La resistencia de una mujer china ante la brutal tortura por su fe: “Me dije a mí misma que no iba a morir”

Por Daksha Devnani
05 de Agosto de 2021
Actualizado: 05 de Agosto de 2021

Una mujer china soportó un infierno de maltratos y agresiones físicas para honrar su creencia espiritual arraigada en los principios universales de Verdad, Benevolencia y Tolerancia.

Li Erying, de la ciudad de Qiqihar, en la provincia china de Heilongjiang, estuvo encarcelada durante cuatro años sin que su familia lo supiera, en un juicio del que ella misma no supo nada hasta que fue llevada al tribunal. Fue perseguida sin piedad por negarse a renunciar a su fe o a someterse a las drásticas ideologías ateas del Partido Comunista Chino (PCCh).

Entre las torturas que soportó se encuentran los brutales golpes que le infligieron los reclusos criminales, hasta el punto de estar al borde de la muerte, y la alimentación forzada durante un largo periodo de tiempo.

Foto de archivo de Li Erying, de la ciudad de Qiqihar, en la provincia china de Heilongjiang, antes de ser perseguida por su fe. (Minghui.org)

Li, que comenzó a practicar Falun Dafa (o Falun Gong) en 1996, ha sido detenida varias veces y enviada a campos de trabajos forzados en dos ocasiones. El régimen comunista ni siquiera respetó a sus familiares, quienes también han sido afectados y siguen enfrentando el peligro inminente y el acoso constante de los funcionarios del PCCh.

Falun Dafa es un sistema de meditación espiritual que se hizo cada vez más popular en China en la década de los 90s. Desde el 20 de julio de 1999, el régimen chino lo ha perseguido violentamente.

Cuatro años de persecución

Li, una ciudadana respetuosa de la ley, fue arrestada el 4 de noviembre de 2015 por practicar Falun Dafa. La condenaron a cuatro años de prisión en el Tribunal del Distrito de Longsha, en la ciudad de Qiqihar, informó Minghui.org, una organización de voluntarios con sede en Estados Unidos que informa sobre la persecución en China.

El 8 de junio de 2016 fue trasladada al Distrito Penitenciario No. 11 y fue encarcelada en la Prisión de Mujeres de la provincia de Heilongjiang, donde sufrió graves torturas.

Todo este periplo de abusos sin precedentes empezó cuando una reclusa criminal llamada Fan Xiumei —que tenía influencia en 200 reclusas— intentó obligar a Li a ponerse el uniforme de la prisión. Sin embargo, Li, que, a diferencia de otras reclusas, fue detenida por su fe y no por ningún delito, se negó a obedecer.

Después, un policía comenzó a difamar a Falun Dafa delante de Li y le ordenó a la reclusa que la hiciera sentarse al “estilo militar” en un pequeño taburete irregular de solo unos 10 centímetros de altura. Se trata de un método de tortura rutinario utilizado para infligir dolor, causar cansancio extremo y restringir el movimiento.

Una maqueta en miniatura del taburete utilizado para torturar a los presos por su fe en las cárceles chinas. (Minghui.org)

“Tenía que poner las manos en los muslos, sentarme erguida y mirar hacia el frente”, recordó Li en su relato personal. Mencionó que la reclusa le dijo: “No parpadee, no abra la boca, no se mueva. No puede ni siquiera parpadear una vez”.

Li permanecía confinada en esta posición hasta las 10 de la noche y no le daban comida, ni le permitían lavarse. “Si me movía aunque fuera un poco, me daban patadas y golpes”, dijo.

Sin embargo, esto suele ser solo el comienzo de las inhumanas torturas a las que enfrentan los practicantes de Falun Dafa encarcelados.

Li fue obligada a dormir en una cama superior mientras Fan vigilaba todos sus movimientos. Cuando se despertaba para practicar la meditación tranquila de Falun Dafa a altas horas de la madrugada, otra reclusa tomaba un taburete y empezaba a golpearla. Incluso intentaron taparle la boca a Li, pero no lo lograron; ese día soportó los golpes de diferentes grupos de personas.

“Me empujaron de la cama superior”, dijo Li. “Las nueve personas de la habitación empezaron a golpearme y querían atarme. No puedo recordar cuántas veces me golpearon ese día. Esas personas eran delincuentes bien entrenados que hacían esto como una profesión”.

Incluso, Fan dio instrucciones a otras reclusas para que golpearan mal a Li y les advirtió que, si no lo hacían, les restarían puntos o, peor aún, les alargarían la condena.

Una reclusa tomó en serio las palabras de Fan, hasta el punto en que empezó a pellizcar a Li. “Me pellizcó por todo el cuerpo, especialmente los pezones, y me dejó moretones por todo el cuerpo”, dijo Li.

Otra reclusa fue más lejos: tomó un zapato y golpeó a Li en la cara hasta que su nariz empezó a sangrar. Después de ese día, para protestar por su detención ilegal y su persecución, Li se puso en huelga de hambre. Sin embargo, el capitán logró instigar a las reclusas para que intensificaran la tortura y la empeoraran.

“Encontraron a 15 o 16 reclusas y declararon que me iban a “transformar””, dijo Li. “Se pusieron en dos filas y empezaron a golpearme. Algunas me tiraron del pelo, otras me retorcieron los brazos y otras me abofetearon hasta tumbarme al suelo. Me desmayé”.

