La perversión de la psiquiatría en China

23 de Julio de 2015 Actualizado: 05 de Agosto de 2015

El misterio de un activista por la democracia desaparecido en China se resolvió recientemente: aunque está sano, ha pasado los últimos 5 años encerrado en un hospital psiquiátrico. Antes pionero en la articulación de un futuro democrático para China, este paciente es ahora un símbolo de uno de los métodos más terroríficos que el régimen chino está utilizando para acallar a los disidentes.

El Dr. Ma Jinchun supo acerca de este activista desaparecido, cuando Ma fue trasladado del departamento de Medicina Interna al de Psiquiatría en el Primer Centro Psiquiátrico de Asuntos Civiles de Shanghái. Él escuchó a alguien decir que había un paciente que había sido enviado por la policía.

Por curiosidad, Ma buscó al paciente llamado Qiao Zhongling. Después de pruebas y observaciones exhaustivas, Ma determinó que Qiao era una persona normal sin ningún tipo de problemas mentales. Lo que Qiao tenía eran un conjunto de ideas que el Partido Comunista Chino (PCCh) no puede tolerar. Durante los últimos cinco años, Qiao ha pasado por tres hospitales mentales diferentes.

En cada oportunidad le incrementaron las dosis de fármacos psiquiátricos, y estas grandes dosis están dañando la salud de Qiao. “Qiao no debería estar en un hospital mental”, dijo Ma. “Él debería estar trabajando como profesor”.

Actuando en base a su criterio profesional y de acuerdo con las exigencias de su fe cristiana, Ma decidió ayudar a Qiao.

Ma comenzó a hablar con los directores del hospital y los médicos veteranos sobre el diagnóstico y tratamiento de Qiao. El vicepresidente del hospital le dijo que nadie podía cambiar el diagnóstico, ya que no había sido hecho por el hospital, sino por la policía.

El médico en jefe más respetado le dijo que en la actualidad sólo aquellos que tienen problemas mentales pueden tener ideas opuestas al Partido Comunista. Ma fue advertido de no volver a tocar el caso de Qiao.

Ante el temor de que la vida de Qiao estuviese en peligro, Ma vino a Estados Unidos, con la esperanza de que un llamamiento a la comunidad internacional ayudara. Conoció a Jin Zhong, redactor en jefe de la revista Open de Hong Kong, y que es la persona fuera de China que probablemente conozca mejor a Qiao.

La mayoría de las personas que vivían en Shanghái a finales de 1970 deberían haber oído hablar de Qiao Zhongling. Después de la Revolución Cultural, se produjo en China un movimiento para discutir y exigir la democracia. En Beijing, fue conocido como el “Muro de la Democracia”, mientras que en Shanghái, fue llamado el “Foro de la Democracia”.

Los activistas daban discursos en la Plaza del Pueblo de Shanghái donde miles de personas escuchaban y debatían. Qiao estaba allí y daba discursos casi todos los días. Pero no duró mucho. Cuando Deng Xiaoping decidió acabar con este movimiento por la democracia, Qiao fue arrestado.

Después de pasar tres años en la cárcel, Qiao se encontró sin trabajo, y todos sus amigos y parientes lo evitaban. Estaba constantemente bajo la vigilancia de la Seguridad Pública, era acosado, e incluso obligado por la policía a espiar a otros activistas.

Qiao visitó Hong Kong en 2001. Jin Zhong le entrevistó y publicó un artículo sobre él en la edición de mayo de 2001 de la revista Open. Ese relato detallado fue probablemente la única historia que se publicó sobre Qiao. Qiao regresó a Shanghái el mismo mes en que se publicó el artículo.

Desde ese entonces nadie más supo acerca de él, hasta que Ma llamó a Jin para pedirle su ayuda. Jin publicó su segundo artículo sobre Qiao, dejándole saber al mundo lo que había sido de él.

Método de persecución

El abuso psiquiátrico como método de persecución es una práctica común en China. Sin embargo, no siempre fue así. Durante los primeros 30 años de régimen comunista no había necesidad de usar hospitales mentales para perseguir a los “enemigos del Partido”. Los métodos comunes utilizados eran la ejecución, el encarcelamiento, y la supervisión. Además, si los contrarrevolucionarios eran etiquetados como pacientes mentales, ningún castigo, sin importar qué tan grave fuera, intimidaría a los demás que asumirían que las víctimas eran enfermos mentales y no personas políticamente incorrectas.

