Capítulo 9, Parte 1: La trampa económica comunista (ACTUALIZADO)

Traducción en partes del libro: “Cómo el espectro del comunismo rige nuestro mundo”

Por The Epoch Times
30 de julio de 2018 4:23 PM Actualizado: 10 de julio de 2024 8:04 PM

La Gran Época publica aquí entregas traducidas del inglés de un nuevo libro: “Cómo el espectro del comunismo rige nuestro mundo”, del equipo editorial de “Nueve comentarios sobre el Partido Comunista chino”.

Tabla de contenidos

Introducción

1. Propiedad estatal y economía planificada: Sistemas de esclavitud
a. Propiedad estatal: un yugo totalitario
b. Economía planificada: destinada al fracaso

2. Países occidentales: comunismo con otro nombre
a. Altos impuestos y ayuda social
b. Intervencionismo económico agresivo en países occidentales
c. Cómo la economía socialista lleva al totalitarismo comunista

Referencias

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Introducción

La influencia del comunismo está presente en todos los sectores de nuestro sistema económico actual. Con la tendencia a la expansión del gobierno como norma, prácticamente todos los países de la Tierra se están alejando de los principios clásicos del libre mercado y gravitando hacia la economía comunista o socialista.

Al observar a los países que abandonaron el comunismo o el modelo económico socialista después de la caída del bloque soviético, se podría pensar que el espectro comunista ha fracasado en sus objetivos. Pero la realidad no es tan simple. Los métodos del espectro no siguen un patrón rígido. En aras de un objetivo mayor, puede abandonar ciertas formas mientras adopta otras para adaptarse a la situación histórica o social. En ningún lugar esto es más cierto que en la esfera económica.

Hace más de 150 años, Karl Marx abogó por la abolición de la propiedad privada y el ascenso de la propiedad estatal en su libro Das Kapital. Los Estados comunistas totalitarios trataron de alcanzar este objetivo directamente, usando el terror, la violencia y el asesinato en masa. Pero a medida que la doctrina comunista explícita perdió su atractivo, los izquierdistas de los países democráticos idearon formas no violentas. Las múltiples cepas de socialismo y comunismo que crearon e introdujeron a lo largo de los años no son fáciles de clasificar.

Además de restringir los derechos básicos a la propiedad privada y a la empresa, la política económica comunista fomenta la corrupción y contribuye a la erosión de la cultura tradicional. A fin de preservar su prosperidad, modo de vida y bases morales, las naciones de todo el mundo deben despertar a la subversión comunista en el ámbito económico y tomar medidas contra ella.

1. Propiedad estatal y economía planificada: Sistemas de esclavitud

El Cielo creó al hombre, lo dotó de sabiduría y fuerza, y determinó que en su vida cosechara los frutos de su trabajo, y así pueda obtener lo suficiente para asegurar su vida. La Declaración de Independencia de Estados Unidos dice: «Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales, que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables, que entre ellos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad» [1]. Naturalmente, estos derechos incluyen la facultad de poseer y adjudicar propiedades y bienes.

En contraste, Marx y Engels declararon en El Manifiesto Comunista que «La teoría de los comunistas se puede resumir en una sola frase: abolición de la propiedad privada» [2]. Se trata de una referencia a la propiedad estatal, la cual, en una economía planificada, es obligatoria. En las economías planificadas comunistas, los medios de producción están directamente controlados por el Estado. La esencia de este sistema viola los principios del Cielo, va en contra de la naturaleza humana y, en última instancia, es una forma de esclavitud.

a. Propiedad estatal: un yugo totalitario

El pionero anticomunista estadounidense Fred Schwarz contó la siguiente broma en su libro Usted puede confiar en los comunistas (para que se comporten como tales) sobre una persona que primero visitó una planta automotriz soviética y luego una estadounidense:

“¿Quién es el dueño de esta fábrica?”
“Nosotros”, respondieron.
“¿Quién es el dueño de la tierra sobre la cual está construida?”
“Nosotros”.
“¿Quién es el dueño de los productos una vez fabricados?”
“Nosotros”.
Afuera, en la esquina de un gran parque, había tres automóviles destartalados. El visitante preguntó, “¿Quiénes son los dueños de aquellos autos?”
Ellos respondieron: “Nosotros, pero uno de ellos lo utiliza el gerente de la fábrica, otro lo utiliza el comisario político y el otro lo utiliza la policía secreta”.
El mismo investigador fue a una fábrica de Estados Unidos y le preguntó a los trabajadores, “¿Quién es el dueño de esta fábrica?”
“Henry Ford”, respondieron.
“¿Quién es el dueño de la tierra sobre la cual está construida?”
“Henry Ford”.
“¿Quién es el dueño de los productos una vez fabricados?”
“Henry Ford”.
Afuera de la fábrica había un vasto parque lleno de todo tipo y variedad de modernos automóviles americanos. Él preguntó, “¿Quiénes son los dueños de aquellos autos?”
Ellos respondieron, “Oh, nosotros”. [3]

Esta historia es un retrato vívido de las consecuencias y diferencias entre los sistemas de propiedad privada y pública. Bajo el sistema de propiedad pública, los recursos y las ganancias del trabajo están nacionalizados. Los mecanismos que motivan el entusiasmo, la ambición y la innovación individual están ausentes, al igual que el sentido de responsabilidad que transmite el derecho a la propiedad personal. En las palabras, la propiedad pública significa que la riqueza de un país es compartida por todos los ciudadanos, pero en la práctica, significa que la clase privilegiada monopoliza los recursos y primero cuida de sí misma.

