El fin de los tiempos y el pensamiento progresista

Al principio: ¡Un presagio! Parte 1
Por JAMES SALE
22 de Septiembre de 2020
Actualizado: 22 de Septiembre de 2020

Nos acostumbramos tanto a algunos paradigmas que nos olvidamos cuestionarlos. Tal vez, el que más me parece problemático es la idea que tenemos en occidente del “progreso”, —¿o es Progreso con P mayúscula?

El progreso tiene la suposición subyacente de que solo podemos mejorar, que las cosas están mejorando constantemente, y esta falsa suposición en particular hace enigmático nuestro paisaje político. La propia palabra “progreso” da lugar a los partidos “progresistas” con “políticas progresistas” y éstos se arrogan generalmente cierta virtud y autojustificación, como si ellos —y solo ellos— representaran esa marea de la historia que está ayudando y haciendo avanzar a la humanidad. No son como los “conservadores” estirados y cosas por el estilo, con sus ideologías anticuadas, inicuas, retrógradas y egoístas.

Parecería que ninguna cantidad de historia o experiencia real puede cambiar jamás a los devotos del progreso de esta mentalidad crónica o este paradigma de creencias.

La idea sobre que estamos haciendo “progresos” tomó un giro significativo y fatídico con la aparición del movimiento cultural de la Ilustración del siglo XVIII. El soldado francés y autor de ciencia ficción, Michel Corday, sin embargo, dejó un gato suelto cuando comentó sobre la Primera Guerra Mundial: “Cada pensamiento y evento causado por el estallido de la guerra vino como un golpe amargo y mortal contra la gran convicción que estaba en mi corazón: el concepto de progreso permanente, del movimiento hacia una felicidad cada vez mayor. Yo nunca había creído que algo como esto [la Primera Guerra Mundial] pudiera suceder”. ¡Vaya! ¡El concepto de “progreso permanente!”.

Retrato de Michel Corday con un autógrafo firmado. (Dominio público)

Recordamos en el Reino Unido que otro gran escritor de ciencia ficción, H.G. Wells —reconocido por la “Guerra de los mundos” y la “Máquina del tiempo”— creía en el progreso. Pasó su vida defendiéndolo y sin embargo cuando murió en 1946, justo después de haber terminado la Segunda Guerra Mundial, su último libro, “Mind at the End of Its Tether” (La mente al final de su atadura), termina en la desilusión, el pesimismo y la idea bastante desesperada e infundada de que nosotros, como especie, podríamos ser reemplazados por otra especie más avanzada. ¿Eso es Progreso? Su compañero de duelos verbales y amigo G.K. Chesterton lo vio con más precisión: “Todo lo que simplemente progresa finalmente perece”.

André Breton, poeta, escritor, anarquista y uno de los fundadores del surrealismo —ese movimiento específicamente modernista— describió en el manifiesto de ese movimiento: “La experiencia (…) da un paso atrás y adelante en una jaula de la que es cada vez más difícil hacerla emerger. También se apoya en lo que es más inmediatamente conveniente y está protegida por los centinelas del sentido común. Bajo la pretensión de la civilización y el progreso, hemos logrado desterrar de la mente todo lo que, con razón o sin ella, se puede denominar superstición o fantasía; se prohíbe cualquier clase de búsqueda de la verdad que no esté en conformidad con las prácticas aceptadas”.

Extrañamente, entonces, nos damos cuenta que incluso los modernistas —en sus momentos más brillantes— ven que algo está profundamente mal en nuestro pensamiento y especialmente en cómo vemos el pasado. De hecho, el progreso en sí mismo es ahora virtualmente la misma “superstición” que su advenimiento declaró que estaba aboliendo.

La forma de visión antigua

Una de las cosas más sorprendentes de los antiguos es su testimonio casi universal de que las cosas eran mejores o superiores al principio y que la historia revela un largo y lento declive. Los antiguos egipcios, por ejemplo, creían en una época llamada “Zep Tepi” (o “El Principio” o Era Dorada), una época de perfecta armonía y alineamiento planetario.