Con el final de la era de Mao la lucha de clases ya no era el pretexto adecuado para perseguir a la gente. Pero tampoco había necesidad de establecer un nuevo instrumento de persecución. Había informes aislados sobre gente normal que había sido enviada a hospitales mentales por conflictos con las autoridades, pero el abuso psiquiátrico nunca fue utilizado sistemáticamente.

Wang Wanxing fue un ejemplo típico. El 3 de junio de 1992, un día antes del tercer aniversario de la masacre de la Plaza Tiananmen, Wang desplegó una pancarta reclamando que se reparara el daño que se le hizo al movimiento democrático dirigido por estudiantes- y que los participantes ya no fueran considerados como culpables ante los ojos del Partido. Él fue encerrado en un hospital psiquiátrico durante 13 años.

Esta situación cambió por completo en 1999. En julio de ese año, cuando Jiang Zemin inició su campaña contra la práctica espiritual de Falun Gong, se enfrentó a muchos retos. Dos en particular eran: el gran número de practicantes de Falun Gong y la falta de una base legal para reprimirlos. De repente, había una necesidad urgente de medidas extralegales para manejar a millones de practicantes de Falun Gong. Entonces, los campos de trabajos forzados, los centros de lavado de cerebro, y los hospitales mentales se convirtieron en herramientas de persecución.

Cuándo y cómo exactamente empezó el uso generalizado de los hospitales psiquiátricos para este fin no está claro. El primer caso fue reportado el 2 de enero de 2000, en el sitio web de Falun Gong Minghui.org, “El 16 de diciembre de 1999, la estación de Policía de Beijing Fangshan Chengguan envió a más de 50 practicantes de Falun Gong al Hospital Mental Zhoukoudian sin pasar por ningún procedimiento legal o médico”.

El New York Times también informó sobre el caso. Un portavoz de la comisaría le dijo a la agencia francesa de noticias (AFP), “No son pacientes, están ahí para ser reeducados”. A pesar de que en este caso se utilizó el hospital mental como un lugar de detención, se demostró que los hospitales psiquiátricos estaban siendo utilizados para perseguir a los practicantes de Falun Gong.

El primer caso de abuso psiquiátrico de un practicante de Falun Gong se informó un mes después. El Sr. Huang Jinchun, un juez de la corte civil en la ciudad de Beihai en la Región Autónoma del sur de China Guangxi Zhuang, fue torturado durante dos meses en el Hospital Mental Longxiangshan.

En un informe publicado en febrero de 2000, en Minghui, Huang escribió: “A causa de las drogas inyectadas, me sentía agotado, somnoliento pero inquieto, e inestable durante todo el día. Se reían de mí: ‘¿Dijiste que practicas Falun Gong? ¿Quién es más potente, Falun Gong o las drogas?’”

Se informaron casos de abusos psiquiátricos de forma continua en los siguientes meses. Había suficientes casos para que la sociedad psiquiátrica internacional planteara estas inquietudes durante la Segunda Reunión Anual de Psiquiatría chino-estadounidense que se celebró en Beijing en abril de 2000. Como de costumbre los médicos chinos rechazaron las acusaciones.

Sin embargo, la razón que dieron estaba lejos de ser convincente. Un experto psiquiátrico chino que pidió permanecer en el anonimato, dijo: “Antes, la psiquiatría en China era tan poco importante que nunca había tenido la suerte de ser utilizada como una herramienta en una campaña política. En ese entonces si querían perseguir a alguien, no tenían absolutamente ninguna necesidad de jugar un juego tan civilizado”.

El anónimo médico simplemente indicó que el régimen no había sentido la necesidad de utilizar la psiquiatría para perseguir, pero que ahora lo tenía que hacer. De acuerdo con Wang Wanxing, una de las razones por las que a él lo liberaron fue la campaña contra Falun Gong.