El factor fundamental para el crecimiento económico de una nación es su pueblo. La propiedad pública estrangula la vitalidad y la motivación de la gente para ser productiva. Afecta el ánimo, promueve la ineficiencia y causa sobreproducción o gran escasez. Desde las granjas colectivas soviéticas a las comunas populares de China –incluyendo la fallida colectivización en Camboya y Corea del Norte– el sistema de propiedad pública lleva hambre a donde sea que vaya. Por ejemplo, decenas de millones de personas en China murieron en una hambruna creada por el hombre entre 1959 y 1961.

En la naturaleza humana hay bondad y maldad. La propiedad privada le permite al hombre desarrollar su integridad y promueve el trabajo y el ahorro. Por su lado, la propiedad colectiva incentiva la maldad de la naturaleza humana, promoviendo la envidia y la pereza.

El economista y filósofo austríaco Friedrich Hayek escribió que el crecimiento de la civilización se apoya en las tradiciones sociales que colocan a la propiedad privada en el centro. Tales tradiciones generaron el sistema comercial moderno y el crecimiento económico que lo acompaña. Este es un orden orgánico y autógeno que no requiere del gobierno para funcionar. Sin embargo, los movimientos comunistas y socialistas buscan moldear al mundo según sus deseos –lo que Hayek llama su “arrogancia fatal”. [4]

Si la propiedad privada y la libertad son inseparables, entonces el mismo principio aplica a la propiedad colectiva, que está unida a un poder dictatorial y a la supresión. El sistema de propiedad pública nacionaliza los recursos, degrada la productividad económica y convierte a la gente en los sirvientes y esclavos del país. Todas las personas deben obedecer los comandos del partido central, y cualquier idea o voz que no sea consistente con la del régimen puede ser silenciada. Así el pueblo queda indefenso ante la intervención del Estado.

Por lo tanto, la eliminación de la propiedad privada y el establecimiento de la propiedad estatal inevitablemente producen resultados totalitarios. El colectivismo es un yugo colocado en el cuello del hombre por el Estado totalitario. La libertad es usurpada –incluyendo la libertad de ser buena persona– y todos son forzados a seguir los comandos morales del régimen comunista.

Si el poder es privatizado y la riqueza colectivizada, la humanidad enfrentará un desastre.

b. Economía planificada: destinada al fracaso

Bajo una economía planificada, toda la producción de la sociedad, la asignación de recursos y la distribución de productos se basa en un plan establecido por el Estado. Esto es completamente diferente de la economía basada en la oferta y la demanda en un libre mercado.

La economía planificada tiene defectos naturales y evidentes. Primero, requiere la recolección de una gran cantidad de datos para poder hacer planes razonables para la producción. Para cualquier país, especialmente un país moderno con una gran población, la cantidad de información requerida es incalculablemente grande e imposible de procesar. Por ejemplo, el Buró de Precios de los Productos Básicos de la ex Unión Soviética tuvo que fijar los precios de 24 millones de productos diferentes [5].

La complejidad y variabilidad de la sociedad y las personas no puede resolverse mediante una economía planificada unificada. Aun con el uso del big data y la inteligencia artificial de los tiempos modernos, no es posible introducir los pensamientos humanos como variables, y por lo tanto el sistema siempre estará incompleto.

El economista Ludwig von Mises trató la relación entre socialismo y el mercado en su artículo “Cálculo económico en la mancomunidad socialista” [6]. Allí señala que sin un mercado verdadero, una sociedad socialista no es capaz de hacer cálculos económicos razonables. Por lo tanto, la distribución de los recursos no puede ser racionalizada y la economía planificada fracasa.

Además, la economía planificada requiere el control coercitivo de los recursos por parte del Estado. Esto en definitiva requiere un poder absoluto, cupos e imposiciones. Cuando los requisitos del mundo real no se conforman con los planes del Estado, entonces el poder estatal pisotea las tendencias económicas naturales, causando una mala distribución masiva del capital y todos los problemas relacionados con ello. La economía planificada utiliza el poder y la «sabiduría» limitados de un gobierno para jugar a ser Dios. Es algo condenado al fracaso.

Además, una economía de poder responde ante todo a la política, en vez de a las necesidades de la gente.  La planificación económica y la política autoritaria son inseparables. Debido a que es inevitable que los planes nacionales tengan fallas, cuando surgen los problemas, los planes enfrentan desafíos tanto dentro como fuera del gobierno. Quienes ostentan el poder entonces sienten que se está desafiando su autoridad y contraatacan con presión política y purgas. Mao Zedong, por ejemplo, ignoró las leyes de la economía e impuso el Gran Salto Adelante, lo que resultó en una hambruna de tres años que causó decenas de millones de muertes. Esto le planteó aún más desafíos a su rol como líder del Partido Comunista, lo cual fue una de las razones principales por las que luego inició la Revolución Cultural.

