Los venezolanos pueden acabar con la tiranía

Por David Kilgour
05 de Febrero de 2019 Actualizado: 05 de Febrero de 2019

Venezuela ha jugado durante mucho tiempo un papel democrático importante en las Américas, incluyendo el de convertirse en la primera nación latinoamericana en terminar con el dominio militar en 1958.

Sin embargo, cuando Nicolás Maduro prestó juramento para su segundo mandato como presidente el 10 de enero, el país, uno de los más ricos en petróleo del hemisferio, experimentaba una catástrofe humanitaria.

El PIB de Venezuela cayó casi a la mitad desde 2013. Millones de personas carecen de alimentos, acceso a la asistencia médica, medicamentos, agua corriente y electricidad, mientras que tres millones de personas -la décima parte de la población- ya huyeron del país.

En 2017 más de 100 manifestantes fueron asesinados, la mayoría por soldados leales al régimen de Maduro después de que este suspendiera el orden constitucional de la nación, que tanto trabajo le costó conseguir, y más de 1000 ciudadanos fueron arrestados en los últimos días.

La televisión de la BBC recientemente resaltó los estantes vacíos en las tiendas de comestibles de Caracas y citó a una maestra diciendo que su salario mensual le permite comprar solo tres Coca-Colas. La mala gestión económica de Maduro generó una hiperinflación que supera el millón por ciento anual; se espera que el desempleo alcance el 40 por ciento a finales de 2019.

Transparency International califica a Venezuela como el país con el peor desempeño de las Américas en el Índice de Percepción de la Corrupción de este año, con un puntaje de 18 sobre un máximo de 100, lo que refleja una “corrupción sistemática y persistente”.

The Economist calificó la elección presidencial del pasado mes de mayo como “un fraude al alza y a la baja”. Sin embargo, Maduro continúa reprimiendo a la oposición electa y usando el dinero de las exportaciones de petróleo para pagar a las fuerzas armadas por su continuo apoyo.

Prácticamente todas las democracias del hemisferio se oponen a Maduro. El exembajador de Canadá en Venezuela, Ben Rowswell, escribió recientemente: “Aunque la intervención rusa y china en Venezuela mantenga a Maduro en el poder por más tiempo, la historia recordará cuán profundamente lo han denunciado sus conciudadanos y la mayoría de América Latina”.

“Cuando la democracia regrese, los venezolanos recordarán a los países que los apoyaron cuando las cosas estaban mal”.

La semana pasada el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, firmó una orden ejecutiva que impone sanciones a la compañía petrolera estatal de Venezuela, PDVSA. Las empresas estadounidenses pueden seguir comprando petróleo venezolano, pero los pagos deben realizarse en una cuenta inaccesible para el régimen de Maduro.

La producción de petróleo en Venezuela ha bajado severamente después de años de mala administración, creando un ciclo de caída de la producción y los ingresos. Desesperado, el gobierno de Maduro comenzó el año pasado a vender las reservas de oro de Venezuela de unas 132 toneladas.

Fundado en 2017, el Grupo de Lima de 14 democracias de todo el hemisferio, sin incluir a Estados Unidos, trabajó con la Asamblea Nacional de Venezuela como el último organismo legítimamente elegido para restaurar la democracia en Caracas.

El 23 de enero, el grupo aseguró una amplia aceptación en toda América Latina de la figura de Juan Guaidó, de 35 años, como presidente interino. Anteriormente había prestado juramento como presidente de una asamblea nacional elegida de manera justa.

Esta semana, la ministra de Relaciones Exteriores de Canadá, Chrystia Freeland, celebra en Ottawa una reunión con los miembros del Grupo de Lima para buscar una solución pacífica a la crisis que se está intensificando.

Ella enfatizó: “Los miembros del Grupo Lima discutirán los próximos pasos para apoyar al Sr. Guaidó y al pueblo de Venezuela.”

También mencionó iniciativas para proporcionar más ayuda humanitaria a los venezolanos y a los refugiados que huyen a los países vecinos de Colombia y Brasil.

Freeland hace un llamado a Maduro para que respete “la soberanía del pueblo venezolano”.

“La soberanía reside en los ciudadanos del país, no en el gobierno”, dijo. “La iniciativa para restaurar la democracia debe venir del pueblo”.

Irwin Cotler, exministro de justicia canadiense que forma parte del panel de la OEA que investiga crímenes contra la humanidad en Venezuela, piensa que el Grupo de Lima debería presionar a los militares venezolanos para que apoyen a Guaidó.

“Es posible que la comunidad de democracias presione la remisión a la CPI (Corte Penal Internacional) para que los líderes militares se den cuenta de que pueden ser responsables de sus crímenes, si continúan apoyando a Maduro”.

Por primera vez desde que fue elegido en 2013, Maduro se enfrenta a un único líder de la oposición en Guaidó con un amplio apoyo público.

Guaidó se declaró líder interino la semana pasada, a la espera de una nueva elección presidencial legítima. La manifestación pública del fin de semana pasado en Caracas fue una de las más grandes en la historia de Venezuela.

Hasta hace pocos días, el fin del régimen de Maduro era para muchos solo un sueño lejano. Hoy, la democracia, el estado de derecho y la dignidad humana podrían retornar rápidamente, pero la reunión de Ottawa de esta semana probablemente debería limitar las expectativas si se quiere restaurar el papel de Venezuela como líder democrático en las Américas. La amnistía para las fuerzas armadas y otras ofertas de reconciliación serán, sin duda, necesarias.

David Kilgour, abogado de profesión, sirvió en la Cámara de los Comunes de Canadá durante casi 27 años. En el Gabinete de Jean Chrétien, fue secretario de Estado (América Latina y África) y secretario de Estado (Asia-Pacífico). Es autor de varios libros y coautor con David Matas de “Cosecha sangrienta”: impactante informe que denuncia el infame asesinato de practicantes de Falun Gong

Los puntos de vista expresados en este artículo son las opiniones del autor y no reflejan necesariamente los puntos de vista de La Gran Época.

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Las opiniones expresadas en este artículo son propias del autor y no necesariamente reflejan las opiniones de La Gran Época

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