Valiente niña cruza todos los días barranco entre Ecuador y Colombia para poder tener clases en línea

Por EFE
18 de Abril de 2021
Actualizado: 18 de Abril de 2021

Cada día, Valentina Arellano toma un pequeño desayuno y sale de casa a las 6 de la mañana, acompañada por su madre, para atravesar una de las “trochas” sobre el río Carchi, la frontera natural entre Ecuador y Colombia.

Tiene nueve años y es de nacionalidad colombiana, pero vive del lado ecuatoriano de la demarcación, en una humilde casona ubicada junto a una antigua sede de estilo neoclásico de la Policía de Aduana, hoy en desuso.

La pandemia mantiene desde hace más de un año la frontera binacional clausurada para el tránsito de personas, lo que no ha impedido que la menor, quizás en honor a su nombre, se llene de valentía para atravesar el desfiladero que separa los dos países, y poder cumplir con el sueño de estudiar.

“Me gustan las matemáticas”, explicó la niña, consciente del peligro que corre, ya que, “cuando llueve, sí, es muy resbaloso y me sabe [sic] dar miedo porque puedo caer a la peña”.

Valentina Arellano y su madre cruzando la frontera, a 1.5 kilómetros de su casa. (Xavier Montalvo/EFE)

Sin Internet y computadora

La situación de Valentina no es el único caso de niños o maestros en Ecuador que se han visto obligados a buscar la manera de continuar en la escuela. Pero sí uno de los más extremos conocidos.

Alrededor de 90,000 escolares, de los más de 4.3 millones de niños en el país, se encuentran fuera del sistema educativo por las dificultades agudizadas debido al COVID-19, según alertó un estudio de Unicef a inicio de año.

Algunos por no disponer de computadora para clases virtuales, otros por no tener Internet, y muchos, por las dos razones.

Es precisamente el caso de Valentina, cuyo objetivo cada día es llegar a casa de su tía al otro lado de la frontera, a 1.5 kilómetros, porque tiene computadora e Internet, algo que no se puede permitir su familia.

“Le toca pasar allá esa trocha todas las mañanas y viene acá para continuar con sus tareitas”, comentó su tía Narcisa Guadalupe, madre de tres y abuela de dos pequeños, con los que Valentina tiene que compartir computadora y celular para estudiar.

Valentina ha tenido varias menciones de honor que recibió de la escuela Tomás Arturo Sánchez, en el vecino municipio colombiano de Ipiales, donde está inscrita.

En tiempos normales, le llevaría unos 10 minutos llegar a su escuela en autobús, pero no en pandemia.

Valentina tomando su clase en línea. (Xavier Montalvo/EFE)

Peligrosa travesía

Al iniciar el día se coloca su mochila, y junto a su madre, que calza botas de goma para evitar resbalones, salen para llegar a la clase virtual a las 6:30 de la mañana.

Su tío abuelo, Raúl Arellano, con el que vive, explica que la menor perdió un año debido a la falta de medios para poder seguir las clases, por lo que este curso tuvo que repetir cuarto de primaria.

“Desde que hubo esta enfermedad (COVID-19) perdió un año, un año que no estudió, entonces tocó mandarla” al otro lado, expresó.

En su travesía, madre e hija suelen cruzarse con militares que regresan de darse un baño en unas aguas termales descubiertas en 1939, junto a la vivienda familiar.

A pesar del cierre de fronteras, las fuerzas de seguridad dejan cruzar a Valentina y su madre, al entender que se trata de un caso humanitario.

“Me dejan pasar porque mi abuelito les pide”, aclara la niña, aunque matiza que “a cada rato, los cambian”.

Un perro las acompaña por la mañana en medio del abismo, cual guardián moral, y según avanzan se observa el fluir del río a varias decenas de metros de sus pies, donde han perdido la vida en los últimos años decenas de migrantes, en su mayoría venezolanos.

Una vez en el lado colombiano, la niña rodea el paso fronterizo dejando atrás el Puente Internacional de Rumichaca, y llega a una pronunciada quebrada.

Allí la tía recibe a la niña para luego llevarla a su aula virtual, frente a una computadora rentada. Valentina entonces comienza a teclear y escribir entusiasmada.

(Xavier Montalvo/EFE)

Niños sin escuela

Ecuador es uno de los países de la región donde los niños no han regresado de forma presencial a las aulas debido a la pandemia.

De las más de 16,000 escuelas, unas 400 situadas en áreas rurales han podido abrir desde marzo, pero con limitaciones, por parte de las autoridades educativas.

Tras conocer la situación de Valentina, varias instituciones y personas donaron a la pequeña útiles escolares, y la Dirección de Educación de Ipiales le obsequió una tableta para facilitarle el aprendizaje.

“Pero no sé por qué todavía no le puede entrar lo de la tarea”, afirma su madre, Miriam del Carmen Arellano, una viuda desempleada que pide a Dios “vida y salud hasta que mi hija pueda defenderse sola”, y poder verla de policía, su máxima aspiración para “ayudar a otros”.

Valentina solo pide a los niños “que valoren sus estudios”, porque “ellos pueden hacerlos en la casa, yo tengo que alejarme de mi familia”.

Por la tarde ambas se despiden de la tía Guadalupe, atraviesan entre varios camiones de mercancías en el cruce oficial, bajan y suben el precipicio para llegar sanas y salvas a casa, después de una larga y arriesgada travesía para tener las clases en línea.


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