Socavando los cimientos: Lecciones de “Demonios” de Fiódor Dostoievski

Por JEFF MINICK
30 de Marzo de 2021
Actualizado: 30 de Marzo de 2021

A principios de marzo, recibí un golpe de un ruso. Un ruso muerto, de hecho.

Permítanme explicarles.

A finales de diciembre, hice el propósito de Año Nuevo de leer al menos seis clásicos que fueran nuevos para mí durante el año siguiente. Mi primera elección fue “Ivanhoe”, de Sir Walter Scott, encontré que aquella excursión en los tiempos del rey Ricardo y Robin Hood eran una aventura agradable.

El siguiente libro en investigación fue Devils (Demonios) de Fiódor Dostoievski, la traducción de Constance Garnett que había permanecido sin abrir en mi estantería durante años. Hace mucho tiempo leí “Notas del subsuelo”, “Los hermanos Karamazov” y “Crimen y castigo”, y después enseñé estos dos últimos libros a mis alumnos de Literatura de nivel avanzado.

Así que empecé “Devils”, sin dejarme intimidar por la longitud de la novela —casi 700 páginas— e inspirado por la propaganda del libro, que proclama que la novela se centraba en un grupo de radicales y revolucionarios en la Rusia de 1860, un “relato profético de la moral y la política modernas, con sus cincuenta y tantos personajes, sus sorprendentes acontecimientos y sus desafiantes ideas”.

Durante casi 200 páginas, leí sobre romances e intrigas, escuché extrañas conversaciones y conocí a extraños personajes como los que habitan en todos los libros que he leído de Dostoievski. “¿Y dónde están los radicales?” me preguntaba una y otra vez, y me sorprendí cuando el autor me reveló que varios de ellos ya estaban plantados en la historia. Como los verdaderos revolucionarios, se habían escondido hasta que llegó el momento de poner en marcha sus planes.

Ese fue el puñetazo que me tiró a la lona.

Ahora veamos “Devils”.

El título de “The Devils,” (“Los demonios”) de Dostoievski, también ha sido traducido sin “Los” y también como “Los diablos” y “Los poseídos”.

La trama

El subtítulo anterior tiene un doble sentido, ya que aquí resumiré brevemente una trama complicada que, de hecho, implica una trama. También titulada “Los demonios”, “Los diablos” o “Los poseídos”, según el traductor, “Diablos” involucra a un grupo de conspiradores en una ciudad de una provincia ficticia que tiene vínculos con otras células que buscan derrocar al gobierno.

Compuesta principalmente por ateos, socialistas, idealistas, aventureros y criminales, esta colección de radicales intenta tomar el control de la sociedad y comenzar el proceso de llevar al pueblo ruso hacia un cielo en la tierra.

Finalmente, se produce una especie de rebelión. Al principio, algunas personas son asesinadas o se suicidan —Dostoievski basó la ejecución de un hombre en un incidente de la vida real de un revolucionario asesinado porque quería salirse del movimiento—, pero al final de la novela, las páginas están literalmente llenas de más cadáveres que al final de “Hamlet”.

Algunas de las figuras clave de este movimiento son Stepan Trofimovitch Verhovensky, un profesor de escuela y liberal idealista que involuntariamente ayudó a crear a algunos de estos radicales; su hijo Pyotr Verhovensky, que es una figura destacada entre los revolucionarios; Ivan Shatov, que inicialmente es integrante del grupo pero llega a despreciar sus ideas; y el carismático Nikolay Stavrogin, que pone a prueba los límites de la moralidad mientras actúa como comentarista escéptico de los planes de los radicales.

Dificultades

“Devils” no es una lectura fácil. En primer lugar, los nombres rusos nos suenan poco a la mayoría de nosotros, y son tantos los personajes que entran y salen de la historia que durante un tiempo me resultó difícil seguirles la pista.

Además, como escribí arriba, la propaganda menciona “cincuenta y tantos personajes”, por supuesto, refiriéndose al número, pero si quitamos ese guión, la descripción sería igual de apta. Se trata de almas extrañas, hombres y mujeres muy diferentes de los personajes estadounidenses de ficción de antes o de ahora.

Los rusos de Dostoievski pasan de la autocompasión a la ira, del amor al odio, en un abrir y cerrar de ojos. La rigidez y la contención asociadas a personajes estadounidenses como Natty Bumppo en “Los cuentos de los calcetines de cuero” o incluso el obsesionado capitán Ahab en “Moby Dick” contrastan fuertemente con los tics nerviosos de los habitantes de las novelas de Dostoievski.

