La pesadilla ambiental de la iniciativa de “La Franja y la Ruta” de China

Por Carta de lector
27 de Mayo de 2019 Actualizado: 27 de Mayo de 2019

Nota del editor: Esta carta fue presentada por Henri Malosse, miembro del Comité Económico y Social Europeo (CESE), en el que ocupó la presidencia de abril de 2013 a octubre de 2015.

En abril, Beijing anunció que 115 gobiernos habían firmado su iniciativa de “La Franja y la Ruta” (OBOR, por sus siglas en inglés), después de Italia en marzo (convirtiéndose en la primera nación del G7 en hacerlo) y Suiza, que ratificó un memorando de entendimiento para la cooperación y el comercio a finales de abril.

El creciente número de países que se unen al gigantesco proyecto chino, a veces denominado “globalización 2.0”, lo hace inevitable. El líder chino Xi Jinping, el nuevo Mao Zedong, está a punto de poner en marcha el mayor plan de infraestructura jamás imaginado a escala mundial. Podemos temerlo, ya que seguramente tendrá un gran impacto en el medio ambiente y supondrá un duro golpe para los derechos humanos.

A pesar de todas las “buenas palabras” del régimen chino, las declaraciones oficiales no mencionan ninguna orientación clara y específica sobre los procedimientos medioambientales. En teoría, los funcionarios chinos seguirán las leyes y normas del país anfitrión durante la construcción. Esto está lejos de ser suficiente. Sin embargo, en la mayoría de los países que forman parte del OBOR, los intereses económicos son lo primero y el medio ambiente lo último. Además, si un país tuviera una regulación ambiental adecuada, su aplicación frenaría el apetito de China.

Sobre el terreno, los resultados son muy claros. Es cierto que el OBOR incluye múltiples proyectos verdes como parques eólicos, plantas solares y presas hidráulicas, pero todos ellos van acompañados del desarrollo de fábricas de carbón, gas y minerales. Según el Instituto Mundial para el Medio Ambiente, Beijing participó en 240 proyectos de energía a carbón en el marco del OBOR entre 2001 y 2016, siendo Pakistán el país que encabeza la lista como parte del Corredor Económico China-Pakistán (CPEC según las siglas en inglés), con un valor de 54.000 millones de dólares.

El CPEC tiene por objeto conectar la Región Autónoma de Xinjiang con la ciudad portuaria de Gwadar. Más de la mitad del gasto del CPEC, 33.000 millones de dólares, se destinará a 19 proyectos energéticos, de los cuales las tres cuartas partes de la energía generada se basará en centrales de carbón. Los ambientalistas creen que Pakistán podría quedarse sin agua en 2025, mientras que las centrales empeorarán la situación debido a la necesidad intensiva de agua para el funcionamiento de estas últimas, por no mencionar la contaminación que añadirá al aire ya contaminado del país.

Si nos fijamos en los lugares donde el OBOR ya alcanzó una cierta etapa de desarrollo, las repercusiones en el medio ambiente local son preocupantes. Esto se puede ver en África, que se convirtió literalmente en la “fábrica mundial” de China para su suministro de materias primas. Como Beijing carece de muchos recursos naturales cruciales, ahora está utilizando el continente africano para la extracción de petróleo, gas, minerales y madera. Frente al gigante asiático, los líderes africanos son reacios a culpar a las empresas chinas por los daños ambientales que causan en sus respectivos países, los cuales van de la mano con la corrupción.

Para la población local, las cosas no se ven mucho mejor. Si la construcción de ferrocarriles y autopistas favorecerá indudablemente el comercio, esta planificación en diferentes partes del mundo también tiene su repercusión negativa. Ya desplazó a los mercados y las poblaciones humanas en zonas completamente nuevas, causando daños en la fauna y la flora: pérdida de hábitats, deforestación y contaminación del aire. Por otro lado, se podría decir que los trabajadores locales se están beneficiando de la llegada de empresas chinas dispuestas a desarrollar su región. En la mayoría de los casos, esto no resulta ser cierto. De hecho, los trabajos de construcción suelen ser realizados por trabajadores chinos que son llevados al lugar y viven en las mismas condiciones que en China: bajos salarios, largas jornadas laborales, condiciones de vida deplorables, etc. Zhang Baozhong, presidente de China Overseas Port Holding Company (COPHC), el único operador del puerto de Gwadar, lo confirmó en una entrevista reciente: “Es verdad. La población local no está equipada con conocimientos técnicos y vocacionales, tendencias modernas, investigación innovadora y experiencia práctica”.

Al final, podemos decir esto. En primer lugar, los países OBOR quedan atrapados en una trampa de deuda con el régimen chino. En segundo lugar, la construcción in situ no beneficia a los trabajadores locales. En tercer lugar, las consecuencias suelen ser perjudiciales para el medio ambiente. Y finalmente, pero lo más importante, estos países se encuentran atados de pies y manos a China durante mucho tiempo, tal como Pakistán, que cedió el control del Puerto de Gwadar y de la Zona Libre a China en 2015 por un período de 43 años. Esto no parece tan prometedor para el siglo XXI.

Los puntos de vista expresados en este artículo son las opiniones del autor y no reflejan necesariamente los puntos de vista de La Gran Época.

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Las opiniones expresadas en este artículo son propias del autor y no necesariamente reflejan las opiniones de La Gran Época

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