Los desastrosos efectos de la economía planificada y la propiedad colectiva han quedado expuestos por completo en las actuales condiciones de las empresas estatales chinas. En los últimos años, un gran número de empresas estatales chinas han detenido o disminuido su producción, han sufrido pérdidas cada año o se han vuelto insolventes. Estas dependen de los subsidios del gobierno y de importantes créditos bancarios para mantener sus operaciones. En esencia se han convertido en parásitos de la economía nacional y muchas son conocidas como “empresas zombie”. [7]

Entre las 150,000 empresas estatales en China, con la excepción de monopolios estatales en los lucrativos sectores del petróleo y las telecomunicaciones, otras empresas estatales reportan ganancias mínimas y sufren grandes pérdidas. Hacia fines de 2015, el total de sus activos representaban el 176% del PIB, las deudas representaban el 127% y las ganancias representaban solo el 3,4% [8]. Algunos economistas creen que estas empresas zombie básicamente han convertido a la economía china en su rehén, la cual lleva años dependiendo de manufactura barata solo posible debido a la extrema explotación de trabajadores con paga mínima y una completa desconsideración por el medio ambiente.

Mientras tanto, la planificación económica priva a las personas de su libertad y obliga al Estado a ocuparse de ellas. Todos los aspectos de la vida de las personas están bajo el control del Estado, el cual encierra a la gente en una prisión invisible, pretende abolir el libre albedrío y altera los parámetros de la vida humana establecidos por lo divino. La esencia del proyecto trata de convertir a la gente en esclavos y máquinas. Esta es otra manifestación más de la revuelta del espectro del comunismo contra lo divino y la ley natural.

2. Países occidentales: comunismo con otro nombre

Para las personas, la «abolición de la propiedad privada» del marxismo implica la “abolición de la individualidad burguesa, la independencia burguesa y la libertad burguesa”. Para la sociedad, significa que “el proletariado utilizará su supremacía política para arrebatar, por grados, todo el capital de los burgueses, para centralizar todos los instrumentos de producción a manos del Estado, es decir, del proletariado organizado como la clase gobernante”. [9]

Muchas políticas o estructuras económicas pueden no parecen tener relación con el socialismo en la superficie, sin embargo, juegan un papel de restringir, debilitar o privar el derecho de las personas a la propiedad privada. Otras debilitan los mecanismos de la libre empresa, expanden el poder del gobierno e impulsan a la sociedad hacia el camino del socialismo. Los métodos incluyen impuestos altos, generosa ayuda social y un agresivo intervencionismo del Estado.

a. Altos impuestos y ayuda social

Los impuestos altos son un camino oculto hacia la desaparición gradual del sistema de propiedad privada. El resultado final de los impuestos altos es el mismo que el de la propiedad pública y el «igualitarismo» impuesto por los regímenes comunistas; la única diferencia es si la nacionalización se realiza antes o después de la producción. 

En Occidente, la producción se controla de forma privada, pero los ingresos se convierten en activos estatales mediante impuestos y esquemas de redistribución. Es una forma de tomar legalmente la riqueza de otros, mediante democracia y leyes, en vez de mediante matanzas y violencia.

Un aspecto importante de las economías comunistas o socialistas que se ven en países occidentales es una fuerte ayuda social, que se utiliza para erosionar gradualmente la sabiduría moral y la libertad. Si bien cierta ayuda del gobierno es razonable –como la seguridad social para las víctimas de desastres o accidentes– es fácil que la asistencia social se convierta en un conveniente instrumento para el engaño. Sus aspectos positivos se convierten en una excusa para aumentar los impuestos y el control del gobierno. En este aspecto, la asistencia social generosa ya ha tenido las mismas consecuencias destructivas que las economías abiertamente comunistas para la gente, la sociedad y los valores morales, sin la necesidad de una revolución violenta.

La asistencia social en países desarrollados de Occidente consume una gran porción de los ingresos, los cuales provienen de los impuestos transferidos desde el patrimonio privado. Toda la ayuda social debe ser pagada por el pueblo, mediante impuestos o deuda nacional. No hay otra forma de mantener este nivel de generosidad del gobierno. En Estados Unidos, más de la mitad de los ingresos fiscales se gastan en seguro social y cobertura médica. Más del 80% de este dinero proviene de impuestos a la renta personal e impuestos de seguridad social; el 11% proviene de impuestos corporativos [10]. Este tipo de enorme gasto público apenas comenzó en el siglo pasado.

En 1895, la Corte Suprema de Estados Unidos declaró que los impuestos a la renta eran inconstitucionales. La decisión se mantuvo hasta 1913, cuando se ratificó la 16° Enmienda. Datos del año 1900 de quince países muestran que solo siete aplicaban un impuesto a la renta, con Italia a la cabeza con una tasa del 10%. Australia, Japón y Nueva Zelanda tenían impuestos a la renta de alrededor de un 5%.

Para 2016, según datos de treinta y cinco economías de mercado publicados por la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE), veintisiete países tenían una tasa de impuesto a la renta superior al 30%. Los dos países con los impuestos a la renta más altos, con 54% y 49.4%, están en Europa [11]. Además de esto, al comer o comprar algún artículo en Europa generalmente hay que agregar más del 20% en impuestos. Los impuestos corporativos y de otro tipo también suman a la carga tributaria total.

