarea trata el reciente libro del profesor británico Mark Harrison, “Un día viviremos sin miedo: vida cotidiana bajo el estado policial soviético”.

En los siete capítulos de episodios recopilados de los archivos soviéticos y “seleccionados por su humanidad e inhumanidad”, Harrison- que trabaja en la Universidad de Warwick- presenta un estudio animado del comité de seguridad estatal soviético –el infame KGB.

Construyendo y exponiendo enemigos ocultos

Mientras que el mundo se preparaba para pelear la Segunda Guerra Mundial, otro tipo de lucha estaba teniendo lugar dentro de la Unión Soviética. Habiendo asegurado este lugar como el heredero de Lenin, Josef Stalin llevaba a cabo una guerra contra su propio pueblo y su personal de seguridad estaba deseoso de refrenarlo. Fue un tiempo en el que millones a lo largo del país fueron esclavizados o acusados de cargos fabricados por espionaje, disenso o simplemente por holgazanear.

En el Lejano Oriente Siberiano, a lo largo de la frontera china controlada por Japón, la policía local ideó un engaño casi cómico, disfrazar una oficina de un puesto fronterizo extranjero, lleno de soviéticos asiáticos que se hicieran pasar por japoneses. Para cumplir con los cupos de arrestos, la policía secreta pasó una década reclutando cientos de miles para ir en misiones de inteligencia inexistentes a lo largo de esta igualmente ficticia frontera, donde indefectiblemente fueron descubiertos por los “japoneses” como espías soviéticos, y eran alentados a aceptar tareas (también falsas) como doble agentes. Su regreso de este oscuro teatro político, ominosamente llamado “el Molino” por sus creadores, termina con la policía soviética aparentando descubrir sus crímenes y castigándolos de conformidad. Diez mil pagan el precio final por su traición manufacturada.

La noción de un siempre presente, eternamente elusivo enemigo escondido entre las masas fascinó a los líderes soviéticos por la totalidad de su mandato y es esto que lleva a la sucinta evaluación del autor de los principios operacionales de seguridad.

Los personajes principales de estos relatos representativos son todas personas de las que de otra manera nunca hubiésemos escuchado. Un polaco fue utilizado como chivo expiatorio por la mera conveniencia de su sospechosa identidad. Los intelectuales son demasiado listos para el gusto de las autoridades centrales. La tragedia del trabajador de una oficina de censura de  negar sutilmente piezas editoriales indeseadas.

Como historiador económico, Harrison reconstruye artísticamente las pinceladas de los ciudadanos comunes con la “espada y escudo” del Partido Comunista, a partir de discretos reportes e información. La escritura es tajante y accesible y la inclinación del autor de aportar detalles, no desbarata las lecciones abstractas. La amplitud y trascendencia de “Un día viviremos sin miedo” da la impresión de un libro mucho más pesado que sus 234 páginas y un suplemento de 30 páginas de notas académicas deberían satisfacer a aquellos interesados.

La indispensable apariencia de orden

Al describir su distópico super-estado, George Orwell escribió que “nada es eficiente en Oceanía excepto la Policía de Pensamiento”. De igual manera, la Unión Soviética fue drenada de su fuerza y potencial por una camarilla gobernante obsesionada con el control y la seguridad  y la policía secreta permanecía firme como supremo garante del poder del Partido Comunista.

Pero como lo probó la Segunda Guerra Mundial, este estilo de liderazgo también dejó al pueblo soviético y por extensión al país, adelgazado por el hambre, muertos por millones debido a la guerra y el Gulag y traumatizado por las interminables persecuciones políticas. La escritura refleja progresivamente no sólo la evolución de los métodos de la KGB, sino también los graduales cambios en la sociedad soviética en general, a medida que la realidad económica y demográfica la obligó a moderar la masiva matanza y el culto ideológico a Stalin.

Las tareas de la KGB se volvieron más delicadas y más demandantes. Inspeccionar a los jóvenes. Prevenir la risa. Abordar incluso las más pequeñas transgresiones. Si no se puede crear el orden, al menos se puede hacer que parezca real.

