El fantasma de la Revolución Cultural china que aún persiste

Por Peter Zhang
05 de Octubre de 2018 Actualizado: 05 de Octubre de 2018

En “1984” George Orwell nos advirtió: “La manera más efectiva de destruir a la gente es negar y borrar su propia comprensión de la historia”. Orwell además señaló: “Quien controla el pasado controla el futuro. Quien controla el presente controla el pasado”.

Probablemente ninguna organización aplique mejor la máxima de Orwell que el Partido Comunista Chino (PCCh). Si vives en China el tiempo suficiente, es probable que seas testigo de cómo el PCCh cambie periódicamente su propia historia, dependiendo de las necesidades políticas de sus líderes o quizás de los cambios de humor.

A partir de este semestre, se adoptó un nuevo libro de texto revisado. A los alumnos chinos de octavo grado ahora se les enseña un nuevo relato sobre la Gran Revolución Cultural Proletaria (también conocida como la Revolución Cultural) que Mao Zedong lanzó e impulsó entre 1966 y 1976, un contenido muy diferente al que los alumnos de octavo grado estudiaron el año anterior.

Un cartel en la calle de Beijing que muestra cómo tratar a los llamados “enemigos del pueblo” durante la Gran Revolución Cultural Proletaria, a fines de 1966. (JEAN VINCENT/AFP/Getty Images)

El horrible sufrimiento humano y las masivas muertes como resultado del reinado del terror de Mao durante la Revolución Cultural están bien documentados en estos días.

En 1981, bajo la dirección de Deng Xiaoping, el PCCh adoptó la “Resolución sobre ciertos asuntos históricos del Partido desde la fundación de la República Popular China”, que, por primera vez, denunciaba el papel de Mao en la Revolución Cultural, calificándola de “desastrosa” y de “convulsión civil”. Hasta ahora, todos los líderes que vinieron después de Deng estuvieron siguiendo esta línea del Partido, expuesta en la “Resolución”.

Hay tres revisiones importantes con este nuevo libro de texto. En la edición anterior, había una sección de cinco páginas llamada “Diez años de Revolución Cultural”, pero la nueva edición eliminó esta sección y combinó las descripciones de la Revolución Cultural con otra sección, al tiempo que redujo la nueva sección combinada a tres páginas solamente. Aparentemente, la actual cúpula del PCCh trató deliberadamente de minimizar el impacto de los diez años de la Revolución Cultural.

La vieja edición dice: “En la década de 1960, Mao Zedong creyó erróneamente que el Comité Central del Partido Comunista Chino estaba participando en el revisionismo, y que el Partido y el país enfrentaban el peligro de la restauración capitalista. Para evitar la restauración del capitalismo, decidió iniciar la ‘Gran Revolución Cultural’”.

La nueva edición, sin embargo, eliminó la palabra “erróneamente”, intentando justificar el motivo de Mao para iniciar la Revolución Cultural. Dice: “A mediados de los años 60, Mao Zedong creía que el Partido y el país se enfrentaban al peligro de la restauración capitalista. Por lo tanto, enfatizando la idea de ‘usar la lucha de clases como principio’, quiso impedir la restauración del capitalismo y así dio inicio a la ‘Gran Revolución Cultural’. Para el verano de 1966, la ‘Gran Revolución Cultural’ había sido lanzada completamente”.

La nueva edición también contiene la afirmación: “La historia del mundo siempre avanza con altibajos”, con lo que trata de minimizar las atrocidades de la Revolución Cultural como parte de la evolución natural de la historia.

¿Cuál es, entonces, el propósito de estas revisiones de libros de texto y por qué ahora? Muchos miembros del PCCh, incluyendo al actual líder máximo del PCCh, Xi Jinping, se encuentran entre las víctimas y sobrevivientes de la Revolución Cultural.

En 2013, sin embargo, Xi hizo algunas observaciones inusuales: “Mao es una gran figura que cambió la faz de la nación y condujo al pueblo chino a un nuevo destino. […] El estandarte del Pensamiento de Mao Zedong no podía perderse, y perderlo significa una negación a la gloriosa historia del Partido. El principio de mantener en alto el estandarte del Pensamiento de Mao Zedong no debería vacilar en ningún momento y lo mantendremos en alto para avanzar por siempre”.

Muchos observadores de China sospechan que al reformular el papel de Mao en la Revolución Cultural, Xi está tratando de alcanzar por sí mismo el estatus supremo de Mao, especialmente a la luz de su reciente iniciativa de poner fin al límite del mandato presidencial, que allanó el camino para permitir que Xi permanezca en el poder de por vida.

Absortos en el pensamiento maoísta

En un artículo del New York Times, Song Yongyi, experto en la Revolución Cultural de la Universidad Estatal de California en Los Ángeles, utilizó a Bo Xilai, un príncipe del PCCh, como ejemplo para ilustrar por qué la élite del PCCh está profundamente apegada a las doctrinas así como al legado de la Revolución Cultural.

Bo, ahora tras las rejas como rival político de Xi, fue alguna vez un ávido promotor de las “Canciones Rojas” de la era de la Revolución Cultural y una estrella del PCCh en ascenso, al punto que hace unos años era considerado como sucesor o incluso un sustituto de Xi entre aquellos que querían un cambio de liderazgo.