Desde 1999, tantos practicantes de Falun Gong han sido puestos en hospitales mentales que despertaron la atención y la presión internacional. Esa presión hizo posible su liberación. El caso de Wang también sugiere que el uso sistemático de los hospitales mentales como instrumentos de represión comenzó con la persecución a Falun Gong.

En abril de 2004, la Organización Mundial para Investigar la persecución a Falun Gong (WOIPFG) encuestó a más de 100 hospitales psiquiátricos en 15 provincias de China. Ochenta y tres por ciento de ellos admitió que había “recibido y tratado” a practicantes de Falun Gong, y más del 50 por ciento afirmó que los practicantes no tenían problemas mentales y que estaban detenidos expresamente con el propósito de obligarlos a renunciar a sus creencias.

Muchos de ellos fueron enviados a hospitales por la policía o las autoridades locales. Un médico del Hospital Psiquiátrico de la ciudad de Liaoyang le dijo al investigador que el hospital utiliza más de 10 métodos, incluidos los medicamentos psiquiátricos, para obligar a los practicantes de Falun Gong a renunciar a sus creencias.

Los informes de casos de abusos psiquiátricos en los practicantes de Falun Gong siguieron aumentando. Según Minghui, entre las 3.653 muertes de practicantes de Falun Gong que fueron confirmadas hasta diciembre de 2013, 74 fueron torturados al menos una vez en un hospital mental. Treinta y seis muertes fueron el resultado directo de la tortura en los hospitales psiquiátricos. Para el 24 de marzo de 2014, Minghui publicó un total de 7.710 informes sobre casos de abusos psiquiátricos. Todas estas estadísticas de Minghui se cree que subestiman enormemente las cifras, debido a la dificultad para obtener información fuera de China.

Conveniencia

Al PCCh le resulta más conveniente poner a los practicantes de Falun Gong en hospitales mentales porque no existen procedimientos legales. La policía o las autoridades locales, o incluso miembros de la familia bajo la presión de la policía, pueden enviar practicantes a un hospital, y el hospital no puede negarse. La policía incluso decide el diagnóstico.

Este uso de los hospitales psiquiátricos también les quita a las víctimas, el apoyo y la compasión de la sociedad. El Dr. Abraham Halpern, presidente de la Academia Americana de la Psiquiatría y el Derecho, comentó en el año 2000 a “Noticias de Psiquiatría” que el gobierno chino quiere desacreditar a los practicantes de Falun Gong etiquetándolos como enfermos mentales y peligrosos.

El régimen descubrió que el uso de hospitales psiquiátricos para llevar a cabo la persecución resultaba tan conveniente que rápidamente comenzó a apuntar a una población mucho más amplia. Peticionarios, activistas de derechos humanos y disidentes, todos se convirtieron en víctimas. Durante una reunión en el año 2010, la Secretaría de Seguridad Pública (MSP) decidió que las Oficinas de Seguridad Pública de todas las provincias deben tener al menos un hospital de Ankang (hospital mental a cargo de la policía a nivel provincial).

Entre 1998 y esta reunión de Seguridad Pública, el sistema de Ankang trató a más de 40.000 pacientes.

En esa reunión el MPS declaró formalmente, “Sin la aprobación de los organismos de seguridad pública, ningún paciente no psiquiátrico puede ser aceptado [en un hospital mental]”. En otras palabras, la admisión de pacientes no psiquiátricos de manera abusiva a los hospitales mentales se limita a la policía.

La Asociación Mundial de Psiquiatría trató de investigar el presunto abuso psiquiátrico a los practicantes de Falun Gong, e incluso llegó a un acuerdo con su contraparte china, la Sociedad China de Psiquiatría. Sin embargo, en 2004 la Sociedad China canceló el acuerdo en el último minuto.

La Asociación Mundial de Psiquiatría debe redoblar sus esfuerzos. La comunidad internacional todavía tiene la responsabilidad de detener el abuso psiquiátrico en curso a los practicantes de Falun Gong y otras personas inocentes en China. Nunca es demasiado tarde para investigar los crímenes de lesa humanidad y llevar a los responsables ante la justicia.

Heng He es un periodista de La Gran Época.

Las opiniones expresadas en este artículo son las opiniones del autor y no reflejan necesariamente las opiniones de La Gran Época.

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