Los impuestos altos no son solo una carga para los que tienen más dinero, sino también para los que están en el otro extremo. Mientras los ricos suelen tener varias formas legales de protegerse de los impuestos, la asistencia social que se le brinda a los pobres desaparece cuando su ingreso supera cierto umbral. Después de descontar los impuestos, este ingreso suele ser menor incluso al que recibían como ayuda social. En efecto, la gente es penalizada por trabajar más, lo que incentiva que sigan recibiendo la ayuda social en vez de prosperar.

Elevada asistencia social

En la sociedad moderna, el sistema de asistencia social se ha expandido hasta cubrir el desempleo, la cobertura médica, las pensiones, los accidentes de trabajo, la vivienda, la educación, el cuidado de los niños, etc., mucho más que el concepto tradicional de caridad para quienes necesitan ayuda inmediata.

Un informe de Heritage Foundation mostró que en 2013, más de cien millones de personas en Estados Unidos, o prácticamente un tercio de la población, recibía asistencia social (excluyendo la Seguridad Social y la cobertura de salud) a un promedio de USD 9000 por persona [12]. De acuerdo con estadísticas recopiladas por el Buró de Censos ese año, el 14.8% de la población estaba viviendo por debajo de la línea de la pobreza –básicamente la misma proporción que en 1967, unos años después de que el presidente Lyndon B. Johnson declarara la «guerra incondicional contra la pobreza en Estados Unidos». Esto sugiere que aumentar enormemente la ayuda social –como se hizo durante la administración de Johnson– no logró el objetivo de reducir el porcentaje de personas que viven por debajo de la línea de pobreza.

Hasta el 2014, en los 50 años desde que el presidente Johnson lanzó su guerra contra la pobreza, los contribuyentes estadounidenses gastaron 2.2 billones de dólares en ayuda social. Sin embargo, tal como muestran las estadísticas del Buró de Censos de EE. UU., la tasa de pobreza se ha mantenido estable en los últimos 40 años. [13]

Aún más, la pobreza se calcula según los ingresos y no toma en cuenta los diversos beneficios que asumen quienes reciben la ayuda social, como cupones de comida, subsidios de vivienda y beneficios en la educación. Hace más de un siglo, el pensador francés Alexis de Tocqueville dijo que al usar meramente los umbrales de pobreza para asignar la ayuda, es imposible saber si las personas beneficiadas están realmente sufriendo de circunstancias que escapan a su control o si su infortunio fue provocado por sí mismos. [14]

La categorización deliberada de grandes cantidades de personas dentro del sector «pobre» ofrece una gran excusa para aumentar la ayuda social. Los estándares de vida de los pobres hoy en día son muy superiores a los de la década de 1960. Según una encuesta del gobierno realizada en 1999, el 96% de los padres de hogares pobres dijo que sus hijos nunca habían pasado hambre por no poder comprar comida. Casi el 50% de los hogares pobres vivía en casas no adosadas, y un 40% vivía en casas adosadas. Solo el 9% vivía en casas rodantes. El 80% tenía aire acondicionado y dos quintos tenían televisores LCD con pantalla panorámica. Tres cuartos de los hogares pobres tenían al menos un automóvil [15]. 

Aún así, la asistencia social que ofrece el gobierno de EE. UU. está por debajo del promedio en comparación con los miembros de OCDE. La mayoría de las personas que viven en países nórdicos y otras naciones de Europa occidental reciben mucha más ayuda social que los estadounidenses. En Dinamarca, por ejemplo, aun los ciudadanos con mayor riqueza reciben una red de seguridad social durante toda su vida, que incluye asistencia médica y educación universitaria gratuitas, entre otros generosos beneficios. Los suecos reciben 480 días de licencia por paternidad paga cuando nace o se adopta un niño. Los griegos, antes del colapso económico de su país, disfrutaban de un salario anual de catorce meses y jubilación a los 57 años de edad. El país gastaba el 17.5% de su PIB en el pago de jubilaciones.

La expansión de la asistencia social desde su rol tradicional de ayuda de emergencia a beneficios para toda la población durante prácticamente toda la vida es, de hecho, parte del plan para imponer una economía comunista.

Ayuda social, corrupción y conflictos de clase

Desde un punto de vista económico, la esencia de la asistencia social es tomar el dinero de ciertas personas y transferir su valor a otras. Sin embargo, el gobierno es el responsable de distribuir la riqueza, normalmente sin pedir nada a cambio –restando así importancia a la sabiduría de que uno debe trabajar para poder obtener cosas. La pérdida de este principio moral es particularmente evidente en el norte de Europa.

El analista sueco Nima Sanandaji demostró este punto utilizando datos de la Encuesta Mundial de Valores. A comienzos de los 80, el 82% de los suecos estaba de acuerdo con que “está mal recibir asistencia del gobierno que no te mereces”. En la encuesta de 2010-2014, solo el 55% de los suecos estaban de acuerdo con tal declaración. [16]

Bajo un sistema de asistencia social generoso, quienes trabajan duro reciben menos ganancias, y quienes trabajan menos son recompensados con beneficios. Con el tiempo, esto distorsiona sutilmente las tradiciones morales, a medida que quienes crecen con la asistencia del gobierno pierden la laboriosidad, independencia, responsabilidad y diligencia de sus progenitores. Toman al sistema por sentado y consideran que la asistencia social es un derecho humano. Han formado el hábito de depender del gobierno y aun tenerlo atrapado para que los ayude continuamente. Así, los valores sociales han cambiado de manera casi irreversible. 

