Sabiduría atemporal: El antiguo arte chino de la autosuperación

Por JOSHUA CHARLES
13 de Mayo de 2021
Actualizado: 13 de Mayo de 2021

Durante muchos años, exhorté a todos mis conocidos a desarrollar el amor por la lectura. Me apasiona especialmente animar a los padres (para que hagan leer a sus hijos) y a los jóvenes (mientras conservan su juventud, para que lleguen a ser adultos sabios).

Lo que suelo decir es que la lectura no es una cuestión de simple placer; de hecho, ésta es la forma más baja de lectura. La lectura, en su forma más elevada, consiste en aprender para crecer en virtud. A menudo recomiendo el tema de historia, porque en la historia se presentan innumerables ejemplos de conducta humana por los que podemos ser instruidos en todos los temas imaginables que más importan para la vida bien vivida, cosas como el carácter, la habilidad para el estado y la sabiduría.

Me acordé con alegría de esta verdad cuando leí el primer capítulo de un antiguo texto chino llamado “Xunzi”, titulado “Exhortación al aprendizaje”. En él se define al “caballero” como alguien que crece constantemente en la virtud según “la Vía” (una idea muy similar a las nociones occidentales de “ley natural” que todo el mundo puede percibir a través de la razón), y su esencia está contenida en la línea inicial: “El caballero dice: El aprendizaje nunca debe detenerse”. El “caballero” es aquel “[que] aprende ampliamente y se examina a sí mismo tres veces al día, y entonces su conocimiento es claro, y su conducta es intachable”.

El autoexamen —¡qué concepto! Un concepto largamente defendido por las más grandes mentes de Occidente, y lo opuesto a las banalidades trilladas, egoístas e infinitamente indulgentes a las que nos somete constantemente la cultura pop.

Pero más que eso, el “Xunzi” insiste en que la virtud que se necesita para ser un caballero solo se puede obtener mediante un conocimiento profundo del pasado: “Si nunca escucha las palabras transmitidas por los antiguos reyes, no conocerá la magnificencia del aprendizaje”. Tal afirmación supone que la experiencia es un ingrediente esencial de la sabiduría por la que se obtiene la virtud (de ahí el respeto por los ancianos en la cultura tradicional china). En otras palabras, la idea de un progreso sin fin es absurda, y la creencia de que lo nuevo es siempre mejor es miope.

El “Xunzi” también afirma que el caballero aprende por el bien de su propio crecimiento en la virtud, no para participar en la señalización de la virtud: “Los estudiantes de la antigüedad aprendían por su propio bien, pero los estudiantes de hoy aprenden para impresionar a los demás. Así, el aprendizaje del caballero se utiliza para mejorar su propia persona”.

Asimismo, el caballero acepta que es necesario trabajar duro para crecer en la virtud: “El caballero es excepcional no por nacimiento, sino por ser bueno en el uso de las cosas”. Esto no podría ser más diferente de las modernas y nocivas ideologías y “movimientos” que insisten en que la virtud de uno consiste en cosas que no hay que trabajar ni refinar.

El “Xunzi” también hace énfasis en la importancia de las relaciones de uno para el crecimiento en la virtud: “En el aprendizaje, nada es más conveniente que acercarse a la persona correcta”. Como dice el viejo refrán, “las malas compañías corrompen las buenas costumbres”, y esa verdad no era menos conocida por los chinos hace más de dos milenios que por los que conservan su sentido común en la actualidad.

Este crecimiento de la virtud, declara el “Xunzi”, conduce finalmente a una disposición personal que el autor llama “fijeza”, que describe de esta manera: “Por esta razón, el poder y el beneficio no pueden influir en él, las masas no pueden cambiarlo, y nada en el mundo puede sacudirlo. Por esto vive y por esto muere. A esto se le llama el estado en el que la virtud ha sido captada”. Este estado de “fijeza” es la capacidad de percibir las cosas como son, y responder en consecuencia, sin importar los costos. “Cuando uno puede lograr la fijeza”, dice, “solo entonces puede responder a las cosas. Ser capaz tanto de fijarse como de responder a las cosas: esto se llama la persona perfeccionada”.

Esta postura, profundamente realista pero con aspiraciones, me recordó algo que dijo Jordan Peterson: “¡Recoge tu [improperio] sufrimiento y sopórtalo! Y trata de ser una buena persona, ¡para no empeorar las cosas! (…) ¡Levántate con solidez para que la gente pueda confiar en ti!”.

Eso es ser una persona virtuosa, ser una persona verdaderamente humana.

Cuando uno lee textos como el “Xunzi”, se encuentra con muchos ejemplos de lo que yo llamo en broma “titulares de hace 2200 años” (o de la antigüedad que tenga un texto concreto), lo que significa que estoy leyendo algo cuya necesidad y sustancia para todos nosotros en 2021 es tan relevante (a veces más) que los titulares de hoy. Uno descubre que la naturaleza humana no ha cambiado mucho a lo largo de miles de años, y que los ingredientes de la verdadera felicidad —que solo se encuentran en la virtud— siguen siendo fundamentalmente los mismos en todo momento, para todas las personas; y la fórmula moderna de seguir los deseos caprichosos y miopes (por los que otros deben afirmarte constantemente) definitivamente no lo es.

Esta sabiduría quizás nunca ha sido tan necesaria como en tiempos tan decadentes e indulgentes como los nuestros. Ojalá recuperemos esta gran tradición, la sabiduría de los sabios de todas las culturas y tiempos. Que dejemos de limitarnos a nosotros mismos, y aprendamos que el individuo es tonto, pero la especie es sabia.

Joshua Charles es un antiguo redactor de discursos de la Casa Blanca para el vicepresidente Mike Pence, autor del bestseller del New York Times número 1, historiador, escritor/escribiente y orador público. Ha sido asesor histórico de varios documentales y ha publicado libros sobre temas que van desde los Padres Fundadores, hasta Israel, pasando por el papel de la fe en la historia de Estados Unidos y el impacto de la Biblia en la civilización humana. Fue el editor principal y desarrollador del concepto de la “Biblia de Impacto Global”, publicada por el Museo de la Biblia con sede en Washington en 2017, y es un académico afiliado al Centro de Descubrimiento de la Fe y la Libertad en Filadelfia. Es becario de Tikvah y Philos y ha dado conferencias por todo el país sobre temas como historia, política, fe y la visión del mundo. Es concertista de piano y tiene un máster en Gobierno y una licenciatura en Derecho. Sígalo en Twitter @JoshuaTCharles  o consulte JoshuaTCharles.com.


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