Detrás de escena: Obama nunca se fue

Por Lee Smith
18 de Noviembre de 2020
Actualizado: 19 de Noviembre de 2020

Opinión

La publicación de este martes de las nuevas memorias de Barack Obama se programó para conducir el ciclo de noticias, independientemente del resultado de las elecciones. Las opiniones expresadas en “Una Tierra Prometida” —sobre Estados Unidos, la carrera presidencial, Donald Trump, etcétera— son más vívidas que cualquier cosa que el candidato demócrata haya dicho en su último año de campaña.

Así que, incluso después de que Joe Biden se autoproclamó presidente electo y los medios de comunicación lo hayan declarado como tal, él sigue caminando a la sombra de su antiguo jefe.

Eso es intencional. Obama quiere que se entienda que Biden es un avatar para un tercer mandato del expresidente. Ahora él puede completar el trabajo de “transformar fundamentalmente Estados Unidos”, como lo dijo días antes de las elecciones de 2008. Se esperaba que Hillary Clinton al menos protegiera lo que heredó de Obama. Pero la victoria de Trump, quien hizo su campaña para deshacer las iniciativas de política interior y exterior de Obama, dejó al presidente saliente solo dos opciones: ver a su sucesor desmantelar su legado o detenerlo.

El golpe de estado es una evidencia de su elección. Los altos funcionarios estadounidenses, el personal operativo del Partido Demócrata y las personalidades de los medios de comunicación que atacaron al círculo de Trump durante cuatro años no estaban simplemente defendiendo los privilegios del “Estado Profundo”. Son burócratas, auxiliares y cortesanos que no se atreverían a un intento tan audaz a menos que fuera aprobado desde arriba.

El propósito del golpe era impedir que Trump destruyera el legado de Obama hasta que pudiera encontrar una apertura para su regreso.

En cierto sentido, Obama nunca se fue. Fue el primer presidente en un siglo que se quedó en Washington después del final de su mandato. Woodrow Wilson había sufrido un derrame cerebral y no podía salir fácilmente de la capital. Obama explicó que él y la primera dama querían que su hija menor se graduara de su escuela secundaria privada antes de seguir adelante. Su hija ingresó en la Universidad de Michigan el otoño pasado, pero con el ciclo electoral de 2020 en marcha, el líder de facto del Partido Demócrata no se fue a ninguna parte.

En los círculos políticos, no fue un secreto que Obama había dado su apoyo a Kamala Harris. Ella es ambiciosa y atractiva y, sin ninguna idea u opinión propia, no representa ninguna amenaza para él. Era la heredera ideal de Obama, pero los votantes de las primarias la encontraron falsa e inapropiada, por lo que quedó fuera de la carrera a principios de diciembre. Él encontraría una manera de recuperarla, pero mientras tanto necesitaba un caballo para cabalgar por las primarias.

Su antiguo vicepresidente divagó de forma incoherente, abandonó las filas y terminó cuarto en la carrera de Iowa. Sin embargo, en la primera semana de marzo, el establishment de Obama hizo a un lado a Amy Klobuchar, Pete Buttigieg y Elizabeth Warren, para consolidar el apoyo a Biden. En la era del coronavirus, un político que estaba obviamente desorientado reflejaba el estado del país.

Un encierro voluntario era el modelo perfecto para los estadounidenses obligados a quedarse en casa y Obama se aseguró de que lo hicieran.

En abril, le dijo a los alcaldes demócratas en una conferencia telefónica que no reabrieran sus ciudades hasta que las pruebas y el monitoreo del coronavirus estuvieran disponibles en todo el país. El cierre de la actividad económica de las principales ciudades de Estados Unidos pondría límites a cualquier recuperación económica y, por lo tanto, obstaculizaría las posibilidades de reelección de Trump. El COVID-19 también se convirtió en la plataforma de la campaña masiva de voto por correo, que Obama promovió el mismo mes en una sucesión de posteos en Twitter que también alertaron a los votantes demócratas de que era suya la mano que impulsaba la campaña de Biden.

Cuando los detalles del golpe de estado comenzaron a filtrarse a través del bloqueo de los medios, Obama jugó a la defensiva. En mayo, filtró parte de una llamada telefónica con funcionarios demócratas en la que expresaba su consternación por el hecho de que el Departamento de Justicia había retirado los cargos contra el primer asesor de seguridad nacional de Trump, Michael Flynn. Él dijo que Flynn debería ser acusado de perjurio, una recomendación que pronto fue recogida por el juez en el caso Flynn, quien designó a un exfiscal para que presentara un argumento para acusar de perjurio al general retirado con tres estrellas.

A lo largo de la primavera y el verano, se desclasificaron los registros que daban evidencia del papel directo de Obama en la operación contra Trump. Estos demostraron que en enero de 2017, él había encargado a James Comey que continuara la falsa investigación del FBI sobre Flynn. Ellos documentaron que John Brennan le había dicho en julio de 2016 que Clinton había dado luz verde a una operación para denigrar a Trump como agente ruso. Meses más tarde, Obama ordenó a Brennan que produjera una evaluación de la comunidad de inteligencia que replicara la campaña de desprestigio de Clinton, en la que deslegitimaba no solo la presidencia de Trump sino también una elección.

El “Russiagate” dio lugar a la investigación del consejo especial, que se transformó en un juicio político, que fue sustituido por la utilización del coronavirus como un arma por parte de los demócratas y el subsiguiente arrasamiento y saqueo de las ciudades de Estados Unidos.

Independiente de que Obama pueda o no consolidar su legado, es un hecho de que ya se ha labrado un lugar singular en la historia de Estados Unidos: es el primer presidente que ha interferido en la transferencia pacífica del poder, durante cuatro años,  y es en su nombre que un golpe de estado en marcha empujó a una nación al borde del abismo con el fin de rehacerla a su imagen y semejanza.

Lee Smith es el autor del libro publicado “The Permanent Coup: How Enemies Foreign and Domestic Targeted the American President” (El Golpe Permanente: Cómo enemigos extranjeros y nacionales atacaron al presidente de Estados Unidos).

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Las opiniones expresadas en este artículo son propias del autor y no necesariamente reflejan las opiniones de La Gran Época

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