7 razones por las que un estilo de vida en un pueblo pequeño puede hacerlo más feliz

Cambie la competitividad por un ritmo más lento, con más naturaleza y gente más amable
Por JAY HARRINGTON
19 de Febrero de 2021
Actualizado: 19 de Febrero de 2021

Casi siempre que mi esposa, Heather, y yo nos íbamos de vacaciones, pasábamos el tiempo durante el viaje en auto o en avión de regreso a casa pensando en lo agradable que sería vivir todo el tiempo en el destino que acabábamos de visitar. Cuando llegábamos a casa, inevitablemente dejábamos de lado la idea.

Demasiado calor. Demasiado frío. Demasiado costoso. Demasiado aislado. Demasiado grande. Demasiado pequeño. Demasiado… lo que sea. No importaba el destino, se nos ocurría una razón por la que no era viable.

Hasta que visitamos Traverse City, Michigan.

A pesar de ser residentes de Michigan y habitantes de toda la vida del Medio Oeste, Traverse City se nos escapaba de la vista. Es más conocida como la “capital de las cerezas” de Estados Unidos. Aunque la ciudad se llena de cientos de miles de turistas durante los meses de verano, la población permanente de Traverse City solo asciende a unos 17,000 habitantes.

Traverse City está situada a orillas del lago Michigan, en la base de dos penínsulas repletas de viñedos y huertos de cerezas. En mi opinión, es uno de los lugares más hermosos de la tierra, con interminables playas de arena blanca, frondosos campos, altísimos bosques y lagos de un azul resplandeciente por todas partes.

Nuestra primera visita a Traverse City como pareja fue después que nació nuestra primera hija. Fue una revelación. Nunca antes habíamos dado rienda suelta a nuestra fantasía de pueblo pequeño, pensábamos que nunca sucedería. Pero esta vez fue diferente. Encontramos un lugar que podíamos imaginar como nuestro lugar.

Buenas escuelas. Un costo de vida asequible (o al menos más de lo que estábamos acostumbrados). Un aeropuerto cercano para los viajes de negocios. La cultura. Ambiente empresarial. Fácil acceso a la naturaleza. Ambiente familiar. Mientras explorábamos Traverse City ese fin de semana, empezamos a marcar todas las casillas de lo que buscábamos en un lugar para vivir.

El regreso a casa fue diferente después de ese fin de semana. El tiempo que Heather pasaba en el auto viendo casas en Zillow tuvo más sentido. La posibilidad de recoger y empezar de nuevo en un lugar nuevo parecía real. Llegamos a casa entusiasmados con la perspectiva de un nuevo comienzo.

Entonces las cosas se pusieron difíciles. Verán, nuestra fantasía de pueblo pequeño siempre había sido un capricho. Imaginar una vida en un nuevo lugar había sido simplemente una forma de escapar cuando la vida se volvía monótona. Al considerar seriamente traslado a una ciudad pequeña como una opción real, solo nos pudimos centrar en las ventajas y nunca en las consecuencias negativas de dicho traslado.

Entonces Traverse City nos llamó la atención.

Era hora de empezar a ser realistas sobre lo que queríamos de nuestras vidas y, sobre todo, dónde lo queríamos. ¿Vamos a dar el salto de fe que siempre dijimos que daríamos si encontrábamos el lugar adecuado, o nos quedaremos en la seguridad de los suburbios?

Al final nos mudamos. Y nunca hemos mirado hacia atrás.

Migrar a las ciudades pequeñas

Todos hemos visto las estadísticas y escuchado las anécdotas: En todo Estados Unidos hay un éxodo de personas de las grandes ciudades a los pueblos más pequeños. El COVID-19 ha sido un gran catalizador de la migración de las ciudades al campo, pero ya se producía a un ritmo rápido incluso antes de la pandemia.

Las cifras del censo de Estados Unidos muestran que, desde 2014, una media de unos 30,000 residentes de entre 25 y 39 años han abandonado las grandes ciudades anualmente. En este sentido, como en muchos otros, la COVID-19 ha sido más un acelerador de una tendencia existente que un agente de cambio.

Con la ventaja de cinco años de retrospectiva, no nos sorprende que haya más gente que esté buscando la sencillez de un estilo de vida en un pueblo pequeño. Esto no es para todo el mundo: muchas personas no pueden imaginarse dejando la gran ciudad por lo que perciben como una existencia dolorosamente aburrida “en el campo”.

Para otros, puede que no sea la época adecuada en la vida para hacer una gran mudanza a un pueblo pequeño. Pero para nosotros, y al parecer no somos los únicos, la vida en un pueblo pequeño ofrece todo lo que necesitamos para llevar una vida feliz.

La felicidad no es el destino

En su libro “Happier” (Más felices), el profesor de Harvard Tal Ben-Shahar habla de la “falacia de la llegada”, que es un corolario del concepto de adaptación hedónica. Describe la falacia de la llegada como: “La falsa creencia de que llegar a un destino valorado puede mantener la felicidad”.

Ciertamente fui víctima de la falacia de la llegada en mi vida anterior. Al principio me sentí eufórico, y luego casi inmediatamente decepcionado, tras los ascensos laborales, los aumentos de sueldo y las compras de autos o casas nuevas. Deseaba tanto estas cosas, pero la realidad de obtenerlas era muy diferente a mis expectativas.