Un consejo: los lectores que decidan emprender la lectura de “Devils” podrían considerar el uso de los sitios en Internet que destilan la trama, los temas y los personajes de esta novela como guías para este viaje.

Profecías y filosofías

A pesar de estos obstáculos, “Devils” tiene mucho que decir a nuestra propia época.

Cuando se produjo la Revolución Rusa, muchos contemporáneos de ese acontecimiento señalaron a Dostoievski como un profeta, un premonitor de esa convulsión. Yo iría aún más lejos que esos hombres y mujeres de letras y declararía que “Devils” es una bola de cristal en la que el autor predijo los movimientos totalitarios de los últimos cien años, con sus filosofías estatistas, su utopismo y su voluntad de asesinar, a menudo a gran escala, para hacer avanzar un programa y tomar el poder.

Al parecer, Dostoievski podía predecir el futuro. Retrato de Fyodor Dostoevsky, 1872, por Vasili Perovby. Galería Tretyakov. (Dominio público)

En la “Segunda parte: capítulo siete: Una reunión”, por ejemplo, nos encontramos con una reunión de “la flor del radicalismo más rojo de nuestra antigua ciudad”. Esta asamblea discute temas tan diversos como la familia (“una forma supersticiosa”), la brújula moral (“No existe lo moral ni lo inmoral”), y “la división de la humanidad en dos partes desiguales”, con una décima parte, una élite, actuando como gobernantes mientras los demás “tienen que renunciar a toda individualidad y convertirse, por así decirlo, en un rebaño, y mediante una sumisión sin límites, alcanzarán por una serie de regeneraciones la inocencia primigenia, algo así como el jardín del Edén”.

Mientras más cambian las cosas, más permanecen igual

Como dice Pyotr Verhovensky: “Es una nueva religión, mi buen amigo, que viene a ocupar el lugar de la antigua”.

En un punto, Pyotr Verhovensky le dice a Stavrogin: “El maestro que se ríe con los niños de su Dios y de su cuna está de nuestro lado. El abogado que defiende a un asesino culto porque es más culto que sus víctimas y no pudo evitar asesinarlas para conseguir dinero es de los nuestros (…) Los jurados que absuelven a todos los criminales son de los nuestros. El fiscal que tiembla en un juicio por miedo a no parecer lo suficientemente avanzado es nuestro, nuestro. Entre los funcionarios y los literatos tenemos muchos, muchos, muchos, y ellos no lo saben”.

¿Le resulta familiar?

Objetivos finales

Casi al final de “Devils”, uno de los radicales confiesa su participación en el intento de sublevación. Cuando se le pregunta cuál fue “el objeto de tantos asesinatos, escándalos y atrocidades”, responde: “Fue con la idea de socavar sistemáticamente los cimientos, destruir sistemáticamente la sociedad y todos los principios, con la idea de no complacer a todo el mundo y de sacar provecho de todo, y luego, cuando la sociedad se tambaleaba, enferma y desquiciada, cínica y escéptica aunque llena de un intenso afán de autoconservación y de alguna idea rectora, tomarla de repente con las manos, elevando los estándares de la revuelta…”.

Rocíe esta explicación con algunas de las obscenidades utilizadas por los radicales de hoy en día, y bien podría estar escuchando a un integrante de Antifa explicando los objetivos de esa organización.

Dostoievski representó los demonios, poseídos por el furor revolucionario, atacando los cimientos de la civilización. Un grabado, “La tentación de San Antonio”, alrededor de 1480-90, de Martin Schöngauer. Museo Metropolitano de Arte, Nueva York. (Dominio público)

Este año se cumple el 150º aniversario de la aparición de las primeras entregas de “Devils” en “El Mensajero Ruso”. Teniendo en cuenta las diversas catástrofes de la humanidad desde entonces, parece que somos una raza que aprende lentamente.

Jeff Minick tiene cuatro hijos y un creciente pelotón de nietos. Durante 20 años, enseñó historia, literatura y latín a seminarios de estudiantes educados en casa en Asheville, N.C. Es autor de dos novelas, “Amanda Bell” y “Dust On Their Wings”, y de dos obras de no ficción, “Learning As I Go” y “Movies Make The Man”. Actualmente, vive y escribe en Front Royal, Va. Visite JeffMinick.com para seguir su blog.


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