Un «procedimiento de rutina» que resume el infierno de la prensa en Venezuela

Por Gonzalo Domínguez Loeda - EFE
31 de enero de 2019 6:21 PM Actualizado: 31 de enero de 2019 6:21 PM

Caracas, 31 ene – «Es apenas un procedimiento de rutina». Así empezó el pequeño infierno de 24 horas para el fotoperiodista de la Agencia Efe Leonardo Muñoz en Caracas, detenido sin una razón muy clara junto al motorista José Salas y trasladado al temido Helicoide, sede del Servicio Bolivariano de Inteligencia (Sebin).

Si relatar una detención arbitraria es difícil, sentarse a escribirla en primera persona lo es todavía más, ese detalle que se extrapola y el que merma se mezclan en la memoria después de 48 horas sin dormir, pero que sirva esta historia para narrar la vida de los periodistas que buscan contar Venezuela.

Con Muñoz y Salas sin señal en sus teléfonos desde mediodía, la delegación de Efe en Caracas comenzó a bullir ante el temor de que les hubiera pasado algo en la ciudad más peligrosa del mundo.

«Me cogieron en la Contraloría por hacer una foto de la pared», comenta Muñoz, colombiano que trabaja para la Agencia Efe en Bogotá y que había acudido para dar apoyo a sus compañeros de la delegación de Venezuela junto a la también colombiana Mauren Barriga y el español Gonzalo Domínguez.

Los que cogieron a Muñoz, que desconocía que esa fuera la sede de una entidad pública, eran miembros de la seguridad del edificio. Poco tardaron en llamar al Sebin que se lo llevó junto a Salas al Helicoide.

Pero de eso poco se sabía en la redacción que se afanaba en ubicar a los dos compañeros desaparecidos y trataba de mover todos los postigos posibles que permitieran saber qué había pasado con dos compañeros de cuya detención nadie había avisado.

Los abogados recorrieron todos los puntos de detención de las diferentes entidades en Caracas sin ningún éxito.

Desconsolados por las dos ausencias, Barriga y Domínguez acudieron al hotel en que se hospedan, ubicado casi frente a la sede de Efe en Caracas.

La sorpresa: en el lobby del hotel esperaban cinco miembros armados del Sebin.

«Le están esperando estos funcionarios», dijo con una mezcla de timidez y miedo el empleado de la recepción.

Todo el equipo de Efe estaba en estado de alerta a la espera de un mensaje de los dos compañeros en el hotel en caso de que apareciera alguna de las entidades y Domínguez aprovechó para enviar un mensaje a la directora, Nélida Fernández.

Pese a su intervención y la de los dos abogados de Efe, Barriga y Domínguez fueron trasladados por los funcionarios del Sebin, que en todo momento fueron extremadamente amables con el equipo periodístico, al Helicoide.

Tal vez la mayor sorpresa en ese momento fue que los uniformados habían accedido a las habitaciones -«siempre acompañados por alguien de seguridad», dijeron- y tenían el pasaporte español de Domínguez en su poder.

Nada más llegar y a modo de ligero alivio, encontraron a Salas y Muñoz, esposados y sentados en una oficina funcionarial.

Inmediatamente, los dos periodistas llegados de Bogotá fueron esposados y sentados ante los funcionarios.

Los teléfonos desbloqueados para que pudieran bucear en todos sus datos personales sin estar ellos presentes y buscar cualquier cosa que les resultara sospechosa.

A partir de ahí, y con un buen trato hacia todo el equipo periodístico, los cuatro fueron interrogados durante horas bajo las innumerables efigies de Simón Bolívar y de Hugo Chávez.

Si alguno de los funcionarios veía a cualquiera mínimamente relajado les repetía las mismas preguntas una y otra vez: «¿Cómo te llamas?», «¿Hace cuánto vives en Colombia?», «¿Hace cuánto trabajas en Efe?», «¿Por qué has venido a Venezuela?», «¿Por qué no van a Brasil o a Argentina?».

Una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez.

Y por supuesto, vídeos y fotos, algunos oficiales frente a los logos del Sebin y para documentar marcas peculiares como tatuajes o cicatrices.

Muñoz, Barriga y Domínguez habían entrado al país declarando ser periodistas y habían sido autorizados a acceder al país para realizar su labor después de varias horas varados en el aeropuerto Simón Bolívar de Caracas. Entrevista con el Sebin mediante.

Sin embargo, eso parecía no ser suficiente para ellos, que volvían a preguntar mientras grababan esperando una respuesta que no involucrara esa explicación.

Tras horas de interrogatorios, fotos y vídeos, fueron llevados a un pasillo ciego donde descansaron los cuatro durante un tiempo que no eran capaces de determinar porque era un espacio sin ventanas que permitiera saber el pasado del tiempo.

Preguntar la hora solía tener como respuesta una negativa. Pedir una llamada era el imposible.

En cualquier caso, los miembros del Sebin seguían haciendo su trabajo y mientras uno de ellos, particularmente amable y locuaz hablaba de la actitud de las abuelas, uno de ellos se dirigió a Domínguez y le dijo: «La tuya acaba de cumplir 93 años, lo he visto en las fotos» del teléfono.

Cerca de las 10.00 hora local, el equipo periodístico fue separado. Los dos colombianos y el español trasladados al Servicio Administrativo de Identificación, Migración y Extranjería (Saime) ante la posibilidad de ser deportados y Sala, por sorpresa y sin aviso, quedó en El Helicoide.

«Este es un equipo y no te vamos a dejar atrás. Te vamos a estar llamando a ti y a tu mujer hasta que salgas», fue lo último que le dijeron a Salas antes de que los separan.

En el Saime, por primera vez en 24 horas para Muñoz, en 12 para Barriga y Domínguez, les quitaron las esposas y comprendieron por qué en las películas se acarician las muñecas para mejorar la circulación.

Allí, mientras decidían cómo iban a deportar a los tres extranjeros, llegó el «deus ex maquina».

«Pasen por aquí, viene alguien importante», dijo antes de introducir al equipo en una sala de descanso en que habían pasado reconocimiento médico.

Identificar las voces imposible. Saber qué decían menos aún.

Lo cierto, es que al salir dijeron que no habría deportación: libres sin cargos.

Por si fuera poco, un funcionario de alto rango del Sebin se acercó a pedir disculpas por la detención arbitraria y recalcó el buen trato, muy real, que recibieron.

Así terminó el infierno que comenzó con «un procedimiento rutinario» y que además fue endulzado tras la liberación de nuestro cuarto compañero, el motorista José Salas.

 

 

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