El desastroso resultado de las revoluciones socialistas

Por Troy Media
03 de Noviembre de 2018 Actualizado: 03 de Noviembre de 2018

Hace diecinueve años, el exgeneral Hugo Chávez llegó al poder en Venezuela, prometiendo que una “revolución bolivariana” basada en principios comunistas mejoraría la vida del pueblo.

Hoy, millones de venezolanos huyen de sus hogares en busca de alimentos, medicinas o empleo en los países vecinos. La inflación está fuera de control.

En un país que dispone, tal vez, de las mayores reservas de petróleo del planeta, los hospitales carecen de medicamentos básicos, el suministro de agua y electricidad no son confiables, los delitos violentos son generalizados y la desnutrición infantil está en su punto histórico más alto.

El gobierno, ahora dirigido por el exconductor de autobús Nicolás Maduro, todavía sigue encarcelando a sus críticos y prometió aferrarse a sus métodos marxista-leninistas.

“Tengamos fe”, declaró Maduro. “Tengan la certeza de que, tarde o temprano, nosotros, en asuntos económicos, cosecharemos victorias”.

La mayor parte del resto de la gente parece preparada para rechazar como un rotundo fracaso el último experimento socialista radical.

¿Acaso el desalentador resultado en Venezuela desanimó a los creyentes de izquierda?

No, en absoluto. En todo el mundo, en boca de jóvenes idealistas, periodistas utópicos y académicos de barba gris, el estribillo es el mismo: “No se puede culpar al comunismo por esto. El verdadero comunismo aún no ha sido puesto en práctica”.

Bueno, ya pasaron 170 años desde la publicación del “Manifiesto Comunista”. Veamos los resultados producidos por las revoluciones socialistas desde entonces.

La Comuna de París de 1871, la primera grieta producida en lo que Karl Marx llamó “la dictadura del proletariado”, duró demasiado poco para ser de verdadera ayuda para nuestro análisis, pero logra darnos algunas pistas de lo que el futuro marxista produciría: ataques contra la religión, censura a la prensa y el fusilamiento de rehenes.

La Revolución Bolchevique de 1917, que derrocó la incipiente democracia que había derribado al régimen zarista, produjo a partir de las ruinas del Imperio Ruso un nuevo Estado llamado la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Duró casi 70 años.

Entre sus características más destacadas se encuentran la destrucción de la clase media y de los campesinos prósperos, la incapacidad de alimentar a su población, la vasta represión policial y el encarcelamiento de millones de enemigos de la revolución, las sangrientas purgas periódicas de la cúpula del partido, el uso de mano de obra esclava en la construcción de canales y en la industria pesada, y episodios de hambruna masiva deliberada que requirieron la colocación de letreros que recordaban a la población que “comerse a los hijos es un acto de barbarie”.

Una estimación muy conservadora de las víctimas es de 20 millones de muertos.

Cuando la Unión Soviética comenzó a implosionar en 1989, los ciudadanos de los Estados circundantes a los que había impuesto su versión del socialismo estaban tan contentos con su experiencia con el marxismo que inmediatamente se libraron de sus gobiernos comunistas y comenzaron de inmediato con sus experimentos más democráticos.

La URSS había creído que su ejemplo inspiraría revoluciones similares en todo el mundo y, efectivamente, aparecieron “repúblicas rojas” en Alemania, Hungría y España. Sin embargo, estas pronto fueron destruidas por las fuerzas de oposición que habían engendrado.

Más exitosa fue la exportación del marxismo-leninismo a Asia, donde los regímenes comunistas tomarían el poder en China, Corea del Norte, Vietnam, Camboya y Laos.

Con más de un siglo de teoría y práctica comunista para tener en cuenta al momento de construir sus versiones locales de comunismo, los revolucionarios asiáticos demostraron que no habían aprendido nada de valor de sus maestros europeos, a menos que contemos las formas más brutales de oprimir al pueblo.

El gobierno maoísta de China masacró o mató de hambre a 60 millones de personas en la ‘Campaña contra Bandidos y Terratenientes’, el ‘Gran Salto Adelante’ y la ‘Revolución Cultural’.

Los jemeres rojos de Camboya consideraban que las ciudades y la alfabetización eran las causas del subdesarrollo y, por lo tanto, expulsaron a la población de las zonas urbanas hacia los Campos de Exterminio en la selva.

Corea del Norte se convirtió en una tierra de campos de prisioneros, control del pensamiento y desnutrición.

La revolución comunista vietnamita produjo una oleada de más de un millón de refugiados llamados “gente de botes” y las prisiones de reeducación eran tan malas que los reclusos de una de ellas presentaron una petición al Comité Internacional de la Cruz Roja pidiendo tabletas de cianuro para suicidarse.

Los experimentos africanos con el socialismo radical tampoco tuvieron éxito. En territorios antes colonizados, los intentos de instituir el verdadero comunismo terminaron con resultados idénticamente horribles: represión política, guerra civil, escasez de alimentos que a menudo equivalía a hambruna y fracaso socioeconómico.

Comparemos a las naciones africanas de los años sesenta, que tenían entonces un Producto Interno Bruto igual a Singapur y Corea del Sur. Ellas eligieron el camino colectivista y están a años luz del desarrollo social de los países que adoptaron economías de mercado.

Y así llegamos de vuelta a Venezuela. Los gobiernos de Chávez-Maduro tomaron como modelo a Cuba, al igual que Nicaragua, Bolivia y Ecuador. Esta “marea rosa” solo produjo fracasos a largo plazo.

Sin lugar a dudas, es hora de decidir que seguir haciendo experimentos con el verdadero comunismo no es algo aconsejable.

Gerry Bowler es miembro senior del Centro Fronterizo de Políticas Públicas.

Los puntos de vista expresados en este artículo son las opiniones del autor y no reflejan necesariamente los puntos de vista de La Gran Época.

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Las opiniones expresadas en este artículo son propias del autor y no necesariamente reflejan las opiniones de La Gran Época

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