Un plan para aplastar a MS13

Por Fergus Hodgson - Antigua Report
27 de Junio de 2018 Actualizado: 27 de Junio de 2018

El primer presidente de la Sociedad Texana para la Abolición de la Pena Capital hacía una excepción a su activismo: el crimen organizado.

“Son hombres de negocio”, explicaba el ya fallecido John Silber. “A diferencia de otros criminales de peso, ellos responden a incentivos y no están motivados por pasiones”.

Silber, por entonces presidente de la Universidad de Boston y mi mentor, se refería al hecho de que el crimen organizado aparece predeciblemente cuando existe una ruptura del imperio de la ley e incentivos perversos que alimentan al mercado negro. La fórmula es una aplicación rápida de la justicia acorde al crimen, junto con la adecuación de las leyes a las necesidades de los electores. Las dos van de la mano; una sola no es suficiente.

El creciente problema de MS13, más conocido como Mara Salvatrucha, se ajusta perfectamente a este patrón. La pandilla proviene de la región más violenta del mundo, el Triángulo Norte centroamericano, mayormente de El Salvador y su diáspora en California. En dichos Estados frágiles —incluyendo Guatemala y Honduras— lo que impera es la ley del más fuerte, en especial fuera de los cascos urbanos.

Además, MS13 prospera gracias a la desesperación económica y la actividad comercial en el submundo social: drogas, prostitución, inmigración ilegal y tráfico de armas. Se han vuelto tan experimentados en este sector que ahora proveen insumos a otras organizaciones criminales y entrenan a sus miembros.

Generalmente no actúan como proveedores directos, sino que extorsionan con impuestos privados a quienes operan en sus territorios de influencia. InSight Crime, una fundación que estudia el crimen organizado en América Latina, afirma que la extorsión es la principal fuente de ingresos de la pandilla.

La MS13 en América (PDF), un informe de 97 páginas de Insight Crime publicado este año en conjunto con el Center for Latin American and Latino Studies, resalta la necesidad de acabar con sus incentivos. Señalan que “la MS13 es una organización difusa y con subdivisiones, sin un único líder ni estructura de liderazgo que dirija a la pandilla en su conjunto”.

Es decir, no hay cabeza que cortar. Incluso si lo hubiera, la pandilla rival Barrio 18 u otras sencillamente ocuparían su espacio.

Pese a sus horrendos crímenes y su apariencia amenazadora, MS13 es vulnerable —en caso de que el presidente estadounidense Donald Trump y sus aliados esten dispuestos a enfrentarlos—. No existe una solución rápida, pero una estrategia decidida, coordinada e integral puede desestabilizarlos.

La mala noticia es que este problema no puede aislarse al sur de la frontera, y si se lo ignora, solo empeorará. También puede requerir hacer uso de influencias o presionar internacionalmente a El Salvador, cuyo presidente Salvador Sánchez Cerén es un aliado de Cuba y Venezuela y un exguerrillero marxista.

La buena noticia es que existen muchas organizaciones y aliados confiables de Estados Unidos, especialmente en Guatemala y Honduras, con la voluntad y las habilidades necesarias. La solución también depende de EE. UU., ya que sus propias leyes, ayuda internacional y Departamento de Estado han jugado un papel en desestabilizar América Central.

Cuando se trata de la justicia en Centroamérica, hay que considerar que muchas organizaciones criminales ya han infiltrado a la Policía y han conquistado aliados en el sistema judicial. La Liga Propatria y otras organizaciones de la sociedad civil de Guatemala han demostrado cómo la ayuda internacional, incluyendo la estadounidense, ha apoyado a pandillas violentas que gozan de protección judicial.

Todas las relaciones de EE. UU. con el Triángulo Norte deben, por ello, basarse en la exigencia del cumplimiento de la ley de forma transparente y uniforme. Eso significa retirar fondos a la ya comprometida Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala (CICIG) de la ONU. También implica que la ayuda de la Alianza por la Prosperidad en Centroamérica, iniciada durante el Gobierno de Barack Obama, dependa de la liberalización de mercados y una policía descentralizada.

Una táctica que ha funcionado contra pandillas en El Salvador ha sido los comités ciudadanos de autodefensa. Pobladores de la frontera con Guatemala se han organizado para armarse e incluso expulsar a Barrio 18 de dos localidades. Otras comunidades están siguiendo su ejemplo.

Los habitantes reconocen que la confrontación directa es necesaria, ya que enviar a pandilleros a prisión logra muy poco. Aún encarcelados, ellos hacen negocios y operan fácilmente, incluso aprovechando su estadía para reclutar a otros presos.

La pena capital merece ser considerada para una organización cuyo lema es “matar, violar y controlar”, especialmente cuando los culpables celebran en lugar de ocultar su membresía. La ausencia de este castigo ha provocado la aparición lamentable pero inevitable de Sombra Negra, unos justicieros paramilitares que han asesinado a decenas de pandilleros de MS13 —incluido a algunos en Guatemala— inspirando a grupos similares.

El problema que acarrea el débil imperio de la ley con MS13 abre las puertas a los lucrativos mercados negros que financian sus operaciones. En este asunto, Estados Unidos puede, si está dispuesto a autoexaminarse, dar un gran golpe a MS13.

MS13 impone impuestos y controla a muchos mayoristas y distribuidores de droga, a la vez que se beneficia de los precios inflados por la prohibición. Pese a mi oposición personal al uso de estupefacientes, la guerra contra las drogas no puede ganarse con represión policial, al menos no mientras tantos estadounidenses sean ávidos consumidores.

Una sólida mayoría de los estadounidenses está a favor de la legalización de la marihuana, y Trump ha sugerido dejar que cada Estado decida su política sobre el tema. Este puede ser el primer paso hacia una liberalización más amplia y la reversión de la fallida guerra contra las drogas. Su fin significaría la desaparición del mercado negro que MS13 extorsiona y controla, al menos dentro de EE. UU.

Una última pero importante pieza de este rompecabezas es algo pendiente desde hace décadas: una reforma migratoria. La enorme población de inmigrantes ilegales en Estados Unidos, una clase permanentemente marginada, es presa fácil para MS13. Trump entiende que EE. UU. necesita muros altos y amplias entradas —una estricta aplicación de la ley, pero un proceso simplificado de legalización para que los migrantes de Centroamérica puedan participar de la economía formal.

La polémica sobre si llamar animales o no a los pandilleros de MS13 es una distracción, pero la necesidad de una respuesta dista de serlo. Si hay la voluntad, hay un camino: liberalizar los mercados cautivos y establecer castigos con penas severas. Solo así se verán obligados a retroceder.

Las opiniones expresadas en este artículo son propias del autor y no necesariamente reflejan las opiniones de La Gran Época

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