Cuando Li recobró el conocimiento, tenía un zapato sobre su cara y el suelo estaba completamente mojado. “Me di cuenta que tenía las manos hinchadas y no podía mover el brazo derecho ni levantar las piernas”, dijo.

Después de estar solo cuatro días en prisión, Li había perdió la capacidad de cuidar de sí misma, pero se negó a renunciar a su fe. Al ver su inquebrantable postura, los funcionarios de la prisión hicieron que la tortura fuera a un paso más brutal.

Una ilustración de una de las tantas formas de tortura con camisa de fuerza. (Minghui.org)

Li fue atada con una “camisa de fuerza” y colgada en la cama durante tres días y dos noches, mientras unas cuantas personas la vigilaban las 24 horas del día; no le permitían cerrar los ojos. Cuando los guardias no lograron debilitar su determinación, aumentaron los maltratos.

“Los policías tomaron dos camisas de fuerza y me ataron fuertemente las manos, las piernas, los muslos y la cintura, y me pusieron un pequeño taburete bajo las nalgas. Cada vez que me movía, el taburete se iba hacia un lado”, dijo. “Era inimaginablemente doloroso”.

“Estuve colgada durante ocho horas, hasta la noche, cuando me alimentaron a la fuerza”, dijo Li. “Para entonces, no sentía mis extremidades y mi corazón latía de forma irregular. No tenía energía para abrir los ojos”.

“No cometí ningún delito”

La persecución de Li empeoró con el tiempo.

Era incapaz de cerrar la boca, ya que estaba muy hinchada por los golpes. Incluso, la reclusa Fan frotó los dientes de Li con sus zapatos y utilizó un palo de escoba para pincharle los ojos. Su brazo se dislocó debido a los constantes maltratos y agresiones físicas. Y como no le permitían lavarse durante varios días, olía mal.

“En un intento de obligarme a abandonar la huelga de hambre, la policía ordenó al médico que me pusiera el tubo en la tráquea. Casi me asfixio”, recuerda.

“Varias personas me apretaron la nariz y me alimentaron a la fuerza. La sonda me rompió la nariz y me hizo sangrar mucho. Estaba llena de moretones, pero aún así me obligaban a sentarme en el taburete. Cuando no podía, una reclusa me tiraba del pelo mientras otra me pisaba los pies para obligarme a sentarme”.

Una ilustración de la alimentación forzada. (Minghui.org)

Pasando por un sinfín de torturas, Li seguía negándose a deshonrar su fe. Entonces, la policía instruyó a sus reclusas para que reprodujeran DVDs de lavado de cerebro que difamaban a Falun Dafa.

El 1 de agosto de 2016, cuando el hijo y la familia de Li la visitaron en la prisión, se sorprendieron al verla tan demacrada y pidieron que la llevaran al médico.

“Me llevaron a un hospital, donde el médico dijo que tenía la presión arterial alta y una grave enfermedad cardíaca, y que no debían golpearme más”, recordó Li. “Que podía morir en cualquier momento, y que realmente debía ingresar al hospital”.

Li recuerda que estaba muy demacrada y desnutrida debido a toda “la alimentación forzada y la tortura durante tanto tiempo”. Cuando el alcaide y el jefe de la prisión la visitaron en el hospital de la cárcel, les dijo: “No he cometido ningún delito y deberían liberarme sin condiciones”.

Después de pasar seis meses en el hospital, Li fue encarcelada de nuevo. A pesar de su estado, el capitán no cesó sus instrucciones para que Fan volviera a torturar a Li. Con esto, Li sufrió alucinaciones.

Durante este periodo de tiempo, Li se cayó de la cama litera y se quedó completamente inmóvil.

“Cuando quería ir al baño, [las reclusas] tenían que arrastrarme y llevarme en brazos porque no podía caminar. Los tirones me fracturaron la cabeza del fémur”, dijo. “Me llevaron de nuevo al hospital y me dijeron que tenían que operarme o mi cabeza femoral se descompondría”.

Esta vez, Li permaneció en el hospital durante 40 días y luego fue llevada de nuevo a la cárcel. Durante ese tiempo, a pesar de todos los abusos que había sufrido, Li dice que no estaba resentida ni odiaba a quienes la trataban mal. Al contrario, se mantuvo firme en su integridad moral y en su fe.

“En mi corazón, siempre sentí que los que me perseguían eran muy lamentables”, dijo, y añadió que su fe recta le concedió una bondad desinteresada que cambió a algunas reclusas obstinadas, que más tarde se disculparon con ella y la ayudaron en secreto.

Durante los últimos días en la prisión, la salud de Li se deterioró hasta el punto en que cualquiera que la veía sabía que se acercaba a sus últimos días. Sin embargo, recuerda que estaba “muy alerta y tenía una fe muy fuerte”.

“Me dije a mí misma que no iba a morir”, dijo.

Aunque Li fue liberada después de cuatro años de prisión, el hostigamiento nunca terminó.

Durante la actual campaña nacional del PCCh de “reducción a cero” —que tiene como objetivo presionar a los practicantes de Falun Dafa para que renuncien a su fe— Li enfrentó un acoso continuo a finales de 2019 y 2020 y la presionaron para que escribiera una “declaración de garantía” para renunciar a su fe, algo que se negó a hacer.

Con información de Arshdeep Sarao.


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