Bebés sanos y cifras engañosas procedentes de Cuba

Por Ronald J. Rychlak
06 de Febrero de 2020
Actualizado: 06 de Febrero de 2020

Comentario

Durante años se nos ha dicho que Cuba tiene una tasa de mortalidad infantil más baja que la de Estados Unidos. En otras palabras, sus bebés sobreviven a una tasa más alta que los bebés estadounidenses.

La Tasa de Mortalidad Infantil (IMR) se define como la proporción de niños que mueren antes de cumplir un año. En 2017, la IMR de Cuba era de 4.1 muertes por cada 1000 nacidos vivos, en contraste con 5.7 en Estados Unidos. En 2016, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), Cuba tenía una tasa de mortalidad infantil de niños menores de 5 años (U5M) de 5.5 por cada 1000 nacidos vivos. Estados Unidos tenían una tasa de 6.5 por cada 1000. Cuba era mejor en ambas categorías.

Esas estadísticas cubanas se han citado para promover los modelos cubanos tanto para las facultades de medicina como para las clínicas de atención de la salud. Se han ofrecido como razones para apoyar la medicina socializada. Incluso se presentan como defensa de otras deficiencias del gobierno cubano. Este es un mensaje que la gente puede apreciar. Es impactante.

Sin embargo, el éxito de Cuba con su sistema de salud parece inconsistente con todo lo que sabemos de la nación. Organizaciones internacionales de derechos humanos como Amnistía Internacional y Human Rights Watch han acusado con frecuencia a Cuba de encarcelamientos arbitrarios, juicios injustos y otras violaciones de los derechos humanos. Las leyes de esa nación restringen la prensa, la libertad de expresión, de reunión y de movimiento. Además, Cuba tiene graves problemas económicos.

El producto interno bruto (PIB) mide el ingreso nacional y la producción de la economía de un país determinado. Es igual a los gastos totales de todos los bienes y servicios finales producidos en ese país en un período de tiempo determinado. El PIB de Cuba se redujo en un tercio con el colapso de la Unión Soviética. Venezuela lo apoyó durante un tiempo, pero ahora ese respaldo ha desaparecido. Cuba se enfrenta regularmente a carencias de todo tipo. La escasez de energía es común. Los frecuentes cortes de electricidad y el bajo suministro de combustible dificultan la entrega de todo tipo de bienes de consumo, desde verduras enlatadas hasta papel higiénico.

Muy importante, el gasto en salud de Cuba per cápita es sustancialmente menor que el de Estados Unidos. ¿Cómo se las arregla el gobierno de una nación como esa para proporcionar resultados de atención médica superiores a los de Estados Unidos? Bueno, tal vez no lo haga.

Si bien las estadísticas internacionales oficiales provienen de la OMS, alguien tiene que reportarle los números. Presumiblemente ese alguien, de una forma u otra, es responsable ante el gobierno cubano. Eso significa que pueden tener razones para hacer que sus estadísticas se vean mejor de lo que realmente son. En 2015, el economista Roberto M. González explicó en la revista Cuban Studies que la IMR real de Cuba es sustancialmente más alta que la reportada por las autoridades.

Según González, las muertes neonatales tempranas en Cuba se reportan a menudo como muertes fetales tardías. En otras palabras, los nacimientos no se cuentan. Eso tiene el efecto de reducir artificialmente la IMR. Estima que la verdadera IMR de Cuba en 2004, por ejemplo, fue mucho más alta que el 5.8 reportado. La sitúa entre 7.45 y 11.46, mucho más alta que la de Estados Unidos u otros países desarrollados.

La atención de la salud y las tasas de mortalidad infantil ciertamente formaron parte de la batalla ideológica entre las superpotencias durante la Guerra Fría. Durante la década de 1970, por ejemplo, los soviéticos vieron un crecimiento significativo de las tasas de mortalidad infantil, que también repercutió en la esperanza de vida general. Esto fue un golpe a los esfuerzos de propaganda del Kremlin y sus apologistas.

