¿Seguimos siendo aún una república constitucional?

Por Jeffrey A. Tucker
09 de Agosto de 2022 4:02 PM Actualizado: 11 de Agosto de 2022 12:55 PM

Comentario

El allanamiento de la casa de Donald Trump, supuestamente para saquear unos documentos que el expresidente cree que desclasificó, plantea ciertamente algunas preguntas serias sobre el papel del poder gubernamental y sobre qué tipo de régimen es el que vivimos.

Varios informes sugieren que la Casa Blanca y el personal del presidente Joe Biden se enteraron primero de la redada a través de Twitter y luego aplaudieron las acciones.

¿Quién dirige precisamente este espectáculo? Esa es la pregunta correcta que hay que hacerse, y ya sea que analicemos la respuesta al COVID, la política energética, la educación o las cuestiones fundamentales de la justicia penal, la respuesta se repite una y otra vez: no es el pueblo ni sus representantes, sino el estado administrativo el que está al mando. Su poder se ha vuelto tan masivo y tan incontrolado que este cree que puede y debe decidir a quién se nos permite votar e incluso cuáles deben ser los resultados.

Trump se convirtió en el enemigo número 1 durante toda su presidencia, pero realmente él selló el trato dos semanas antes de las elecciones de 2020. Él emitió una orden ejecutiva que habría reclasificado a un gran número de los 2.8 millones de empleados civiles de las burocracias, sometiéndolos a un empleo a voluntad igual que el resto de nosotros.

Este fue el primer desafío serio al surgimiento de esta bestia en más de 100 años, y amenazó con hacer lo impensable: dar pasos importantes hacia la restauración del gobierno constitucional. Mientras tanto, muchos republicanos se han unido a esta idea y han jurado ponerla en práctica si vuelven a tomar el poder, primero a nivel legislativo y finalmente en la oficina de la presidencia.

Ese es el telón de fondo de esta incursión.

Actualmente tenemos en Estados Unidos una especie de guerra fría que se está gestando entre quienes creen que debemos vivir en una república constitucional y quienes creen que tal cosa está anticuada y debe ser sustituida por el gobierno de “expertos” que no rinden cuentas en absoluto a los funcionarios elegidos, y mucho menos al pueblo. Los demócratas, en general, se han convertido en el partido del estado administrativo, como demuestran sus últimas bonanzas de gasto. Los republicanos se definen cada vez más en sentido contrario.

Por lo tanto, nos encontramos realmente en una encrucijada y esto ocurre en un momento de grave crisis económica, por lo que encontrar la respuesta adecuada se ha convertido en una cuestión apremiante. De lo contrario, estamos arriesgando todo: no solo la prosperidad y la libertad, sino también la propia forma constitucional de gobierno.

Uno de los primeros esfuerzos por clasificar las formas de gobierno vino nada menos que del propio Aristóteles. Su libro “Política”, escrito en el año 350 a.C., ¡sigue siendo muy interesante de leer!. El creía que los estados son extensiones de la naturaleza humana, lo que también los hace extremadamente peligrosos cuando se equivocan. El objeto principal de su investigación era cómo evitar la tiranía. No quiero estropearles el libro, pero la opinión general que tenía él sobre el gobierno es que “cada hombre, sea quien sea, puede actuar mejor y vivir feliz”. Su tarea consistía en averiguar qué sistemas llegan mejor a ese ideal.

Mientras tanto, han transcurrido unos 2300 años de historia, durante los cuales la idea de la libertad universal y los derechos humanos llegó a ser descubierta y eventualmente instituida en las sociedades, con Estados Unidos como el ejemplo más brillante, primero como un ideal y luego en la realidad con el tiempo. Alguien como Aristóteles se habría asombrado, simplemente porque el mundo antiguo nunca imaginó que algo así fuera posible.

Otra cosa que él no pudo haber imaginado fue la prosperidad universal a través de la creación de la riqueza, suficiente para mantener a 8000 millones de personas y cada vez más. Los filósofos del mundo antiguo suponían, basándose en lo que observaban, que la riqueza era un pastel fijo que debían repartir las élites poderosas, sobre todo a través de la guerra y los acuerdos políticos.