La ambición no es algo malo. De hecho, es algo muy bueno. Si los humanos no quisieran más, seguiríamos viviendo en cuevas, sin acceso a las necesidades humanas básicas y modernas, como la electricidad y el agua potable, ni a las maravillas del potencial humano, como las grandes obras de arte, la arquitectura y la música.

Los problemas surgen cuando permitimos que la búsqueda incesante de crecimiento y adquisición inhiba nuestra búsqueda de la felicidad. Ambas ambiciones —la felicidad y el crecimiento— pueden coexistir, pero solo en equilibrio. El crecimiento puede desplazar una vida feliz si no se tiene cuidado.

Por supuesto, nunca me atrevería a sugerir que sé lo que nos hace felices a nosotros o a cualquier otra persona. Todos tenemos distintas visiones, preferencias y deseos para nuestras vidas. Pero años de investigación científica sugieren que ciertas cosas nos hacen felices a la mayoría. En concreto, la felicidad no se deriva de la consecución de señales externas de éxito (más grande y mejor para “estar a la altura de los Jones”), sino de la búsqueda de satisfacción de experiencias nuevas y novedosas en busca de una vida bien vivida. Y ahí es donde entran las ciudades pequeñas.

Pueblos pequeños, más felicidad

He vivido en grandes ciudades y suburbios, y ahora resido en un pueblo pequeño. Al menos para mí, mi pequeño pueblo me ha permitido ser más feliz que nunca. Lo atribuyo sobre todo a la sencillez del estilo de vida en un pueblo pequeño. En un pueblo pequeño hay menos distracciones brillantes y luminosas, lo que permite tener más espacio y tiempo para centrarse en lo que es importante.

A continuación, siete razones por las que la vida en un pueblo pequeño nos ha hecho más felices, y quizá a usted también lo haga más feliz.

Momentos sencillos del día a día. Apreciar los pequeños momentos de la vida, como un día hermoso y soleado, los brotes verdes de la tierra y las piedras que saltan en la playa, le enseñan a estar más agradecido por lo que se tiene, en lugar de esforzarse siempre por conseguir más.

Menos gastos. El aumento de los precios inmobiliarios durante la COVID-19 ha hecho que muchas ciudades pequeñas sean menos asequibles de lo que eran antes de la pandemia, pero el costo de la vida en la mayoría de las ciudades, como Traverse City, todavía palidece en comparación con el de las grandes ciudades. Para nosotros, una de las mayores diferencias ha sido gastar mucho menos en entretenimiento y viajes (salidas a cenar, escapadas de fin de semana, etc.) y optar por pasar más tiempo disfrutando de las maravillas naturales que nos rodean.

Más tiempo. Como hemos podido minimizar nuestro estilo de vida, tenemos más tiempo, que es el recurso más valioso de la vida. Ahora trabajamos para vivir, en lugar de vivir para trabajar.

Más naturaleza. Investigadores de Finlandia descubrieron que pasar solo 15 minutos al día en la naturaleza aumenta el bienestar. En una gran ciudad, encontrar la soledad en la naturaleza puede ser una tarea difícil. En un pueblo pequeño, a menudo está en la puerta de casa.

Más relaciones interpersonales. Parece una paradoja, pero según nuestra experiencia, a mayor densidad de personas, más difícil es establecer relaciones personales genuinas. Es como la diferencia entre un evento de networking y una cena. Las grandes ciudades pueden ser lugares solitarios, mientras que la intimidad de un pueblo pequeño fomenta la interaciión. Y las investigaciones demuestran que tener un número reducido de relaciones estrechas y significativas es uno de los mayores factores de predicción de la felicidad.

Más espíritu de comunidad. Debido a la cercanía de una ciudad pequeña, la gente tiende a tener un espíritu de comunidad. Si uno quiere participar en trabajos sin ánimo de lucro o en proyectos comunitarios, es fácil. Hay muchos desfiles, festivales y otras reuniones en las que los vecinos se reúnen para celebrar tradiciones.

Mayor atención a las experiencias que a las cosas. Los estudios han demostrado que comprar un objeto —un auto, un bolso o un utensilio de cocina— puede generar rápidamente remordimientos de comprador. En cambio, invertir en experiencias —un concierto, un campamento, clases de música— conduce a una mayor felicidad. Las experiencias crean un “residuo de felicidad” y nuestra percepción de ellas suele mejorar con el tiempo. Después de mudarnos a una pequeña ciudad, nos dimos cuenta del valor de las experiencias. Y ahora tenemos más tiempo para disfrutar de la riqueza de las experiencias sencillas en lugar de agobiarnos con más cosas.

¿Se ha imaginado, como nosotros, cómo sería la vida en un pueblo pequeño? La vida es corta y solo se tiene una oportunidad, así que no deje que el miedo le impida encontrar el lugar y el estilo de vida que le aporten esa felicidad.

Como dijo Seth Godin: “En lugar de preguntarse cuándo serán sus próximas vacaciones, tal vez deberían establecer una vida de la que no necesiten escapar”.

Jay Harrington es autor, abogado transformado en empresario y dirige una marca de estilo de vida inspirada en el norte de Michigan llamada Life and Whim. Vive con su mujer y sus tres hijas pequeñas en un pequeño pueblo y escribe sobre cómo vivir una vida con propósito y orientada a las actividades al aire libre.


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