Lecciones de la Pascua: tradición, libertad y familia

Por JEFF MINICK
07 de Abril de 2020
Actualizado: 07 de Abril de 2020

En esta temporada de pandemia, cuarentena y penurias viene la Pascua.

La celebración judía de la Pascua se deriva del Éxodo 12 de la Biblia, cuando la última de las 10 plagas que azotaron a los egipcios provoca la muerte de los primogénitos en los hogares egipcios. Para garantizar la seguridad de los israelitas, Dios ordena a Moisés y Aarón que digan a los hebreos que recojan la sangre de los corderos que han sacrificado y que unten esa sangre en los marcos de las puertas de las casas y también que se coman los corderos.

Los hijos de los egipcios perecieron; los hijos de Israel se salvaron y el pueblo se liberó de su esclavitud.

“Los signos en la puerta”, de entre 1896 y 1902, de James Tissot o un seguidor. El Museo Judío, Nueva York. (US-PD)

Así nació la más antigua e importante de las fiestas judías.

A partir de ese momento, los israelitas celebraron la Pascua, “Pésaj” en hebreo. Este abril, más de 3000 años después, los descendientes espirituales de aquellos esclavos liberados volverán a honrar ese momento de la historia reuniéndose, rezando, leyendo pasajes de La Torá y comiendo alimentos simbólicos de su liberación y de su caminata de 40 años por el desierto.

¿Hay lecciones para nosotros en la Pascua?


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Echemos un vistazo:

La libertad no es gratis

Como Estados Unidos, muchos países celebran el día de la independencia, mirando hacia algún punto de su historia, cuando se deshacen de un opresor. Recuerdan a libertadores como George Washington y Thomas Jefferson, Simón Bolívar, Mohandas Gandhi, y Miguel Hidalgo y Costilla.

De todas estas celebraciones de la libertad, la Pascua es por mucho la más antigua. Las lecturas, las canciones y las comidas que se realizan en el Seder (una comida ceremonial durante la Pascua), todas enfatizan la dulzura de la libertad y el costo de esa libertad. Los que celebran la Pascua recuerdan no solo la liberación de la esclavitud egipcia, sino también el tiempo de peregrinación por el desierto, las décadas pasadas en busca de un lugar de descanso y una patria. La memoria de la dura prueba de esos ancestros de hace mucho tiempo recuerda al pueblo judío que la libertad viene con responsabilidades y sacrificios.

Aunque los estadounidenses celebramos el 4 de julio como nuestro Día de la Independencia, ¿cuántos de nosotros recordamos los sacrificios de aquellos que nos dieron esta fiesta? ¿Cuántos recordamos a hombres como Thomas Nelson, el rico virginiano que ordenó a sus hombres disparar contra los británicos instalados en su propia mansión? ¿Cuántos de nosotros recordamos a otros firmantes de la Declaración de la Independencia que perdieron sus casas, su riqueza, y a veces sus vidas en su intento por la libertad?

La libertad, como los hebreos descubrieron rápidamente al salir de Egipto, significa aceptar las cargas de la responsabilidad y la obligación de rendir cuentas. Como la Pascua, el Día de la Independencia debería recordar a todos los ciudadanos que la libertad tiene un alto costo, que a veces incluye el sacrificio de vidas. Los hombres que soportaron o murieron en los campos de batalla como Bunker Hill y Cowpens, Antietam y Gettysburg, Normandía y Okinawa pagaron ese costo. Cuando nos detenemos a saborear nuestra independencia, debemos dar gracias a aquellos que ayudaron a preservar esa libertad.

La tradición: Tevye lo hizo mal

Al iniciar “El violinista en el tejado” con algunos comentarios sobre la tradición, el protagonista Tevye dice de ciertas prácticas judías: “Pueden preguntarse, ¿cómo empezó esta tradición? Les diré. No lo sé. Pero es una tradición”.

Tonterías. Contrariamente a lo que canta Tevye, los devotos judíos rusos sabían por qué se cubrían la cabeza y usaban un pequeño paño de oración. Las razones están en La Torá.

La tradición rinde homenaje al pasado. Como G.K. Chesterton escribió una vez: “La tradición significa dar votos a la más oscura de todas las clases, nuestros antepasados. Es la democracia de los muertos. La tradición se niega a someterse a esa oligarquía arrogante que solo anda por allí”.

