Atención plena en la naturaleza: Cómo ponerlo en práctica

Por EJ TAYLOR
23 de Septiembre de 2022 5:20 PM Actualizado: 23 de Septiembre de 2022 5:20 PM

Nuestros cerebros son como esponjas. A lo largo de nuestra vida, procesamos una infinidad de imágenes, sonidos, olores, señales táctiles y una enorme variedad de emociones. Desde antes de nacer hasta el momento de morir, la materia gris del cerebro crece, cambia, se adapta y procesa. Cada uno de los miles de millones de neuronas del cerebro envía múltiples impulsos cada segundo, una hazaña realmente fenomenal. Hay momentos en los que esta entrada y procesamiento constante de información puede parecer completamente abrumador y nos sentimos a punto de agotarnos. Hay momentos en los que ya no podemos dar abasto.

Hace años, me invitaron a escuchar un coro al que pertenecía un amigo. Tras una explicación sobre el efecto del sonido en la consciencia humana, se pidió al público que se sentara en silencio durante dos minutos y escuchara su entorno. Fue entonces cuando me di cuenta de que la “sala silenciosa” estaba llena de ruido. Podía oír el zumbido de las tiras de luces del techo, el sonido de mi respiración y los latidos de mi corazón en mis oídos. Había tantos sonidos en los que fijarse que algunos resultaban algo incómodos.

Un mundo de texturas

La naturaleza nos proporciona sonidos que nos relajan. De hecho, se ha demostrado que la naturaleza reduce la presión arterial y hace que la gente se sienta tranquila. Los colores verde y azul nos hacen sentir tranquilos y relajados, y no es de extrañar, ya que son los colores que predominan en la naturaleza. El verde no agita los sentidos como el amarillo brillante o el rojo; evoca imágenes de bosques y praderas.

Salir a caminar o a montar en bicicleta implica con demasiada frecuencia centrarse en el ejercicio (en mi caso, en cuánto me duelen las articulaciones y cuánto tiempo puedo seguir antes de tener que ser cargado por algún pobre transeúnte desprevenido). A menudo, el “aquí y ahora” de estar en un entorno natural pierde su impacto.

Hace poco, después de años sin montar en bicicleta, me encontré en ella, sonriendo mientras pedaleaba. Viajaba a un ritmo tranquilo y disfrutaba plenamente de la experiencia sensorial. La cálida brisa hacía que el trigo de los campos a ambos lados se balanceara y susurrara, el cielo del atardecer se volvía naranja y podía oír el canto de los pájaros. Cuando volví a casa, me sentía eufórico, aunque un poco dolorido y sudoroso. Me había propuesto concentrarme en el entorno que me rodeaba, no en el acto de ir del punto A al punto B.

Mis queridos amigos de Japón me enseñaron a asimilar realmente el entorno que me rodea. Mientras viví allí, tuve el honor de conocer a una maravillosa pareja que me “adoptó” como su hijo extra. Siempre me he considerado observador, pero ellos me enseñaron a mirar de verdad, a interactuar con mi entorno y a absorberlo todo. Me animaron a utilizar todos mis sentidos: a agacharme y sentir el suave y esponjoso musgo, a tocar la áspera y agrietada corteza de los árboles y a concentrarme en los sonidos y los olores que me rodeaban. Realmente me sentía como su hijo. Me estaban enseñando a observar, de nuevo.

Es asombroso pensar que, tan rápidamente, perdemos ese sentido de asombro por los seres vivos que nos rodean. Como amante de la naturaleza, me sorprendió la ironía de todo esto. Era como si mi vista se hubiera empañado y de repente se agudizara.

Años más tarde, me enteré de que se trataba del mismísimo fenómeno japonés del shinrin-yoku, o “baño de bosque”. Los estudios realizados tanto en Asia como en Europa indican que “sumergirse en la naturaleza utilizando los sentidos” puede reducir síntomas de salud mental como el estrés y la ansiedad. También se dice que tiene efectos beneficiosos en los sistemas inmunológico, respiratorio y cardiovascular. Al fin y al cabo, formamos parte de la naturaleza; hemos evolucionado para estar en ella, sentirla e interactuar con ella. No es de extrañar que nos sintamos bien cuando nos abraza.

Ejercite sus sentidos

La próxima vez que se encuentre fuera de casa, tómese un momento para quedarse quieto y escuchar de verdad. ¿Qué puede oír? Quizá el viento en los árboles, el crujido de las hojas, el chirrido de las ramas, el sonido de los insectos que zumban o el de los pequeños animales que se mueven entre la maleza.

Hace años, un amigo y yo estábamos dando un tranquilo paseo por el bosque en Armenia cuando una sola rama seca se partió en algún lugar cercano. En ese momento, me entró un sudor frío y sentí unas ligeras náuseas: ¿era un oso salvaje o me iba a ver obligado a recrear una escena de la película de suspenso de 1972 “Deliverance”? Prefiero que me ataque un oso. Al final todo salió bien, pero en serio, es bueno tener un amigo cerca cuando te pierdes en el momento de sumergirte en la naturaleza.

Jugar con la perspectiva es otra forma interesante de apreciar la naturaleza a un nuevo nivel. Tumbarse en el suelo puede parecer una idea extraña, pero mirar a las nubes y ver la parte inferior de los pájaros que vuelan por encima es una experiencia totalmente nueva. Estar tumbado también nos permite percibir los olores almizclados de la tierra y sentir tantas texturas diferentes, desde los musgos húmedos hasta la hierba seca y puntiaguda.

Todo está ahí para ser disfrutado. Vaya y envuélvase en él.


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