Una gran asistencia social también exprime el rol de la caridad tradicional, y priva tanto a los donantes de la oportunidad de hacer algo bueno como a los beneficiarios de la oportunidad de sentirse agradecidos. En la sociedad tradicional, la caridad se hacía por voluntad propia, ya sea ayudando directamente a los menos afortunados o donando a organizaciones de caridad como las iglesias. Había donantes y beneficiarios definidos, y poder recibir la asistencia era un privilegio, no un derecho. Quienes la recibían sentían gratitud por la bondad de los donantes y se sentían motivados a usar la caridad para complementar sus propios esfuerzos para mejorar su situación. Quienes recibían la caridad y lograban cambiar sus vidas probablemente regresarían el favor cuando vieran a otros pasando por los mismos desafíos que ellos habían pasado.

Tocqueville notó que la caridad combina las virtudes de generosidad y de gratitud, las cuales interactúan mutuamente para mejorar la sociedad y ejercer una influencia moral positiva. Al mismo tiempo, la relación entre los que daban y los que recibían cumplía la función de aliviar los conflictos y los antagonismos entre ricos y pobres, ya que el comportamiento caritativo por parte de individuos conectaba a miembros de diferentes clases económicas. [17]

El desmesurado sistema moderno de asistencia social interrumpe la relación entre donantes y beneficiarios al burocratizar el proceso de caridad. Los “donantes” de hoy en día son contribuyentes que son forzados a entregar su riqueza, en vez de compartirla voluntariamente. Al mismo tiempo, los beneficiarios de la asistencia social no tienen conexión con sus benefactores y no sienten gratitud por su sacrificio.

Tocqueville creía que la asistencia social exacerba los conflictos entre ricos y pobres. Al tener parte de su patrimonio confiscado a la fuerza, los que tienen dinero se vuelven resentidos hacia los beneficiarios de la asistencia social. Tocqueville dijo que los pobres también seguirán sintiendo descontento ya que no valoran su alivio económico: “Una clase sigue viendo al mundo con temor y aversión mientras que la otra considera su infortunio con desesperanza y envidia”. [18]

La asistencia social desmesurada se convierte en una forma en que el espectro del comunismo puede exacerbar la envidia y el conflicto político. Esto se pudo observar en la crisis económica griega: entre la clase alta, la evasión de impuestos se convirtió en un “deporte nacional”, según funcionarios griegos citados por The Economist [19]. Con menos ingresos fiscales, el Gobierno griego intentó recortar la asistencia social, pero se topó con una acérrima resistencia. Así que para que sus votantes no se enojaran, el Gobierno dependió de tomar préstamos para compensar la disminución del ingreso fiscal y así mantener el mismo nivel de asistencia social que otros países europeos. Al final, Grecia aumentó los impuestos de trabajadores de medianos y altos ingresos, campesinos y empresas.

En 2009, un estudio práctico de Martin Halla, Mario Lackner y Friedrich G. Schneider mostró que a largo plazo la asistencia social desincentiva el trabajo duro. Los tres economistas concluyeron que la dinámica del Estado de asistencia social es perjudicial para la salud de la base económica de una nación. [20]

La cultura de pobreza

La ayuda social debería ser una medida de emergencia para ayudar a los que realmente lo necesitan, en circunstancias como accidentes de trabajo, epidemias, desastres naturales, etc. No debería convertirse en la forma de subsistencia por defecto, ya que es incapaz de resolver el dilema de la pobreza.

Ampliar los criterios que determinan quién puede acceder a la asistencia social crea una atmósfera negativa que fomenta el mal uso de esos beneficios. Por ejemplo, el término «discapacidad» se redefine continuamente para poder incluir a más personas. El resultado es un malestar económico, que causa una regresión en la moral social.

En 2012, The New York Times publicó un artículo de opinión titulado “Beneficiándose del analfabetismo de un niño”, en el que habla del impacto de la política de ayuda social en familias de bajos ingresos que viven en la zona de los Montes Apalaches en el Este de Estados Unidos. El artículo describe cómo muchas familias pobres dejan de enviar a sus hijos a clases de lectura a fin de calificar para la ayuda: “Mamás y papás temen que si sus hijos aprenden a leer, tendrán menos posibilidades de calificar para un cheque mensual por tener una discapacidad intelectual”, dice el artículo. “Muchas personas [que viven] aquí en casas rodantes en las laderas son pobres y están desesperados, y un cheque mensual de USD 698 por hijo del programa de Ingreso de Seguridad Suplementario es un gran aporte –y esos cheques continúan hasta que el niño cumple 18 años”. [21]

El programa comenzó hace unos 40 años con el objetivo de ayudar a las familias que tienen hijos con graves discapacidades físicas o mentales y que por eso es difícil para los padres trabajar –alrededor de 1% de los niños pobres. En el año 2012, más del 55% de los niños cualificados para el programa estaban categorizados como discapacitados mentales, pero no tenían un diagnóstico definido. En todo Estados Unidos, ahora hay un total de unos 1.2 millones de niños “con discapacidad mental” para los cuales los contribuyentes proveen USD 9000 millones por año. [22]

Aquí, la asistencia social y las imperfecciones de la naturaleza humana se retroalimentan en un círculo vicioso. A pesar de que quienes promueven y formulan las políticas de asistencia social podrían hacerlo con buenas intenciones, el efecto de estas políticas suele ser perjudicial, tanto para los individuos como para la sociedad en general.