Se escribieron artículos académicos en los que se explicaba que esto era una “consecuencia negativa temporal del rápido progreso en las esferas de la industrialización, el empleo de la mujer y la socialización de la atención infantil” y se prometía que “las mejoras en la educación de la salud pública, la calidad de las instalaciones de atención infantil y la fabricación y distribución de fórmula infantil contribuirán a la rápida resolución de este problema”. Preocupaciones similares podrían dar forma a los informes de hoy en día.

En un artículo de 2005 del Chicago Tribune titulado “Disinformation Superhighway”, Jeff Lyon informó que si bien Cuba tenía una tasa de mortalidad infantil inferior a la de Estados Unidos, su tasa de abortos era “casi el cuádruple”.

Coincidiendo con otros observadores, Lyon también llegó a la conclusión de que los médicos cubanos eran “mucho más propensos que los nuestros a contar como muerte fetal a los recién nacidos que mueren el día de su nacimiento”. Ambos hechos pueden sesgar los números, pero esto puede ser visto como una diferencia legítima en la categorización. Algunos otros factores tienen una intención más clara de desinformación.

En un artículo de 2018 publicado en la revista Health Policy and Planning, los autores Gilbert Berdine, Vincent Geloso y Benjamin Powell revelaron cómo estos datos han sido manipulados para poner a Cuba bajo una mejor luz. Ellos, de hecho, afirmaron que “los médicos a menudo realizan abortos sin el claro consentimiento de la madre, lo que plantea graves problemas de ética médica, cuando el ultrasonido revela anomalías fetales porque de lo contrario podría aumentar la tasa de mortalidad infantil”.

Además de subestimar la IMR cubana, un documento escrito por las economistas Amy Chen, Emily Oster, y Heidi Williams argumenta que la IMR de EE.UU. puede estar exagerada. Expusieron la posibilidad de que la IMR más alta en Estados Unidos “es impulsada por un retraso de las muertes en EE.UU. Si los hospitales de Estados Unidos son mejores para mantener vivos a los recién nacidos de muy bajo peso al nacer durante un período de tiempo ligeramente más largo, esto podría aparecer en los datos como una baja mortalidad neonatal y un exceso de mortalidad posneonatal”.

Es cierto, por supuesto, que en algunos países los médicos no trabajan tanto para salvar a los bebés que nacen muy prematuramente (digamos, antes de las 24 semanas) o con graves defectos de nacimiento. Los médicos de Estados Unidos, por otra parte, a menudo hacen esfuerzos extraordinarios para tratar de salvar estas vidas, incluso cuando el panorama es sombrío. A menudo, estos niños no tienen muchas posibilidades de sobrevivir. Cuando mueren, esa muerte se suma a los totales y contribuye a la engañosa comparación entre las IMR americanas y cubanas.

Un interesante análisis de 2014 publicado en la revista National Vital Statistics Reports excluyó los nacimientos antes de las 24 semanas de gestación. Utilizando números del 2010, los investigadores encontraron que, en ese caso, la IMR de EE.UU. cayó de 6.1 a 4.2, un número bastante comparable al número artificialmente desinflado de Cuba.

Los estadounidenses están empezando a enterarse de la desinformación. Cuando usted ve un tuit o un posteo que parece inconsistente con lo que ya sabe, especialmente cuando puede ser rastreado a una fuente sospechosa, usted necesita hacer un poco de trabajo para ver si las afirmaciones se sostienen.

La afirmación sobre el sistema de salud de Cuba y su IMR es una de esas cosas que parecen inconsistentes con lo que ya sabemos. También puede ser rastreada a fuentes sospechosas. En una investigación más profunda, puede que no se sostenga muy bien. Al menos, no deberíamos tomar decisiones sobre el futuro de nuestra nación basándonos en esa información.

Ronald J. Rychlak es el titular de la cátedra Jamie L. Whitten de derecho y gobierno en la Universidad de Mississippi. Es autor de varios libros, entre ellos “Hitler, la guerra y el Papa”, “Desinformación” (en coautoría con Ion Mihai Pacepa) y “La persecución y el genocidio de los cristianos en Oriente Medio” (en coautoría con Jane Adolphe).

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Las opiniones expresadas en este artículo son propias del autor y no necesariamente reflejan las opiniones de La Gran Época

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