Una misión para arrojar luz sobre los indigentes

Por Andrew Thomas
17 de Febrero de 2020
Actualizado: 20 de Febrero de 2020

Las personas sin hogar son una de las poblaciones más descuidadas e incomprendidas de Estados Unidos.

Durante algunos días en el 2003, una mujer dio un “salto de fe” para dejar su cómoda cama y vivir en las calles con los desamparados en Austin, Texas, y para conectarse con ellos. A cambio, adquirió una nueva perspectiva.

Judith Knotts, de 79 años, ha vivido en Austin desde 2000. Obtuvo una maestría en política educativa y liderazgo en la Universidad Virginia Tech, y trabajó en la administración de escuelas desde la década de 1970.

Mientras Knotts crecía y asistía a una escuela pública en Pensilvania, recuerda a su maestra de quinto grado alineando los pupitres de los estudiantes según el promedio de sus calificaciones. Knotts sabía, incluso desde una edad temprana, que tenía que haber una mejor manera de educar a los estudiantes.

“Esa fue la semilla para tratar de mejorar las escuelas”, dijo Knotts.

Involucrando a las personas sin hogar

Cuando Knotts llegó a Austin en el 2000, empezó a trabajar como directora de escuela en colegios de primaria, secundaria y preparatoria. Desde que puede recordar, siempre tuvo un profundo interés en cómo la gente se convierte en lo que es. Fue esta pasión la que la llevó a trabajar con las personas sin hogar. En 2003, un amigo de Knotts le dijo que estaba organizando un grupo de “retiro callejero” en Austin.

“En dos segundos, pensé: ‘voy’. Fue un salto de fe total”, recordó Knotts.

Inspirada por su humildad y honestidad, salió con el equipo a vivir entre las personas sin hogar durante 72 horas.

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Judith Knotts trabajó en el área administrativa de educación antes de su trabajo de divulgación para personas sin hogar. (Dennis Fagan)

Knotts y el grupo salieron sin dinero, tarjetas de crédito o teléfonos. Todo lo que tenía era una mochila y no sabía qué esperar. La experiencia la afectó profundamente.

“Cambió mi vida. Encontré una visión totalmente diferente del mundo que no sabía que existía”, explicó Knotts.

Se sorprendió por el ambiente en el que la gente sin hogar tenía que vivir. La imagen de la gente pisando a una mujer sin hogar durmiendo sobre un cartón en la acera de un callejón se le quedó grabada. Las personas sin hogar también fueron amables con ella y le enseñaron habilidades como dónde encontrar agua.

Descubrió lo resistentes que son, porque después de tres días y tres noches, Knotts estaba física y emocionalmente agotada. Pero eso no era nada comparado con el período indefinido de tiempo que los indigentes debían soportar en la calle.

Relaciones

Knotts observó, y aún lo hace, a cada indigente como una persona en vez de una estadística, y consideró cómo podría ayudar. Sin miedo, pasa tiempo con los indigentes y los escucha. Sin hacer preguntas entrometidas, los involucra en una conversación y trata de ofrecerles un oído amigable.

Aunque ya no pasa noches con personas sin hogar en la calle, dedica dos días a la semana para alimentarlos y revisarlos regularmente bajo las carreteras y en la calle.

A lo largo de su experiencia con la comunidad de los sin hogar, ha desarrollado profundas relaciones. Una experiencia que la acompañó fue cuando un indigente se acercó a su auto. Bajó la ventanilla y puso su mano izquierda afuera.

El hombre no le pidió dinero. No pidió comida. Tomó su mano, y le dijo cómo había pasado el día trabajando, y lo solo que estaba. Ella le dijo su nombre, y él se fue al bosque hacia la tienda donde vivía. Trágicamente, se enteró en los obituarios del día siguiente que había muerto de una sobredosis.

“Me di cuenta de que yo era la última persona que lo había visto”, recordó Knotts.

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Un hombre sin hogar duerme en la calle en Austin, Texas. (Cortesía de Judith Knotts)

El hombre no había pedido dinero ni comida, pero se encontraba en circunstancias terribles, dijo Knotts.

Otro vagabundo del que Knotts se hizo amiga no tenía piernas y estaba en silla de ruedas. Aunque al principio él estaba un poco aprensivo para hablar con ella, se desarrolló una amistad. Un día, su manta se deslizó y Knotts notó un cuchillo. Le dijo que era la única manera de protegerse. Knotts lo visitó regularmente durante el último año de su vida antes de que él también muriera de una sobredosis.

“Éramos dos personas [de] extremos opuestos del mundo. Nos hicimos muy buenos amigos”, dijo. “Lo lamento. De verdad que sí. Me pidió muy poco y me dio mucho”.

Lecciones aprendidas

Knotts aprendió mucho de sus experiencias con los dos hombres, y de las personas sin hogar en general. Descubrió que debajo de todo, la gente es la misma. Todos somos seres humanos.

“La humanidad es lo que nos une”, dijo Knotts.

También aprendió lo amables, generosos y resistentes que pueden ser los indigentes. Le daba un sándwich a un hombre o mujer sin hogar, quien, a su vez, le daba la comida a otro indigente más necesitado. Por encima de todo, aprendió cómo todos quieren ser amados.

La sociedad a menudo culpa a los indigentes por su situación, pero hay muchas causas para la falta de hogar, explicó Knotts.

Mientras que algunos han sido abandonados por sus familias o abusados, otros luchan contra el consumo de drogas y alcohol, o sufren de enfermedades mentales. Muchos tienen empleo, pero no pueden ganar lo suficiente para pagar una vivienda. Otros no tienen acceso a la educación o han salido de la cárcel, lo que hace aún más difícil encontrar un trabajo. En ocasiones, una lesión traumática deja a una persona incapacitada para trabajar. Los desastres naturales también pueden obligar a la gente a salir a la calle.

“Hay tantas razones y tenemos que mirar a cada una de esas personas sin hogar y decir ‘¿Cuál es su problema? ¿Por qué están aquí, y cómo puedo ayudarles individualmente?'” comentó Knotts.

La sociedad ignora en gran medida a la población sin hogar porque la situación es fea, y la gente se olvida del tema. Además es difícil para la persona común y corriente imaginarse sin hogar.

Sin embargo, todo lo que se necesita es un evento catastrófico para forzar a un individuo a salir a la calle. Por ejemplo, Knotts estaba en un campamento para indigentes y se encontró con un joven. Le preguntó si la reconocía, y no lo hizo. De hecho, él había sido uno de sus estudiantes.

“No es solo la clase baja, o los incultos, los que se quedan sin hogar. Todos podríamos, con un pequeño desliz, convertirnos en indigentes”, dijo.

Habiendo escrito para el Austin American-Statesman desde 2008, muchos de los artículos de Knotts se han centrado en la falta de vivienda. En un esfuerzo por llamar la atención sobre el tema, Knotts compiló una serie de 34 artículos e historias cortas en un libro titulado “You Are My Brother: Lessons Learned Embracing a Homeless Community”. Espera que los lectores empiecen a entender mejor a las personas sin hogar de sus ciudades, y cómo ayudarlas.

“Espero que los ojos [de los lectores] se abran, y sus corazones también”, dijo Knotts.

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