Omarova invoca a Margaret Thatcher para justificar el control estatal

Por Roger Kimball
22 de Noviembre de 2021
Actualizado: 22 de Noviembre de 2021

Opinión

¿Qué podemos decir sobre Saule Omarova, nominada por el presidente Joe Biden al importante puesto de jefa de la Oficina del Contralor de Moneda en el Tesoro de EE.UU.?

Pienso en ella como la Rosa Klebb del grupo de apparatchiks de Biden “destruyamos América”.

Te acuerdas de Rosa. Era la villana anafrodisíaca de Bond en “Desde Rusia con amor”.

En la versión cinematográfica, había pasado de una posición de alto rango en la contrainteligencia soviética a trabajar como “Número 3” para Ernst Stavro Blofeld, la mente maestra malvada que acaricia a los gatitos interpretada por Donald Pleasence.

Particularmente memorables eran los zapatos de Rosa, cuyas puntas contenían una aguja envenenada con la que mataba a sus víctimas.

¿Alguien se ha tomado la molestia de investigar el calzado de Omarova? Simplemente pregunto.

Mientras espero una respuesta, observo que Omarova obtuvo una licenciatura equivalente en la Universidad Estatal de Moscú, en los malos días de la Guerra Fría.

Llegó a Estados Unidos en 1991 y obtuvo un doctorado en la Universidad de Wisconsin.

Ahora es profesora en la Universidad de Cornell, una especie de Moscú, donde se especializa en “regulación de instituciones financieras, derecho bancario, finanzas internacionales y finanzas corporativas”. Énfasis, camaradas, en la “regulación”.

Se ha negado a compartir su tesis de pregrado sobre “El análisis económico de Karl Marx y la teoría de la revolución en “El capital’” con los senadores encargados de evaluar su idoneidad para el puesto del Tesoro.

Sin duda eso fue prudente.

Después de todo, un trabajo sobre ese tema bien podría dilatar la idea revolucionaria de que “la propiedad es un robo” (como insistía Proudhon) o el potencial antiburgués de la redistribución de la riqueza.

Resulta que Omarova desde el principio hizo un trabajo de campo en esa área, como lo atestigua su arresto en 1995 por robar en un emporio llamado TJ Maxx. (¿Fueron zapatos los que robó?)

Más tarde se dedicó a cosas más importantes. En un notable vídeo desenterrado en el curso de las audiencias de su nominación, predice que importantes piezas de las industrias del petróleo, el carbón y el gas irán a la quiebra – “al menos”, explicó, “queremos que vayan a la quiebra si queremos abordar el cambio climático” (el énfasis es mío, pero es su sentimiento).

Scott Johnson de Powerline lo hizo exactamente bien. “Un sucesor digno de Robert Ludlum”, escribe, “podría ser capaz de hacer una buena novela basada en El presagio de Omarova”.

¿Imagina elegir a un economista de formación comunista que quiere llevar a la quiebra el motor de la economía estadounidense para luchar contra un enemigo fantasma, el “cambio climático”?

Pero esto es exactamente lo que hizo Biden. Lo que lleva a Johnson a su triste conclusión. La novela de Ludlum sería sobre una caída porque el “presagio de Omarova ya se ha materializado en la política y en las políticas públicas que han desencadenado las nefastas tendencias económicas con las que lidiamos”.

Johnson cita una incisiva columna de James Freeman, en The Wall Street Journal, en la que comenta la duplicidad industrial en el testimonio de Omarova en el Senado la semana pasada.

Cuando se le preguntó sobre un documento en el que describía un plan para que el gobierno tomara participaciones en la propiedad de las grandes firmas financieras, dijo: “Estoy con Margaret Thatcher en este caso”, dijo.

¿Ah, de verdad?

Freeman observa que “este habría sido el comentario más engañoso en Washington ese día si los miembros de la Cámara no hubieran estado debatiendo el proyecto de ley de reconciliación”.

Pero, ¿Qué había detrás de que Omarova reclamara el manto de Margaret Thatcher, que estaba ávidamente a favor de la privatización?

De ahí se desprende una historia.

Como señala Freeman, el gobierno de Thatcher, con el fin de movilizar los medios políticos para privatizar industrias estatales ineficientes y corruptas, tuvo que desconfiar de que los actores extranjeros obtuvieran el control de industrias clave.

Tenía que retener, temporalmente, una participación del gobierno en esas industrias, mientras las conducía a la propiedad privada.

“El equipo de Thatcher”, explica Freeman, “estaba de acuerdo en permitir que el gobierno se quedara con una parte de los activos como precio por sacarlos del control estatal total y ponerlos en manos privadas productivas”.

Omarova, por el contrario, defiende algo parecido a lo contrario.

Quiere que el gobierno se insinúe y juegue un papel más importante en industrias que ahora están en manos privadas.

Thatcher estaba dispuesta a prolongar una medida de control gubernamental como precio por abolir ese modelo político-económico corrupto y contraproducente.

Omarova quiere someter a las empresas que ahora están en manos privadas a precisamente el tipo de control estatal central que Thatcher estaba decidida a abolir.

“Estoy con Thatcher”, es decir, estoy trabajando para destruir todo lo que ella representó.

Todo está en la dialéctica. Buen trabajo si puedes conseguirlo.

Así que tal vez, especula Scott Johnson, “no es demasiado tarde para que Omarova inspire una buena novela al estilo Ludlum después de todo”.

¿Cómo es eso? La clave, señala, está en el subtítulo del artículo de Freeman: “Algunos aspirantes a apparatchiks dirán cualquier cosa para tomar el poder”.

La última vez que lo verifiqué, el índice de aprobación de Biden se estaba hundiendo en algunas encuestas al 36 por ciento.

Espero tener razón al predecir que Omarova no podrá ganar la confirmación.

Algunos nominados más como ella y la administración de Biden pueden ya estar en números negativos.


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Las opiniones expresadas en este artículo son propias del autor y no necesariamente reflejan las opiniones de La Gran Época

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