El abuso de la asistencia social no solo ata de manos las finanzas públicas, sino que también afecta el futuro de los niños que crecen en dicho sistema. Una investigación realizada en 2009 descubrió que dos tercios de las personas que recibieron asistencia social siendo niños continuaron recibiéndola al llegar a adultos. [23]

De acuerdo con el economista estadounidense William Arthur Niskanen, el sistema de asistencia social engendró una cultura de pobreza, que a su vez se alimenta de un círculo vicioso de dependencia en la ayuda del gobierno, hijos extramaritales, crímenes violentos, desempleo y abortos.

Niskanen analizó datos estatales del año 1992 y calculó los efectos potenciales de aumentar los beneficios de la Ayuda a las Familias con Hijos Dependientes en un 1% del ingreso promedio por cápita. Determinó que la cantidad de beneficiarios aumentaría un 3%, el número de personas en la pobreza crecería un 0.8%, los hijos de madres solteras aumentarían un 2.1% y el desempleo aumentaría un 0.5%. Los abortos y los crímenes violentos también aumentarían más del 1% cada uno [24]. El hallazgo de Niskanen sugiere que un fuerte sistema de asistencia social promueve la dependencia en el sistema y desalienta la responsabilidad personal.

La desintegración de la familia es un ingrediente clave en la cultura de la pobreza. En un estudio sobre pobreza histórica y contemporánea entre la población negra, el economista Walter E. Williams descubrió que en 1925 en la ciudad de Nueva York, el 85% de las familias negras estaban constituidas por ambos padres. Para 2015, las familias negras monoparentales habían alcanzado casi el 75%. El sistema de asistencia social incentiva este fenómeno, ya que provee bastantes más beneficios a las madres solteras que a las que se casan. Al mantenerse soltera intencionalmente, una madre puede acceder a más subsidios del gobierno, incluyendo pagos de ayuda social, subsidios de vivienda, cupones para alimentos y cobertura médica. La asistencia social ha sido fundamental en la promoción de los hogares monoparentales, que se ha demostrado que causa más pobreza. Por otro lado, Williams descubrió que la tasa de pobreza entre los matrimonios negros se ha mantenido en un solo dígito desde 1994. [25]

La izquierda utiliza la asistencia social para obtener votos

A pesar del hecho de que la asistencia social se ha estado expandiendo en las últimas décadas, la brecha entre ricos y pobres también ha estado aumentando continuamente. El salario promedio, ajustado a la inflación, aumenta a paso de tortuga mientras que la riqueza fluye hacia los de mayores ingresos, lo que da como resultado un incremento de la clase trabajadora pobre. Armada con estos problemas sociales, la izquierda presiona para que haya un gobierno más grande, impuestos más altos y más asistencia social para combatir la pobreza, exacerbando los problemas aún más.

Los políticos de izquierda usan una variedad de lemas electorales para convencer a los votantes de sus nobles intenciones, se retratan de una manera que parecen tener una fuerte base moral, a pesar de que exprimen el dinero de los contribuyentes para financiar sus programas. Su método consiste en tomar el dinero de la clase media y la alta y distribuirlo entre los pobres. Este sistema de caridad forzada oculta la relación entre donantes (contribuyentes) y beneficiarios. Los políticos se presentan como los benevolentes dadores y reciben el agradecimiento de los beneficiarios en forma de votos, mientras le dicen a los beneficiarios que deberían tener resentimiento hacia los «ricos» –los verdaderos donantes.

b. Intervencionismo económico agresivo en países occidentales

En los países occidentales, el Estado, que tradicionalmente solo aprobaba e implementaba leyes, se ha convertido ahora en un participante destacado en el ámbito económico. Como un árbitro que se une a un partido de fútbol, el Estado se ha convertido en responsable de controlar y regular el capital en lo que solía ser una economía mayormente autorregulada.

Al presente, los gobiernos del mundo libre ya están practicando un intervencionismo fuerte en sus sistemas económicos nacionales. Uno de los impulsos para esta tendencia fue la Gran Depresión de la década del 30. Después de la crisis, la sociedad occidental se vio profundamente influenciada por la teoría económica desarrollada por el economista británico John Maynard Keynes. La economía keynesiana promueve una intervención activa del Estado y la regulación de la economía mediante subvenciones. En su libro Teoría general del empleo, el interés y el dinero, Keynes se opone a la autorregulación del libre mercado y en su lugar se inclina por el aumento del gasto gubernamental y el intervencionismo, como los rescates financieros, para estabilizar el mercado.