Así también, los antiguos griegos creían en una Era Dorada en la que los humanos y los dioses no estaban en conflicto, y la vida era extraordinariamente larga y saludable. Tristemente, la Edad de Oro dio paso a la de Plata y luego a la de Bronce, hasta que finalmente llegamos a su Edad de Hierro donde la guerra, la violencia y la traición son endémicas: La vida es desagradable, brutal y corta.

En el pasado, la gente creía que la edad de oro estaba en el pasado. Hoy creemos siempre que está en el futuro. Obra: “La edad de oro”, de Pietro da Cortona. Palazzo Pitti, Florencia, Italia. (Dominio Público)

La mitología hindú, también, postula cuatro edades: Satya, Treta, Dvapara y Kali. Éstas representan enormes extensiones de tiempo, y son interminablemente cíclicas; pero la cosa es que la primera edad, Satya, es la edad de la verdad pura y la rectitud, y cada edad subsiguiente representa una disminución de esa verdad. Actualmente, estamos en la Era de Kali, lo que significa que estamos en la era en la que el mal y la deshonestidad han reemplazado a la verdad y la rectitud del pasado.

Podríamos producir muchos más ejemplos, pero finalmente, acercándonos a casa, el judaísmo y el cristianismo también comparten la historia de la degeneración humana. No es una historia tan nítida como la de las “cuatro edades”, aunque los niveles de degeneración son muy evidentes en la narración del Génesis: a la Caída del Hombre del Jardín del Edén le sigue rápidamente la violencia de Caín, pero la excepcional longevidad humana se mantiene más o menos hasta el Diluvio, que es evidentemente un tiempo considerable después de la Caída.

Pero si tuviera que caracterizar una de las principales diferencias entre los humanos de la Edad de Oro y los humanos de ahora, aparte de la obvia violencia, sería su discurso. Los hindúes hablan específicamente de la verdad, una forma de hablar en la que uno dice lo que significa (en otras palabras, no mintiendo, o lo que Jonathan Swift llamó: “diciendo las cosas que no son”). En cierto sentido la violencia no es primaria, o causal de nuestras aflicciones; es sintomática.

Veamos la historia de Caín. Pero primero recordemos que el Diablo es el “padre de las mentiras” y que hablar falsamente es el resultado de pensar falsamente. El pensamiento falso —el tipo que distorsiona las elecciones morales— es a menudo un pensamiento completamente divorciado de los sentimientos del corazón.

Si pensamos en la violencia de Caín, recordamos que Dios le advirtió que el pecado estaba agazapado en la puerta y era un deseo que tenía que dominar. Después de esa advertencia, Caín se lo contó a su hermano y luego lo mató. No sabemos lo que Caín le dijo a su hermano, pero la desconexión entre decírselo a su hermano —como si quisiera compartir o aclarar— y luego matarlo cuando Caín no pudo obtener algún tipo de satisfacción de Abel es palpable. Lo que Caín le dijo a su hermano, creo que podemos asumir que no era verdad. Se mintió a sí mismo tal como le mintió a su hermano, y el asesinato fue su encubrimiento.

“Caín matando a Abel”, 1608-9, obra de Peter Paul Rubens. (Instituto de Arte Courtauld, Londres/Dominio público)

La raíz del pensamiento progresista: La Mentira

Todos nosotros estamos muy familiarizados con este tipo de lenguaje falso dado que siempre hemos estado expuestos a él. La historia está llena de ejemplos famosos de lenguaje falso, engañoso y mentiroso. A veces sentimos que nosotros tenemos que decirnos “mentiras blancas” si queremos preservar nuestras relaciones con aquellos que consideramos importantes para no molestar —a un miembro de la familia, por ejemplo—. Esto es lo contrario de lo que dijo el erudito confuciano Chu Hsi: “La sinceridad es el principio de la realidad. Esto significa ser uno mismo ya sea de frente o a espaldas de los hombres”.

