Los oscuros orígenes del comunismo: Parte 1 de 3

28 de Mayo de 2017 Actualizado: 22 de Marzo de 2019

Si se le preguntara a la gente sobre el origen del comunismo, la mayoría respondería sobre Karl Marx y Friedrich Engels, autores del Manifiesto comunista. Si en cambio se le preguntara a un marxista, probablemente haga referencia a François-Noël “Gracchus” Babeuf, considerado el primer revolucionario comunista.

Y si Babeuf pudiera hablar hoy  y se le preguntara sobre los orígenes de su creencia, probablemente respondería que, bueno… es complicado.

El 28 de julio de 1794, el político francés Maximilien Robespierre fue decapitado en la guillotina frente a una multitud, finalizando así la dictadura del Club Jacobino, una sociedad política revolucionaria durante la Revolución Francesa.

La decapitación de Robespierre también puso fin a El Terror, un sangriento segmento de la Revolución Francesa en la cual decapitaron a más de 16.000 personas.

El rol de Babeuf en la historia llegó poco después de la muerte de Robespierre, un evento que hizo desparramar a las numerosas figuras radicales debajo de él. Según el libro “La Bandera Roja” de David Priestland: “Babeuf condenó a Robespierre por traicionar a los artesanos y campesinos de Francia, y se convirtió en el líder de los primeros movimientos comunistas”.

Bajo la nueva visión de Babeuf, el dinero sería eliminado y se forzaría a la gente a entregar todos los frutos de su labor a un ‘almacén común’.

La meta de Babeuf era derrocar el Directorio Francés, el gobierno revolucionario de 1795 a 1799, y recuperar el poder para los Jacobinos en un “comunismo igualitario”, bajo un nuevo sistema prestado de las ideas socialistas que estaban emergiendo en ese entonces.

Según Priestland, Babeuf “desarrolló una condena más radical a la propiedad que la que tuvo con los Jacobinos” y también abandonó la idea de que la ley agraria por sí sola podría materializar su nueva visión de “igualdad absoluta”.

Bajo su nueva visión, el dinero debía ser eliminado y se forzaría a la gente a entregar los frutos de su labor a un “almacén común”. Luego un gobierno todopoderoso se encargaría de redistribuir esos bienes.

Babeuf aprendió una lección de lo que él consideraba defectos del Jacobinismo moderado y tomó nota del amplio uso de violencia en el Terror de Robespierre. Babeuf buscaba un sistema aún más extremo que usara la revolución violenta para tomar el control y forzarla en la sociedad.

Este plan tomó forma en la Conspiración de los Iguales de Babeuf, el cual formó mientras estaba en prisión en febrero de 1795 por “incitar a la rebelión, asesinato y disolución del cuerpo representativo nacional”, según cuenta el libro “Un Diccionario Crítico de la Revolución Francesa”. El libro hace notar que entre los conspiradores había “ex terroristas y ‘neo terroristas’ prisioneros: Germain, Bodson, Debon, y Buonarroti”. Pronto se les sumaron otros radicales.

Pero antes de que Babeuf pudiera llevar a cabo el levantamiento armado planeado para el 11 de mayo de 1796, el Directorio Francés se enteró. El 10 de mayo, un día antes de que el plan se ejecutara, Babeuf y muchos de los conspiradores fueron arrestados y luego de un juicio de dos meses, fueron sentenciados a muerte.

Babeuf fue decapitado con la guillotina el 27 de mayo de 1797, pero sus teorías fueron continuadas por uno de sus conspiradores sobrevivientes, Filippo Buonarroti, quien documentó la historia del movimiento fallido.

Construida sobre las ideas de Babeuf, una nueva sociedad secreta conocida como la Liga de los Proscriptos pronto emergió en París.

Según Priestland, Wilhelm Weitling, un sastre alemán, se unió a la sociedad luego de llegar a París en 1854 y pronto se convirtió en “una de las figuras comunistas más conocidas en la década del 1840”.

Weitling tomó las ideas de Babeuf de la revolución violenta, igualdad forzada por el estado y la destrucción de la propiedad, y según Priestland, agregó a éstas sus propias ideas de una “visión apocalíptica cristiana”. Bajo su dirección, la Liga de los Proscriptos cambió su nombre a la Liga de los Justos.