En una sociedad próspera, el rol del gobierno es limitado. Solo en situaciones excepcionales debería el Estado interferir en la economía, como por ejemplo, durante desastres naturales u otras crisis. Pero hoy en día, la teoría keynesiana se ha arraigado en todo el mundo. Los gobiernos de prácticamente todos los países se apresuran por tener un mayor control sobre sus respectivas economías.

Cuando el gobierno tiene un rol activo en la economía, cada acción tiene un enorme efecto dominó sobre el mercado. Nuevas políticas y leyes pueden construir o destruir industrias enteras, haciendo que muchas empresas e inversores se vean sometidos a las decisiones del gobierno.

El control financiero activo combinado con políticas de fuerte asistencia social ha causado que muchos gobiernos tengan enormes deudas. Según datos de la OCDE, más de un tercio de sus Estados miembro tienen gobiernos con deudas mayores al 100% de su PIB. La deuda de un país superó el 237% de su producción económica [26]. Esto representa una vulnerabilidad importante para el futuro social y económico de muchos países.

Ronald Coase, economista ganador del Nobel, escribió muchos estudios de investigación sobre el impacto de la intervención del Estado. En su trabajo, Coase descubrió que la política intervencionista casi siempre produce resultados negativos. La explicación más probable, dijo, es que «el gobierno opera ahora a una escala tan masiva que [ha] llegado a la etapa de lo que los economistas llaman rendimientos marginales negativos. Cualquier cosa adicional que haga, lo estropea». [27]

Las consecuencias y la realidad del intervencionismo

Hay al menos dos consecuencias principales de una intervención estatal extensa. Primero, el poder del Estado se expande en cuanto a su rol y su escala. Los funcionarios de gobierno desarrollan una soberbia cada vez mayor sobre su capacidad de interferir con la economía y hacen que el Estado juegue el rol de salvador. Después de manejar la crisis, el gobierno toma la costumbre de retener sus poderes y funciones expandidos.

Segundo, el intervencionismo crea más dependencia en el gobierno. Cuando la población enfrenta desafíos, o cuando el libre mercado no puede brindarles los beneficios que quieren, la gente hará presión para que haya más intervención estatal a fin de satisfacer sus demandas.

A medida que aumenta el poder del Estado, la empresa privada se debilita y el libre mercado tiene menos espacio para funcionar. La gente que se ha beneficiado de los políticos y se volvió dependiente de ellos seguirá exigiendo que el gobierno tome la responsabilidad de distribuir la riqueza y que promulgue leyes para llevarlo a cabo.

En Occidente hay una fuerte corriente política que empuja a la sociedad hacia la izquierda. Esto incluye a los seguidores de la izquierda original, incluyendo socialistas y comunistas, además de quienes no están tradicionalmente asociados a la izquierda, pero han sido absorbidos por esta. Esto incentiva a los políticos de izquierda a tomar mayores medidas para intervenir en la economía e interferir con el funcionamiento de las empresas privadas. Esta erosión de la actividad económica normal parece estar causada por diversos movimientos sociales, pero de hecho, es el espectro del comunismo el que mueve los hilos.

Los gobiernos occidentales empuñan su autoridad en nombre de la igualdad y otras excusas políticas a fin de incrementar el intervencionismo, mientras promulgan leyes para otorgarse más poder permanente. No hay dudas de que este comportamiento priva a las economías de mercado de su árbitro principal: el libre albedrío de las personas.

En esencia, el Estado expande su autoridad sobre el libre mercado para convertirlo en una economía planificada. Las implicaciones a largo plazo son que todos los aspectos de la economía y el sustento de la población quedarán bajo el control estatal. Se utilizarán medios económicos para consolidar el poder político, esclavizando así a la sociedad y a sus ciudadanos.

c. Cómo la economía socialista lleva al totalitarismo comunista

Impuestos altos, una fuerte asistencia social y una amplia intervención del Estado son manifestaciones del socialismo dentro del sistema capitalista occidental. Así como están las cosas, la única diferencia entre un fuerte intervencionismo estatal en Occidente y las economías planificadas de los países comunistas es que en los países libres, la ley y algunos aspectos básicos del sistema protegen los derechos humanos para evitar un control total del gobierno.

Hayek, el economista y filósofo, advirtió sobre la planificación controlada por el Estado y la redistribución de la riqueza, y dijo que esto inevitablemente dañaría el mercado y llevaría al totalitarismo, sin importar si el sistema era democrático o no. Hayek creía que aunque el socialismo practicado en Europa y América del Norte era diferente de la propiedad pública y la economía planificada, de todos modos llegaría al mismo resultado: la gente perdería su libertad y su sustento, tan solo que de una manera más lenta e indirecta. [28]

Tal como ha sido planteado anteriormente en este libro, Marx, Engels y Lenin consideraban que el comunismo era el objetivo final, y el socialismo solo era un paso obligatorio en el camino. El destino final de un tren no se verá afectado porque se detenga en alguna estación a medio camino –es más, así podría recoger aún más pasajeros. De manera similar, el espectro del comunismo es la fuerza impulsora detrás de un país que se mueve hacia el socialismo. Una vez que la humanidad abandona las tradiciones, ya sea en la esfera económica o en otras áreas, y acepta la ideología comunista, el ritmo del desarrollo es irrelevante. Tarde o temprano el tren llegará a su destino.

