Las elecciones de 2020 podrían no terminar nunca

Por Roger L. Simon
04 de Noviembre de 2020
Actualizado: 04 de Noviembre de 2020

Opinión

El día de las elecciones de 2020 no comenzó como la idea que tienen todos de una celebración de democracia. Las tiendas fueron selladas desde Beverly Hills hasta Manhattan y muchos lugares estaban en medio de una anticipación de disturbios, una actividad que uno asociaría con alguna “república bananera”.

Escuchando a los expertos y leyendo las hojas de té de las encuestas, los mercados de apuestas e incluso los concursos de galletas (no digitales, sino las de masa), parecía como si la división de Estados Unidos de nivel de guerra civil tuviera pocas posibilidades de resolución el 4 de noviembre de 2020.

Ciertamente, había una división real tal vez por primera vez desde la verdadera Guerra Civil, una división no entre la libertad y la esclavitud, sino entre el capitalismo y el socialismo.

El socialismo ha hecho profundas incursiones en el Partido Demócrata, aunque no estaba claro que su supuesto líder y candidato presidencial, Joe Biden, estuviera completamente de acuerdo. Se rumoreaba que estaba esquivando las demandas de la multitud de extrema izquierda de AOC para puestos en el gabinete a favor de la vieja línea demócrata. Pero, ¿tendría la fuerza para hacerlo y lo que es más importante, realmente querría hacerlo?

Sin embargo, todo esto era prematuro, ya que gran parte de Estados Unidos se apiñaron alrededor de las chimeneas de nuestra era —las pantallas OLED de 72 pulgadas recién compradas en Costco o similares, con pagos mensuales muy bajos y arrastrados a casa con o sin mascarillas— para averiguar si Donald J. Trump, el Houdini de la política moderna, podía una vez más desafiar las probabilidades en el último minuto, escapar de las cadenas de los principales medios de comunicación, y nadar libre para un segundo mandato.

Para hacer esto, un verdadero ejército de expertos nos dijo que el presidente en ejercicio tendría que ganar los estados disputados del Sur y del cinturón del Sol (Florida, Georgia, Carolina del Norte, Texas y Arizona) y luego tomar un estado o dos del norte industrial (Wisconsin, Michigan o Pennsylvania).

Pero tal como iban las cosas, los votos de Pensilvania, litigados sin cesar por una flotilla de abogados que desbordarían el Rose Bowl, se concretarían en torno a mayo, de qué año no estaba claro. Ya había problemas de votación el día de las elecciones en Carolina del Norte y Ohio, entre otros.

Finalmente esto tocó, como suele suceder, a Florida, ese estado oscilante dar una pista de quién obtendría los codiciados 270 votos electorales y de quien saldría ganador.

Como sucedió, Trump ganó Florida y parecía estar en la cima, pero luego perdió Arizona, antes de regresar al juego y todo se puso en riesgo.

No obstante, él había desafiado a los expertos por segunda vez y estaba más cerca de ganar un segundo mandato. Era el norte industrial, el cinturón de óxido el que pendía de un hilo y, por supuesto, Pensilvania.

Como si fuera una señal, los poderes electorales de ese estado detuvieron el conteo de votos en Filadelfia con Trump sustancialmente adelante y luego, misteriosamente, de alguna manera comenzó de nuevo en la mitad de la noche. Nadie podía entender lo que estaba pasando. Aquí entran abogados a la izquierda del escenario.

¿Pero podría Trump ganar sin Pennsylvania de todas formas? Sí, si él pudiera dirigir la junta con Georgia, Carolina del Norte, Michigan y Wisconsin, en todos los cuales tenía un margen muy fino alrededor de la medianoche.

¿Quién tuvo el mejor camino a la victoria, Biden o Trump?

¿Los votos por correo de los demócratas temerosos de COVID superarían el entusiasmo del día de la elección de los partidarios de Trump que votaron en persona o sería al revés?

Para entonces ya era más de medianoche. Los presentadores de las noticias por cable parecían tener los ojos empañados, algunos de ellos se miraban unos a otros. Nadie tenía mucha idea. Tendríamos que esperar al 4 de noviembre, o al 5 de noviembre, o…?

Pero esperen, despertando el miércoles por la mañana con los ojos empañados como cualquiera de los presentadores de cable, el mundo había cambiado — el backfield en movimiento. Las ventajas de Trump en Michigan y Wisconsin se habían disuelto de repente casi mágicamente al descubrirse votos tardíos o contados tardíamente o por algunos votos por correo.

¿Fue Stalin quien dijo que no importaba quién emitiera los votos, sino quién los contara? La cita, algunos dicen, es apócrifa, pero la idea en sí misma, tan sombría como es, es casi indiscutible.

Ahora las peleas comenzarán. Qué votos se mantendrán y cuáles no. ¿Cuándo llegaron? ¿Quién los firmó? Y, como el profesor de derecho Jonathan Turley señaló en la mañana, ¿qué votos son válidos? Es probable que la Corte Suprema se involucre.

El mercado de valores está subiendo, supuestamente un voto de los inversores para la estabilidad, pero parece que esto solo será una bonanza para los abogados.

Pero pase lo que pase, la estrecha brecha de las elecciones ya llevó a una conclusión. Donald Trump ha cambiado el Partido Republicano de una manera extraordinaria, lo que era, al menos a corto plazo, irreversible.

Los demócratas y los republicanos habían cambiado sus papeles.

Los republicanos se han convertido en el partido de la clase trabajadora. Los Demócratas son ahora el partido de las elites y cuasi socialistas que dependen en la política de identidad para la victoria.

Trump, sin embargo, se mantuvo en la carrera en parte por la obtención de nuevos apoyos de los hispanos y los negros, grupos que habían dado perpetuamente la espalda al Partido Republicano.

Esto significó que, pase lo que pase en 2020, los demócratas podrían tener problemas en el futuro porque en particular, esos hispanos, y los negros, en menor medida, estaban empezando a abandonar el redil después de décadas.

Por esto el Partido Republicano tiene que agradecer a Trump.

¿Pero qué harán si Trump finalmente pierde, como ahora parece bastante posible? ¿Dejará el Partido Republicano a un lado a Donald y volverá a su pasado brahmán bajo el liderazgo de los Never Trump? ¿O se levantará una nueva generación para seguir los pasos de Donald?

¿O será el mismo Trump quien volverá a presentarse en 2024? ¿Quién lo superaría?

Sin embargo, con toda la incertidumbre, hay algunas buenas noticias que casi todos, la mayoría, deberían estar contentos de todos modos —hasta ahora nadie se está amotinando.

Roger L. Simon es un novelista premiado, guionista nominado al Oscar, cofundador de PJMedia, y ahora, columnista de The Epoch Times. Sus libros más recientes son “The GOAT” (La CABRA —ficción) y “I Know Best: How Moral Narcissism Is Destroying Our Republic, If It Hasn’t Already” (Yo sé mejor: cómo el narcisismo moral está destruyendo nuestra república, si es que aún no lo ha hecho —no ficción)


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Las opiniones expresadas en este artículo son propias del autor y no necesariamente reflejan las opiniones de La Gran Época

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