El mayor defecto de todos los grandes de la época es que no comprendieron ni pudieron comprender el poder emancipador del progreso económico.

La idea misma de la libertad se concretó y codificó mejor en el marco de la sociedad mercantil, que otorgó a cada persona el poder de controlar su propia vida a través de la propiedad, el comercio, la inversión, el ahorro y el tipo de cooperación que hacen posible el dinero y los precios. Sin duda, esto forma parte de la realización del ideal de Aristóteles de vivir felizmente.

Por eso el comercio ocupa un lugar tan importante entre la generación fundadora de Estados Unidos. Thomas Jefferson decía que “la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad” eran derechos individuales, no concedidos por el gobierno, sino inalienables por naturaleza. El único propósito del gobierno era asegurar esos derechos frente a la invasión.
Una de mis lecturas favoritas, y más formativas, es de 1819: “La libertad de los antiguos comparada con la de los modernos”, de Benjamin Constant.

“El peligro para la libertad moderna es que nosotros, absortos en el disfrute de nuestra independencia privada y en la búsqueda de nuestros intereses particulares, renunciemos con demasiada facilidad a nuestro derecho a participar en el poder político. Los dueños de la autoridad nos alientan a hacer precisamente eso. Ellos están tan dispuestos a evitarnos todo tipo de problemas, excepto el de obedecer y pagar.

“Ellos nos dirán: ‘¿Cuál es, en el fondo, el objetivo de los esfuerzos de ustedes, el motivo del trabajo de ustedes, el objeto de todas sus esperanzas? ¿No es la felicidad? Pues bien, dejennos esa felicidad y se la daremos a ustedes'”.

“No, nosotros no debemos dejársela a ellos. Su tierna preocupación por hacernos felices es conmovedora, tal vez, pero debemos pedir a las autoridades que se mantengan dentro de sus límites: que se limiten a ser justos, y nosotros nos encargaremos de la felicidad”.

En efecto. Nosotros, y no las burocracias permanentes, podemos encargarnos de la parte de felicidad de la vida. Sucede que la libertad, la prosperidad y la búsqueda de la felicidad van juntas. Nosotros necesitamos los derechos individuales para conseguirlas. Cuando esos derechos se reconocen ampliamente, podemos construir por nuestra propia voluntad sociedades comerciales vibrantes con movilidad de clases y oportunidades de ennoblecimiento al alcance de todos.

Cuanto más crece el aparato del gobierno permanente y cuanto más invade a nuestras vidas, eso menos parece posible. Eso es lo que explica la desmoralización generalizada que vemos en el mundo actual. Las libertades fueron aplastadas durante el período de COVID y la prosperidad junto con ella, poniendo en marcha una serie de acontecimientos que han arruinado no solo el gobierno constitucional, sino también la esperanza y la felicidad.

La redada en la casa de Trump, entonces, sirve como una especie de catalizador para la acción. El objetivo principal de la redada, aparentemente, era preservar los secretos de Estado y evitar que él los revelara a tiempo. Para que eso ocurra, ni siquiera la casa de un expresidente podría mantenerse a salvo de la invasión del Estado administrativo. También ocurre justo cuando el partido contrario se prepara para dar rienda suelta a los recaudadores de impuestos por todo el país para comerse lo que queda de la sustancia del país, parafraseando la Declaración de Independencia.

Somos una república constitucional en el nombre, pero ¿seguimos siéndolo en la realidad? Los acontecimientos de los últimos años plantean preguntas fundamentales al respecto. Al leer a Aristóteles sobre la tiranía hoy en día surge la incómoda sensación de que no lo estamos haciendo bien para evitar la tiranía. Entonces con ello vienen también la pobreza, la mala salud y un retroceso cada vez mayor a lo que Thomas Hobbes llamó el estado de la naturaleza (o la condición natural del hombre), en el que los poderosos gobiernan a los débiles en una vida desagradable, brutal y corta.

Parece que nosotros realmente estamos en el precipicio. Hay que tomar una decisión. Es urgente que tomemos la decisión correcta porque puede que no haya vuelta atrás en nuestra vida.


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Las opiniones expresadas en este artículo son propias del autor y no necesariamente reflejan las opiniones de La Gran Época

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