Abordando la causa principal de la inmigración ilegal

Por Mark Hendrickson
27 de Julio de 2019 Actualizado: 27 de Julio de 2019

Comentario

Independientemente de cómo usted se sienta con respecto a los inmigrantes que ingresan a nuestro país a través de la frontera sur por el Río Grande –ya sea que desee restringir la inmigración total o parcialmente, o si cree en la inmigración abierta e ilimitada, ya sea temporal o permanente–, todos podemos estar de acuerdo en que la situación actual allí es terrible y, a veces, hasta trágica.

La enorme cantidad de gente que intenta desesperadamente entrar a Estados Unidos ha producido el caos. Esta inundación humana está abrumando la infraestructura y el personal asignado para mantener un proceso de inmigración ordenado y legal.

Aunque las opiniones difieren amplia y rotundamente sobre cuál debería ser la política de nuestro gobierno federal hacia las masas de aspirantes a inmigrantes, ambas partes reconocen que no se puede lograr una solución a largo plazo sin abordar la causa fundamental del problema.

Del lado republicano, el ex secretario de Estado George Shultz se refirió a la causa fundamental en The Wall Street Journal. Shultz informó (con precisión, creo) que la vida se volvió tan miserable, insegura y desesperada en el Triángulo Norte de América Central (Guatemala, Honduras y El Salvador) que la gente está dispuesta a arriesgar su vida para llegar a su versión de “la tierra prometida”, es decir, los Estados Unidos. Por el lado demócrata, la frecuentemente citada representante demócrata por Minnesota, Ilhan Omar, reconoce que esta inundación humana representa “una crisis de refugiados alimentada por la violencia estatal, la corrupción y la impunidad (…)” en sus países de origen.

Lo que es más sorprendente que la división partidaria sobre la causa fundamental de la crisis de la inmigración ilegal, es que Shultz y Omar al menos parcialmente están de acuerdo en la solución. Shultz quiere “destinar ayuda exterior de Estados Unidos a mejorar” los países centroamericanos; Omar culpa a la administración Trump por “recortar la ayuda” a la región.

Shultz y Omar quieren aumentar la ayuda primero y esperar que se reduzca la inmigración después. Por el contrario, el presidente Donald Trump ahora está reteniendo la ayuda exterior (retrasando el desembolso de 183 millones de dólares de ayuda) con el fin de incentivar a los gobiernos de esos países para que tomen medidas activas para frenar la emigración de sus países en el presente y no en el futuro.

No importa cómo se desarrolle la batalla política interna sobre la política de inmigración, la idea de que un aumento de la ayuda exterior resolverá el Triángulo del Norte es problemática. Aunque respeto y elogio el sincero deseo de Shultz de ayudar a los sufridos pueblos de Guatemala, Honduras y El Salvador, su afirmación de que la ayuda exterior puede “financiar una mejor vigilancia policial (…) erradicar la corrupción y fomentar la reforma política” es ingenua y ahistórica.

La ayuda exterior no funciona

El Banco Mundial, que probablemente distribuyó más ayuda exterior que cualquier otra entidad en el mundo, ha publicado estudios que documentan el lamentable historial de la ayuda exterior. Lejos de poner fin a la corrupción, la ayuda exterior suele alentarla y afianzarla. Los astutos oportunistas de los países pobres se presentan cínicamente como desinteresados reformadores.

Luego, con las vastas sumas de dinero que les confía la ayuda extranjera, los receptores las utilizan para enriquecer a sus aliados políticos y consolidar su poder.

La ayuda externa tiene un largo historial de subvencionar y prolongar la mala gobernanza, que es la causa misma del subdesarrollo y el sufrimiento que victimiza a las poblaciones de los países receptores.

No estoy diciendo que los estadounidenses y la gente de otros países ricos no puedan ayudar. Las iniciativas privadas en el ámbito de la salud y la educación pueden ayudar considerablemente y siempre son bienvenidas. Y ciertamente no me opongo a la ayuda de emergencia del gobierno para rescates humanitarios. Pero cuando se trata del desarrollo económico –el tipo de crecimiento a largo plazo que permite a un país crecer y prosperar– la ayuda extranjera no es suficiente.

Hay que mirar los países desarrollados de todo el mundo hoy en día, y costará encontrar uno solo que se haya enriquecido gracias a la ayuda extranjera que ha recibido. (No cuenta decir “el Plan Marshall”. En primer lugar, se trataba de países ya desarrollados. En segundo lugar, esa ayuda facilitó a los gobiernos del Reino Unido y Francia la creación de Estados de asistencia social que acabaron minando su propio crecimiento y haciendo que sus economías se quedaran rezagadas con respecto al vigoroso crecimiento de las potencias derrotadas, Alemania y Japón, que no recibieron una ayuda tan generosa).

¿Pueden los extranjeros ayudar al desarrollo de un país? Absolutamente. Tanto el comercio exterior como la inversión extranjera impulsaron el crecimiento económico en países que antes eran subdesarrollados. La inversión extranjera, no la ayuda extranjera, algún día ayudará a financiar la infraestructura y a crear oportunidades de empleo para los guatemaltecos, salvadoreños y hondureños. Y el aumento del comercio exterior con esos países desarrollados integrará a su gente en la división global del trabajo y aumentará sus ingresos.

La pregunta clave con respecto a impulsar el desarrollo económico en el Triángulo del Norte es: ¿cómo se puede persuadir a empresas e inversores extranjeros para que traten con esos países? La respuesta está adentro. Una vez que esos países demuestren respeto por los derechos de propiedad, los contratos y el Estado de derecho, los empresarios que buscan ganar dinero desplegarán capital y recursos.

En otras palabras, su destino está en sus propias manos. Nosotros en Estados Unidos no podemos comprar buena gobernanza y niveles de vida más altos para esos países. Depende de esos países trabajar para su propia salvación cambiando el rumbo y adoptando los valores de la civilización. Si lo hacen, prosperarán. Si no lo hacen, entonces esos Estados-nación pueden fracasar y sus territorios caerán en el tribalismo primitivo.

Nuestro gobierno puede brindar orientación, aliento y apoyo a los esfuerzos correctos, pero depente de la gente de esos países elegir emular lo que llevó al éxito a tantos otros países. Nosotros no podemos hacerlo por ellos. Esa es una idea nacida de la compasión, pero no es sabia ni viable.

Mark Hendrickson, economista, se retiró recientemente de la facultad de Grove City College, donde sigue siendo fellow de política económica y social en el Instituto para la Fe y la Libertad.

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Las opiniones expresadas en este artículo son propias del autor y no necesariamente reflejan las opiniones de La Gran Época

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