El budismo extiende todo esto en su Noble Camino Óctuple. Los pasos de este camino son la comprensión correcta, el pensamiento correcto, el discurso correcto, la acción correcta, el sustento correcto, el esfuerzo correcto, la atención correcta y la concentración correcta. Noten ese maravilloso flujo: comprensión… pensamiento… discurso… acción. Esto funciona no solo a nivel individual sino también a nivel social. Si la sociedad se basa en la mentira y en el fomento de la mentira, entonces las consecuencias son terribles —si no inmediatamente, entonces a su tiempo—.

La rueda del Dharma de ocho rayos simboliza el Noble Camino Óctuple en el Budismo. (Chris Falter CC BY-SA 3.0)

Es por esto que George Orwell, a pesar de ser un socialista, fue una especie de héroe al perseguir implacablemente la verdad e insistir en el lenguaje para hacerlo. Documentó y también previó lo que sucedería una vez que el lenguaje se apartaría de la realidad que nos rodea. Su ensayo “La política y el idioma inglés”, es un análisis forense del problema; y sus dos grandes obras de ficción, “Animal Farm” y “1984”, a pesar de ser ficción, demuestran con asombrosa precisión las consecuencias del lenguaje falso. Sus obras son un ejemplo supremo sobre que la ficción es más verdadera que cualquier documento político de su tiempo.

La sátira política de George Orwell “Animal Farm” demuestra que las teorías de Karl Marx se basan en la usurpación del lenguaje y en la mentira. (Dominio público)

Antes de volver a la cuestión del lenguaje de la Edad de Oro, nosotros podemos notar que este problema lo tenemos ahora en Occidente. Lo llamamos “noticias falsas”, pero no es, a su manera, diferente de la difusión de la propaganda bajo los nazis y los soviéticos del siglo XX. Las noticias falsas son propaganda y están diseñadas para sembrar discordia, incertidumbre y miedo.

De esta manera, la opinión moderada y la propia democracia se ven desconcertadas, socavadas y finalmente derrotadas a menos que las autoridades democráticas y legítimas actúen con decisión para contrarrestar esta embestida al pensamiento y a las ideas.

De particular interés ahora es el resurgimiento de la ideología marxista que se disfraza bajo encabezados “progresistas”. Tal vez el comentario más revelador sobre el marxismo, el comunismo o el bolchevismo que jamás se haya hecho —ciertamente relevante para nuestro tema de lenguaje y progreso— fue dicho por el filósofo Leszek Kolakowski en su texto “Las principales corrientes del marxismo: sus orígenes, crecimiento y disolución”. Él dijo, “La falsedad es el alma del bolchevismo”.

¡La falsedad —mentiras— es su alma! Es su corazón; y esto es exactamente lo opuesto a la Edad de Oro, El Sendero Óctuple, Adán antes de la Caída del Hombre, y mucho más. Por lo tanto, el lenguaje de esta ideología constantemente enfatiza el progreso, pero en realidad significa lo opuesto. Es por esto que los historiadores a menudo están de acuerdo con el profesor Norman Davies, quien dice en su libro “Europa: Una Historia”, que “en el frente moral, uno tiene que notar el contraste extremo entre el avance material de la civilización europea y la terrible regresión en los valores políticos e intelectuales”.

Dada esta situación, la pregunta intrigante es: ¿Cómo era realmente ese lenguaje ya perdido? ¿Podemos decir más al respecto? Veremos esto en la segunda parte de este artículo.

James Sale es un hombre de negocios inglés cuya compañía, Motivational Maps Ltd., opera en 14 países. Es autor de más de 40 libros sobre gestión y educación de las principales editoriales internacionales, incluyendo Macmillan, Pearson y Routledge. Como poeta, ganó el primer premio en el concurso de la Sociedad de Poetas Clásicos de 2017 y habló en junio de 2019 en el primer simposio del grupo celebrado en el Club Princeton de Nueva York.


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Las opiniones expresadas en este artículo son propias del autor y no necesariamente reflejan las opiniones de La Gran Época

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