Joven argentina criada entre ovejas se gradúa de médica para “volver a los cerros” a atender a su gente

Por La Gran Época
31 de Julio de 2019 Actualizado: 31 de Julio de 2019

Cuando una joven que nació entre las comunidades preincaicas de Argentina salió por primera vez de su pueblo entre los cerros y montañas de los Andes, lo hizo con un propósito: convertirse en médica para para volver a los cerros y servir a su pueblo.

Fátima Álvarez terminó sus estudios de medicina en la universidad de Buenos Aires y está inmensamente feliz. Y no solo ella está feliz, sino también su pequeño pueblo que la vio partir gracias al apoyo de sus humildes padres que vendían dulces para pagar sus estudios, según publicó Infobae.

“Felicidades médica Fátima Álvarez, el estudio valió la pena y haber valorado el sacrificio de tus padres. Dios bendiga tus pasos!!!”, dice el cartel que la recibió en su pueblo cuando terminó sus estudios de medicina que cursó en capital del país.

La joven proviene de una familia humilde de una comunidad de la puna salteña, en la meseta de alta montaña de la cordillera de los Andes, y se graduó en la facultad de Medicina con altas calificaciones, superando las dificultades que tuvo que enfrentar alejada de su tierra, su familia, sus tradiciones y sus costumbres.

Pero Fátima nunca olvidó ni sus raíces ni su propósito final.

Nacida en Rosario de Lerma, Salta, una zona rural con escasos servicios y sin tecnología, Fátima vivió los primeros años de su vida en su sencilla casa de adobe, sin luz eléctrica, rodeada de cactus, bajo el arduo sol y el intenso viento de las tierras incaicas mientras soñaba con ser médica

“¿Qué te parece si nos vamos a Buenos Aires a estudiar medicina?”, fue la pregunta que su amiga Nadia le hizo a Fátima y que abriría paso a una nueva vida.

Aunque para Fátima esa idea era impensable, pues ningún familiar o conocido había estudiado en la universidad o se había ido a la gran ciudad, lo consultó con sus padres. “Nunca me dijeron que no, a pesar que no había dinero”, dijo la joven sobre el apoyo que siempre ha recibido de sus padres.

Pero sus comienzos lejos de casa no fueron fáciles. “Me gustaba estudiar pero por momentos me levantaba con pesadillas y no sabía dónde estaba. Lloraba demasiado”, recuerda la joven, quien de niña vivía entre ovejas y hortalizas en los cerros de la puna, y veraneaba en las montañas en casa de sus abuelos.

“Era muy lindo”, dice cuando recuerda su niñez entre dulces y golosinas preparadas en casa, en las fiestas del pueblo de sus abuelos.

“Estoy orgullosa de nuestra construcción cultural y de la calidez de la gente del Norte. Somos esencialmente gente de bien”, agrega al mencionar lo que valora en la gente de su región.

“Separarme de mi familia y sobre todo de mi melliza, fue muy difícil. No sé cómo hice para romper físicamente con ese lazo”, dijo la melliza de Rosario. Ellas tienen otras 4 hermanas.

Sus padres venden dulces y pan que hace Elba, su mamá. Con la preparación y venta de empanaditas, pasta frola y otras delicias tradicionales de la región, sus padres pudieron construir su casa y pagar el pasaje para que su hija estudie en Buenos Aires.

Pero cuando sus padres no pudieron pagar todo lo que necesitaba para estudiar en la capital, una tía le consiguió hospedaje especial en una residencia de monjas, y con la ayuda de su mamá, Fátima obtuvo el apoyo de una fundación.

Durante varios años, la joven solo tenía dinero para viajar una vez por año a su pueblo, así que añoraba a su familia estando lejos de casa. Tuvo que sobreponerse al deseo de dejar sus estudios y regresar a su pueblo, manteniendo firme su propósito de convertirse en médica.

“Muchos comentaban que la gente llegaba a Buenos Aires y se volvía, después de hacerle gastar plata a su familia. Pero mis padres jamás me cortaron las alas. Jamás me dijeron que tenía que quedarme trabajando con ellos. […] me sorprende cómo se sacrificaron por mí”, recuerda Fátima emocionada  y agrega: “Nunca me reclamaron nada”.

Confiesa: “Soy cauta y tímida por naturaleza” y dice sobre sus primeros años: “Si hubiera sido realmente consciente de los peligros, las trabas y la exigencia de esta ciudad, tal vez no me venía”.

Pero el deseo de ayudar a los necesitados surgió en ella desde pequeña. “Empecé a recorrer caminando o a caballo los poblados más alejados de la montaña. Y si bien conocía aquello, supe lo que era la desigualdad. No había médicos… Entonces me pregunté qué podía hacer por los salteños”, recuerda.

Y ese anhelo la alentó a seguir adelante, superando su timidez y miedos ante la gran ciudad. “Tenía un motor: ayudar a mi gente. Si estudiaba medicina, podía ser útil”.

Después de un año decisivo para poder seguir estudiando, en su pueblo su mamá pidió ayuda a la Fundación Grano de Mostaza y consiguió que le pagaran sus estudios en Buenos Aires.

“Creía poco en mí, pero aproveché las oportunidades y mantuve la voluntad. De eso se trata. Lo hice por mí y por mis padres, que me enseñaron a ser respetuosa y honesta -afirma Fátima sonriente- Tanto es así, que no puedo mentir. Si lo hago, ¡me pongo toda colorada y nerviosa!”.

“Si viajara en el tiempo volvería a tener la infancia que tuve. Admirar la naturaleza, crecer con inocencia y sin necesitar de más”, agrega la ahora médica residente de especialidad en un hospital de Buenos Aires.

“Estudié medicina y voy a seguir formándome para volver a los cerros de Salta y atender a mi gente. Vine por ellos”, agrega convencida y entusiasta la decidida médica Fátima.

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