En una conversación con Fang Ning, jefe del Instituto de Política de la Academia China de Ciencias Sociales, Bo reveló que se suponía que su familia debía estar resentida profundamente con Mao por haber sido purgada severamente durante la Revolución Cultural, pero al pensarlo en profundidad, Bo afirmó que el estilo de liderazgo de Mao seguía siendo la mejor manera de salvar a China. En otras palabras, promover el maoísmo podría ayudar a Bo a lograr sus propias ambiciones políticas, según el análisis de Song.

La mayoría de los líderes chinos en todos los niveles del gobierno, incluyendo a Xi y Bo, pertenecen a la llamada generación de la Revolución Cultural, también conocida como la “generación perdida”.

Guardias Rojos Chinos leen el pequeño libro rojo de “Pensamientos del Presidente Mao” antes de comenzar su día, alrededor de 1970. (Keystone/Getty Images)

Pasaron por una experiencia quizás más amarga de lo que George Orwell imaginó en 1984, y sus cosmovisiones fueron moldeadas desde la infancia por el pequeño libro rojo de Mao, “Citas del Presidente Mao Zedong”. A pesar de la actual reforma económica y la globalización, sus mentes y almas tienen profundamente arraigada la doctrina maoísta, a la cual siguen considerando relevantes en esta era digital.

Esto parece ser cierto para muchos en la generación de la Revolución Cultural. Sería una tarea desalentadora pensar fuera de la caja, especialmente en una sociedad cerrada. Como Carl Jung dijo una vez: “El vino de la juventud no siempre se aclara con los años; a veces se enturbia”.

En 1989, cuando miles de estudiantes universitarios se manifestaron en favor de la democracia en la Plaza Tiananmen, pocos se dieron cuenta de que estos estudiantes a menudo se inspiraban y unían cantando “L’Internationale”, el himno comunista más conocido del movimiento socialista del siglo XIX, porque era una de las pocas canciones que todos conocían de memoria en ese entonces, habiendo crecido a la sombra de la Revolución Cultural.

Viviendo en una sociedad cerrada, estos jóvenes no fueron capaces de crear una nueva canción para la reforma política, ni tampoco les fue posible en ese momento conocer las canciones de protesta occidentales como “Venceremos” y “Blowin’ in the Wind”.

Acechando a la población

Aparecen grandes disparidades entre las personas que viven en sociedades comunistas y en democracias, en términos de uso del lenguaje, mentalidad, estilo de vida y cultura. El contraste se pone en evidencia al comparar personas que vivieron en Alemania Oriental y Occidental, o que viven ahora en Corea del Norte y del Sur, o que viven en China continental y en territorios fuera de China continental, como Taiwán, Hong Kong y Macao.

Desde 1949 o después de que el PCCh se apoderó de China continental, los que viven fuera del dominio comunista, como Taiwán, Hong Kong y Macao, se libraron del proceso comunista de lavado de cerebro, así como de varias campañas políticas.

Una mujer camina enfrente de una estatua del difunto líder del Partido Comunista Chino, Mao Zedong, en Beijing, China, el 9 de octubre de 2007. (Guang Niu/Getty Images)

Como resultado, estos chinos, a menudo etiquetados como “chinos en el extranjero” por los chinos continentales, siguen utilizando caracteres chinos tradicionales y mantienen tradiciones chinas de 5000 años de antigüedad, mientras que en los últimos 69 años se siguió un camino casi opuesto en China continental. A diferencia de las sociedades abiertas, en las que se dispone de múltiples versiones de libros de texto, en China solo hay una sola versión de libros y el PCCh controla el contenido.

Sin embargo, estas últimas revisiones de los libros de texto no salieron a la luz sin provocar algunos debates emocionales en casi todos los sectores de la sociedad china, ya que la Revolución Cultural sigue siendo un recuerdo tormentoso para muchos millones de chinos que la vivieron, y temen una segunda venida de la calamidad.

Una vez más, somos testigos de que posteos críticos en Internet fueron rápidamente “armonizados” o eliminados por los ciber-policías chinos. Uno de ellos tuiteó: “Siempre protestamos contra los libros de texto japoneses por encubrir los crímenes en China durante la Segunda Guerra Mundial, pero el Partido altera nuestra propia historia descaradamente para engañar a las generaciones futuras”.

Al abrazar el fantasma de la Revolución Cultural, los líderes del PCCh siguen persiguiendo a la población con la pesadilla del pasado. Parecen haber olvidado la severa advertencia de su gurú, Karl Marx: “La historia se repite, primero como tragedia, luego como farsa”.

Como señala Song Yongyi en el artículo del New York Times, “Si uno quiere saber si la Revolución Cultural ha realmente terminado, solo tiene que averiguar si el retrato de Mao en la Puerta de la Paz Celestial (Tiananmen) ha sido quitado o no”.

Peter Zhang enfoca su investigación en la economía política en China y Asia Oriental. Se graduó en la Universidad de Estudios Internacionales de Beijing, en la Escuela Fletcher de Derecho y Diplomacia y en la Escuela Kennedy de Harvard como becario del Programa Edward Mason.

Los puntos de vista expresados en este artículo son las opiniones del autor y no reflejan necesariamente las opiniones de La Gran Época.

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Las opiniones expresadas en este artículo son propias del autor y no necesariamente reflejan las opiniones de La Gran Época

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