William Barr está justificado en mencionar a George Soros

Por Roger L. Simon
24 de Diciembre de 2019
Actualizado: 24 de Diciembre de 2019

Comentario

Es una ironía oscura que más o menos al mismo tiempo que el secretario de Justicia William Barr llamaba a George Soros por el financiamiento de las campañas de los fiscales “progresistas” (en su opinión, de todos modos) por todo el país, tuviéramos otro baño de sangre en Chicago.

Del Daily Mail:

“Trece personas resultaron heridas, cuatro de ellas de gravedad, en un tiroteo masivo en una gran reunión conmemorativa el domingo temprano en el lado sur de Chicago”.

“El evento fue para honrar el cumpleaños de la víctima de un disparo, Lonell Irvin, un hombre de 22 años que fue asesinado en abril durante un intento de robo de coche”.

Barr en “The Story” de Martha MacCullum:

“Existe este acontecimiento reciente [en el que] George Soros ha estado participando, en primarias mayormente demócratas en las que no ha habido mucha participación de votantes y se ha invertido mucho dinero para elegir a personas que no apoyan mucho la aplicación de la ley y que no consideran que la oficina lleve a juicio y procese a los criminales, sino que persigue otras agendas sociales. Han empezado a ganar en varias ciudades y, en mi opinión, no han dado el apoyo adecuado a la policía”.

Barr continuó señalando que tales elecciones han llevado a la policía a creer que las municipalidades no “los respaldan”.

El fiscal general -en muchos sentidos opuesto de Soros- con respeto a las fuerzas de seguridad acaba de lanzar una operación de reducción del crimen en las principales ciudades desde Detroit a Baltimore.

Soros, por su parte, puede estar representando un psicodrama personal que surge de un papel adolescente en el Holocausto -ayudó a su padre abogado a confiscar los bienes de sus compañeros judíos para los nazis- por lo que, como declaró en Sesenta minutos, insiste en que no tiene ninguna culpa o vergüenza.

Este es el hombre, recuerden, que comenzó su camino hacia la riqueza apostando contra la libra esterlina, independientemente de las consecuencias para millones de ciudadanos de ese país.

Ya sea expiando su culpa o no, Soros comenzó su actividad política en una dirección loable, usando sus abundantes fondos para ayudar a la democratización de Europa del Este. Pero muy pronto giró a la izquierda, a la extrema izquierda, hasta el punto de que ahora está usando ese dinero para convertir a los guerreros de la justicia social en fiscales de distrito. (Si quiere tener una idea de adónde llevará eso, eche un vistazo a los campus universitarios de hoy en día donde gobiernan los guerreros de la justicia social).

Últimamente, los que critican a Soros fueron acusados de antisemitismo. Como judío y autor de dos películas relacionadas con el Holocausto, lo encuentro, por decirlo suavemente, ofensivo.

Pero Soros aquí es el punto solo tangencialmente. El verdadero problema es qué hacer con eventos como el que acaba de ocurrir en Chicago y que parecen ocurrir en esa ciudad y en algunas otras de manera regular.

La bandera de la justicia racial siempre se agita, pero tenemos que preguntarnos: ¿quiénes son los verdaderos racistas aquí? ¿Los que atan de manos a la policía y permiten la violencia en esas comunidades o la propia policía? (Un nuevo estudio revisado por pares muestra que no es más probable que la policía dispare y mate a sospechosos que pertenecen a minorías).

Claro que hay policías malos, desde el nivel de la comisaría hasta, según nos enteramos ahora, las oficinas ejecutivas del FBI. Hay que arrancarlos de raíz y castigarlos con toda la fuerza de la ley.

Pero el policía promedio no es así. Es una persona de la clase trabajadora que dedica su vida con un sueldo mediocre a mantener segura su comunidad, a menudo con gran riesgo para ellos mismos.

Oponerse a ellos es ser en esencia reaccionario mientras te dices a ti mismo de alguna manera autocomplaciente que eres progresista.

Cuando veo la fiebre anti-policía que hay hoy en día, me recuerda a mi juventud en las manifestaciones contra la guerra de Vietnam, escuchando los gritos ad infinitum de “¡Fuera el cerdo!”. Por supuesto que eramos niños de clase media, incluso de clase media alta y alta, que gritábamos eso.

A veces, en momentos de honestidad, nos preguntábamos qué haríamos si nos robaran o nos atacaran. “¡Llamar a un hippie!”, exclamábamos al unísono. Todos sabíamos que era una broma.

La misma broma aún sigue vigente.

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Las opiniones expresadas en este artículo son propias del autor y no necesariamente reflejan las opiniones de La Gran Época

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