El destino al final de este camino no es un paraíso en la Tierra, sino la destrucción de la humanidad. Al espectro no le preocupa que no haya un “paraíso” al final, ya que esta promesa es meramente un anzuelo para atraer a la gente hacia su perdición.

A continuación: Capítulo 9, Parte 2

Actualizado el 5 de junio de 2020.

Referencias

1. Thomas Jefferson et al., “United States Declaration of Independence,” July 4, 1776, National Archives, accessed April 20, 2020, https://www.archives.gov/founding-docs/declaration-transcript.

2. Karl Marx and Frederick Engels, “Manifesto of the Communist Party,” in Marx & Engels Selected Works, vol.1, trans. Samuel Moore, ed. Andy Blunden (Moscow: Progress Publishers, 1969), Marxists Internet Archive, accessed April 20, 2020, https://www.marxists.org/archive/marx/works/1848/communist-manifesto/ch04.htm.

3. Fred Schwarz, You Can Trust the Communists … to Be Communists (New Jersey: Prentice-Hall, 1960), 26–27.

4. Friedrich A. Hayek, The Fatal Conceit: The Errors of Socialism, W.W. Bartley III, ed. (Chicago: University of Chicago Press, 1991).

5. Thomas Sowell, Intellectuals and Society, Revised and Expanded Edition (New York: Basic Books, 2012), chap. 2.

6. Ludwig von Mises. “Economic Calculation in the Socialist Commonwealth,” Mises Institute, accessed April 20, 2020, https://mises.org/library/economic-calculation-socialist-commonwealth.

7. Shi Shan, “Quagmire in the Reform of China’s State-Owned Enterprises,” Radio Free Asia, September 22, 2015 [石山, 中国国企改革的困境, 普通话主页] https://www.rfa.org/mandarin/yataibaodao/jingmao/xql-09222015103826.html. [In Chinese]

8. Linette Lopez, “Zombie Companies Are Holding China’s Economy Hostage,” Business Insider, May 24, 2016, https://www.businessinsider.com/chinas-economy-is-being-held-hostage-2016-5.

9. Marx and Engels, “Manifest.”

10. Max Galka, “The History of US Government Spending, Revenue, and Debt (1790–2015),” Metrocosm, February 16, 2016, http://metrocosm.com/history-of-us-taxes/.

11. Organization for Economic Cooperation and Development, “OECD Tax Rates on Labour Income Continued Decreasing Slowly in 2016,” November 4, 2017, http://www.oecd.org/newsroom/oecd-tax-rates-on-labour-income-continued-decreasing-slowly-in-2016.htm.

12. Rachel Sheffield and Robert Rector, “The War on Poverty After 50 Years,” The Heritage Foundation, September 15, 2014, https://www.heritage.org/poverty-and-inequality/report/the-war-poverty-after-50-years.

13. Robert Rector, “The War on Poverty: 50 Years of Failure,” The Heritage Foundation, September 23, 2014, https://www.heritage.org/marriage-and-family/commentary/the-war-poverty-50-years-failure.

14. Alexis de Tocqueville, Memoir on Pauperism, trans. Seymour Drescher (London: Civitas, 1997).

15. Sheffield and Rector, “The War on Poverty.”

16. Nima Sanandaji, Scandinavian Unexceptionalism: Culture, Markets, and the Failure of Third-Way Socialism (London: Institute for Economic Affairs, 2015), Kindle edition, 75.

17. Tocqueville, Memoir.

18. Ibid, 31.

19. “A National Sport No More,” The Economist, November 3, 2012, https://www.economist.com/europe/2012/11/03/a-national-sport-no-more.

20. Martin Halla, Mario Lackner, and Friedrich G. Schneider, “An Empirical Analysis of the Dynamics of the Welfare State: The Case of Benefit Morale,” Kyklos 63, no.1 (2010), 55–74, Wiley Online Library, accessed April 20, 2020, https://onlinelibrary.wiley.com/doi/abs/10.1111/j.1467-6435.2010.00460.x.

21. Nicholas Kristof, “Profiting From a Child’s Illiteracy,” The New York Times, December 7, 2012, https://www.nytimes.com/2012/12/09/opinion/sunday/kristof-profiting-from-a-childs-illiteracy.html.

22. Ibid.

23. Kristof, “Profiting From.”

24. William A. Niskanen, “Welfare and the Culture of Poverty,” The Cato Journal 16, no.1 (1996), https://www.cato.org/sites/cato.org/files/serials/files/cato-journal/1996/5/cj16n1-1.pdf.

25. Walter E. Williams, “The True Black Tragedy: Illegitimacy Rate of Nearly 75%,” cnsnews.com, May 19, 2015, https://www.cnsnews.com/commentary/walter-e-williams/true-black-tragedy.

26. Organization for Economic Cooperation and Development, “General Government Debt (Indicator),” 2019, accessed April 27, 2020, https://data.oecd.org/gga/general-government-debt.htm.

27. Ronald Coase, as quoted in Thomas W. Hazlett, “Looking for Results: An Interview With Ronald Coase,” Reason, January 1997, https://reason.com/archives/1997/01/01/looking-for-results.

28. Friedrich A. Hayek, The Road to Serfdom (Chicago: University Of Chicago Press, 1944).

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