Un régimen manejado en primer lugar,  por su deseo de perpetuarse  en el poder no lo es sin sus efectos reales. Incluso después del tiempo de la matanza masiva y la hambruna, la policía secreta continuó destrozando vidas. Un hombre indefenso pero demasiado curioso fue sancionado por tomar una fotografía delicada y eso lo llevó al alcoholismo: “este no fue un final feliz ni para Vasily ni para la sociedad, pero eso ya no era problema de la KGB”.

Dado que la visión marxista perdió vigencia en los corazones y las mentes del pueblo, el liderazgo soviético se desesperó en mantener la normalidad. En un capítulo clave que cuenta una historia en el Báltico Soviético en Lituania, el autor introdujo una sección que discute la palabra rusa “profilaktika”.

Esta jerga de vigilancia viene de una palabra que en medicina es utilizada para describir la prevención de enfermedades contagiosas. El término prueba ser acertado, dado que Harrison muestra a la KGB como una agencia que ofrecía tratamiento para un grupo de obstinados individuos en el estado báltico no ruso.

“Nos llevan la delantera”

El miedo inherente y genético de las autoridades comunistas era palpable. Los seguidores de Lenin habían destruído el viejo orden, con sus viejas morales e identidades, sólo para encontrarse en apuros de forjar uno nuevo.

Un evento monstruoso- la autoinmolación de un hombre lituano desesperado- desencadenó disturbios nacionales que incluso la policía no podía cubrir a tiempo y el pueblo se movilizó en las calles de Kaunas, capital de la pequeña república cautiva. La situación era insostenible y requería refuerzos. En un informe impreso de la KGB, una anotación de un funcionario desconocido reconoce una derrota peligrosamente subversiva: “Nos llevan la delantera en Kaunas”.

El estado soviético fue diseñado para prevenir estas subversiones. El creciente número de ciudadanos autorizados a viajar al extranjero estaba adornado de informantes entre ellos y acompañado de historias hilarantes, como lo describe la segunda mitad del libro; mientras que en casa las autoridades prácticamente rogaban- a través de la práctica de inofensivos pero ominosos discursos- a su pueblo a comportarse para salvaguardar la “estabilidad” de una “sociedad armoniosa”, como llamaron los chinos a estas medidas.

Al ser la fuerza de vida fundamental del estado, el pueblo es demasiado valioso como para destruirlo (cosa que  Stalin, el “leñador” hizo una vez), pero debe ser vigilado. Harrison selecciona para su última historia lo que debe ser un acontecimiento repetido ad infinitum: la vigilancia de una familia que no representa amenazas al régimen y su ideología en lo absoluto.

Luego de todos los acontecimientos detallados, desde el desgarrador “Molino” siberiano, pasando por las intrigas de alto nivel que rodeaban la evolución del liderazgo post-Stalin, hasta la rápida reacción de los disturbios lituanos, “Un día viviremos sin miedo” termina en un “thriller de espías sin argumento”, vagamente posmoderno y deliberadamente pobre.

Por todo este terror profesional, la policía secreta no fue más grande ni más significativa que las banales preocupaciones de sus obsesivos amos. La Unión Soviética colapsó no por el fracaso en imponer sumisión ideológica, sino porque el socialismo se contraponía a la realidad económica y humana. Viene a la mente la frase del académico Alexei Yurchak: “todo era para siempre, hasta que no lo fue”; la concepción especial de la sociedad soviética que la KGB trató de sostener fue desechada por las reformas de Gorbachov.

El Profesor Mark Harrison es un socio de investigación de Ventajas Competitivas en la Economía Global en el Centro Warwick  y en el centro de Estudios Rusos, Europeos y Eurasiáticos en la Universidad de Birmingham. El volumen reseñado, “Un día viviremos sin miedo: la vida cotidiana bajo el estado policial soviético” puede comprarse online en formato impreso y digital.

Las opiniones expresadas en este artículo son propias del autor y no necesariamente reflejan las opiniones de La Gran Época

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