La mayoría de nosotros practicamos nuestras tradiciones de manera pequeña. Con un sentido de reverencia, ponemos los adornos recogidos por nuestra bisabuela en el árbol de Navidad, las oraciones que decimos a la hora de la comida son las de nuestros antepasados, y pasamos la sabiduría y la comprensión de nuestros padres y abuelos a nuestros hijos con la esperanza de que algún día hagan lo mismo con sus propias familias.

La Pascua nos da un ejemplo brillante— tal vez el mayor ejemplo en la historia de nuestro mundo —del poder de la tradición. Durante 30 siglos, los judíos de todas las tierras y épocas se han encontrado atados unos a otros por ciertas creencias y rituales, uno de los cuales es la Pascua.

Estas tradiciones ininterrumpidas sin duda ayudaron al judaísmo a sobrevivir.

Como la Pascua, nuestras propias tradiciones deberían acercarnos a los que amamos.

Mishpacha

Con la destrucción del Templo de Jerusalén y la dispersión de los judíos, la Pascua se convirtió en un asunto íntimo centrado en el hogar y la “mishpacha” (familia). Unía a jóvenes y viejos en un rito de gran importancia, recordándoles su herencia religiosa, sí, pero también las muchas pruebas de sus antepasados. En tiempos de problemas, y los problemas para muchos judíos nunca están lejos, incluso en nuestra época actual, la familia se convirtió en la roca y el castillo en el que los oprimidos podían encontrar consuelo, fuerza y aliento.

Criar a los niños y prepararlos para ser adultos, cuidar de los ancianos y escuchar sus palabras de sabiduría recogidas en la experiencia, ofreciéndose mutuamente esperanza en una crisis: este es el propósito de la familia.

Un manuscrito de principios del siglo XV que describe, en la parte inferior, un Seder. La miniatura a toda página adapta la iconografía cristiana medieval para ilustrar la importancia del estudio y la discusión de la Pascua. Cada figura tiene un libro, presumiblemente una Hagadá, un texto sobre el Éxodo de Egipto, que se recita en el Séder. Universidad y Biblioteca Estatal de Darmstadt. (Dominio público)

Hasta hace poco, considerábamos a la familia como la piedra angular de la sociedad, tanto la familia como núcleo como sus extensiones. Filósofos y teólogos, poetas y artistas, cineastas y novelistas, todos ellos celebraron alguna vez a la familia en su trabajo.

Sin embargo, desde hace años, esa idea de la familia ha sido atacada, considerada por algunos como despótica o innecesaria. Algunos legisladores han tratado de reemplazar la familia con programas gubernamentales, y algunos científicos sociales atacan a la familia como patriarcal o como un obstáculo para las ambiciones individuales. Sin embargo, ninguna institución se ha levantado para tomar el lugar de un padre, una madre y de los hijos.

La Pascua nos recuerda la importancia del mispacha. Las familias fuertes significan una sociedad saludable.

El precio de la libertad

La tradición, la libertad y la familia no son simples palabras. Son algunos de los vínculos fundamentales de nuestra civilización.

Algunos hoy en día buscan cortar y tirar esos lazos, erosionando nuestras libertades, burlándose de la tradición, y denigrando a la familia como opresiva o anticuada. Eliminar esos males, asegurarán, que podamos construir un paraíso. Aquellos de nosotros, los que nos oponemos a esos [males], que estamos familiarizados con las ideologías, que defienden esos grupos extremistas, vemos en cambio que van camino hacia un infierno en la tierra, un camino recorrido por muchas naciones en el último siglo, países como Rusia, China, Camboya y Cuba.

Los israelitas esclavos una vez protegieron sus hogares marcando sus puertas con la sangre de un cordero como sacrificio. Las puertas de la libertad estadounidense también están manchadas con la sangre del sacrificio. Si queremos honrar esos sacrificios y mantener nuestras libertades, debemos estar siempre alerta, siempre listos para la batalla y preparados para defender nuestros derechos a “la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”.

Jeff Minick tiene cuatro hijos y un creciente pelotón de nietos. Durante 20 años, enseñó historia, literatura y latín en seminarios de estudiantes de educación en el hogar en Asheville, Carolina del Norte. Visite JeffMinick.com para seguir su blog.


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Una verdadera historia de dificultad y resiliencia que te hará emocionar hasta las lágrimas

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