Muchas sociedades radicales secretas existieron en Europa en ese momento, y muchas figuras y periódicos diseminaban las nuevas ideas del socialismo y del comunismo. Esto era especialmente cierto en París, testigo de tantos intentos de revolución en la década de 1800.

La Liga de los justos se unió a la rebelión Blanquista de mayo de 1839, conducida por Louis Auguste Blanqui. Él se convertiría más tarde en el líder de lo que se considera el primer gobierno comunista, la Comuna de París de 1871, que pagaba por un programa de ejecuciones y destrucción que en tan solo dos meses dejó decenas de miles de muertos y en ruinas, un estimado de un cuarto de las reliquias culturales de París.

La Liga de los justos se reubicó en Londres luego de la rebelión fallida de 1839 y formó la Sociedad Educacional para el Trabajador Alemán en 1840. En ese entonces, en un congreso en junio de 1847, la Liga de los justos se unió al Comité de Correspondencia Comunista, formado un año antes y encabezado por Karl Marx y Friedrich Engels.

Ellos formaron entonces la Liga comunista, con Marx y Engels al timón. Desde dentro de la liga, Marx y Engels escribieron el “Manifiesto Comunista”, que publicaron un año después en 1848.

El manifiesto se volvió desde entonces en un texto principal para los regímenes comunistas. Sin embargo, según “Marx y la Revolución Permanente en Francia” de Bernard H. Moss, era en ese tiempo simplemente un “dudoso panfleto escrito para una pequeña secta” y no ganó mucha atención en lo inmediato.

El manifiesto tuvo poco impacto inmediato porque en 1848 “la mayoría de las ideas que contenía eran comunes entre los demócratas de la clase trabajadora, ciertamente en Francia”, dice Moss.

Sin embargo ganó popularidad junto con el elevamiento de los perfiles de Marx y Engels, ya que proveía un panfleto corto y consolidado que reunía las enseñanzas a gente que no iba a poner el esfuerzo en leer los otros escritos de Marx y Engels.

Otra parte principal que jugaron Marx y Engels, fue sus intentos de unificar los diferente movimientos socialistas y comunistas de su época; algo intentado por primera vez en el Club de Trabajadores Alemanes, y luego otra vez con éxito en sus roles en la Asociación Internacional de Trabajadores, también conocida como la Primera Internacional.

Marx y Engels querían unir a los varios movimientos socialistas y comunistas bajo una ideología común y establecieron una forma de comunismo que escarbaba en lo profundo de sus raíces, las ideas detrás de la Revolución Francesa. Marx y Engels pidieron fervientemente la destrucción de toda jerarquía que pudiera cuestionar su propia jerarquía totalitaria y tal como en la Revolución Francesa, apuntaron a la destrucción de la familia, la nobleza y la religión.

Aunque el Manifiesto Comunista parece enarbolar altos conceptos como la igualdad y la solidaridad, promueve ideas que son desastrosas para la humanidad. El manifiesto declara que el “comunismo elimina las verdades eternas, elimina toda religión y toda moralidad”.

En lugar de las virtudes y responsabilidades personales, el manifiesto quería un gobierno todopoderoso que destruyera por la fuerza toda estructura social y se ubicara como el poder único que forzara sobre los ciudadanos un nuevo sistema de ateísmo y lucha de clases.

Marx y Engels escribieron en 1845 en “La Sagrada Familia” que “el movimiento revolucionario que comenzó en 1789 en el Círculo Social … y que fue derrotado temporalmente con la conspiración de Babeuf, dio comienzo a la idea comunista que el amigo de Babeuf, Buonarroti, reintrodujo en Francia luego de la Revolución de 1830. Esta idea, desarrollada con consistencia, es la idea del nuevo orden mundial”.

En tan solo un siglo, este nuevo sistema, según “El libro negro del comunismo”, sería responsable de la muerte de más de 100 millones de personas.

Se estima que el comunismo ha matado al menos 100 millones de personas, no obstante sus crímenes no han sido recopilados y su ideología aún persiste. La Gran Época busca exponer la historia y creencias de este movimiento, que ha sido una fuente de tiranía y destrucción desde su surgimiento. Lea toda la serie de artículos aquí.

Las opiniones expresadas en este artículo son propias del autor y no necesariamente reflejan las opiniones de La Gran Época

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