Huawei es más costoso de lo que Telus piensa

Por John Robson
20 de febrero de 2020 10:26 AM Actualizado: 20 de febrero de 2020 10:26 AM

Comentario

¿Recuerdas la famosa frase de Lenin «Los capitalistas nos venderán la cuerda con la que los colgaremos»? Aparentemente él tampoco lo recordaba; ha estado rondando por Internet desde 1955, mucho antes de que hubiera Internet, sin estar nunca plausiblemente conectado a los escritos conocidos de Lenin o a sus dichos. Pero como lo que el creador de Peter Pan, James Barrie, aparentemente dijo, «No sé, señor, si Bacon escribió las obras de Shakespeare, pero si no lo hizo me parece que perdió la oportunidad de su vida». Y como a los capitalistas no les gusta perder oportunidades, la compañía de telecomunicaciones canadiense, Telus, dice que va a utilizar la tecnología Huawei en su red 5G porque es más barata, y después de todo, ¿qué precio tiene la fe y el honor… o la seguridad?

Ahora no tengo ninguna duda de que es más barato. Es más, puedo decirte por qué: Huawei roba la tecnología, si se les cree a los fiscales de EE.UU. ¿Recuerdas cómo los hackers chinos destrozaron al exgigante canadiense de las telecomunicaciones Nortel? El asesor de seguridad de la compañía estaba convencido de que el beneficiario era Huawei. Añádase a esto el hecho de que como Huawei es un tentáculo crucial de la estrategia del Politburó chino para dominar el mundo, el régimen chino se asegura de tener los recursos financieros para socavar a sus rivales y plantar sus dispositivos a lo largo de la columna vertebral digital de Occidente. Sabiendo esas cosas, ¿dirías que «a quién le importa, lo barato es barato»?

Bueno, algunas personas podrán. Y francamente, no me importa recibir material subvencionado de China como norma; su estrategia económica básica es realmente la vieja broma del vendedor ambulante acerca de que pierde dinero en cada venta, pero que después lo compensa en volumen. Sin embargo es diferente cuando están socavando nuestra seguridad en lugar de realizar solo su propio negocio.

Por supuesto, Telus dice, citando al Toronto Star, que usará el equipo de Huawei «pero solo en partes ‘no sensibles’ de sus redes». Pero no podemos comprobar esta afirmación y tampoco puede hacerlo el gobierno federal, cuya comprensión de los problemas de alta tecnología es extremadamente sospechosa (véase, por ejemplo, la debacle del software de nómina de Phoenix). Tampoco puede Telus. ¿Quién sabe más sobre el espionaje de alta tecnología? ¿Y a quién le importa más? Justamente.

Mientras tanto, ¿a quién le importa más el dinero? Justamente de nuevo. El medio The Star cita a un profesor que dice, «Me arriesgaría a adivinar que si un gobierno liberal o cualquier próximo gobierno decide prohibir a Huawei, usted verá muy rápidamente a Telus (y otras compañías de telecomunicaciones) ir al gobierno y decir … hicimos una inversión de buena fe, y ustedes acaban de sacar la alfombra de debajo de nosotros». Y luego exigir un enorme subsidio para reemplazar todo ese equipo.

Si es así, es un plan astuto. Y podría funcionar, porque: 1) los gobiernos subvencionarán cualquier cosa, y  2) es ganar-ganar para Telus, sea lo sea lo que decida nuestro gobierno federal. El primer ministro Justin Trudeau y sus colegas han tardado una eternidad más ocho minutos en tomar una decisión sobre Huawei. Al principio, parecía que solo estaban tratando de pasar las elecciones de 2019 sabiendo perfectamente que dejarían entrar a Huawei y no queriendo que el escándalo estallara durante la campaña. Ahora, parece que no sabían qué hacer y todavía no lo saben, a menos que hayan estado tan ocupados con otras crisis que no hayan podido enfocarse en conseguir, de alguna manera, este sucio y peligroso acuerdo para los votantes de las elecciones pasadas.

¿Por qué querrían hacerlo? Bueno, uno de los sucios semisecretos de la política canadiense, sobre el que el columnista Terry Glavin ha advertido reiteradamente, es la medida en que algunos expolíticos se encontraron con lucrativos negocios con China siempre que hayan jugado el juego del Politburó chino mientras estaban en el cargo. Considérese el caso del exministro de Relaciones Exteriores y viceprimer ministro John Manley, que recientemente apareció en los titulares por haber instado abiertamente a Trudeau a intercambiar a Meng Wanzhou, la ejecutiva de Huaweí detenida (y realeza comunista siendo hija del fundador) por dos canadienses retenidos por represalia como rehenes por el poder judicial chino. Ahora miren su biografía como uno de esos peces gordos liberales de la «élite laurentiana» ultraconectados.

Tras dejar el cargo público en 2003, Manley fue nombrado jefe de una comisión real; luego se incorporó a un importante bufete de abogados y al directorio de Nortel; fue presidente y director general del Consejo Empresarial del Canadá durante ocho años; se incorporó al directorio del Banco Imperial de Comercio de Canadá y en 2014 pasó a ser su presidente; encabezó un grupo de trabajo del Consejo de Relaciones Exteriores de Estados Unidos; presidió un panel sobre la misión de Canadá en Afganistán; forma parte de la Comisión Trilateral; obtuvo la Orden de Canadá; y ahora es asesor principal de negocios en Bennett Jones, un bufete de abogados con una importante presencia internacional -incluyendo, ¿qué es esto, una oficina en Beijing?- y cuyo «codirector de asuntos de gobierno y práctica de políticas públicas» es el liberal Eddie Goldenberg, una vez jefe de gabinete del exprimer ministro Jean Chrétien, el jefe de Manley en ese momento.

El mismo Jean Chrétien que, por pura coincidencia, se ha ganado la vida muy cómodamente gracias a sus conexiones post-políticas con China como consejero de Dentons LLP, que Glavin llama «la cara pública del conglomerado de derecho corporativo chino, también conocido como Beijing Dacheng». ¿Y mencioné que Manley también está en el directorio de Telus? Su biografía en Wikipedia parece que no.

¿Esas conexiones comprometen a una persona? No hay ni que pensarlo. Aunque instó al gobierno a sortear el estado de derecho sobre Meng Wanzhou para hacer un «intercambio de prisioneros», Manley dijo a la radio CBC, «creo que fue una buena oportunidad para un poco de incompetencia creativa por parte de las autoridades canadienses y que de alguna manera simplemente la echamos de menos». El tipo de enfoque que entienden en una determinada capital extranjera.

Así que ahí lo tienen. Montones y montones de conexiones. El exministro de defensa de Chrétien, John McCallum, mientras era embajador en Beijing, se dedicó a asesorar públicamente a los periodistas chinos en Canadá sobre el argumento legal que la Sra. Meng debería utilizar para dar pelea contra la extradición. Trudeau tuvo que despedirlo por esto último, aunque se negó a establecer cualquier conexión, y llamó a McCallum «una inspiración para los canadienses y un ejemplo para el mundo».

Sí. ¿Pero un ejemplo de qué? Trudeau se refirió específicamente a su trabajo de traer refugiados sirios a Canadá. Pero también seguramente de una cierta mundanalidad dura y lucrativa. Después de todo, McCallum fue rápidamente contratado por McMillan LLP, con sede en Toronto, quien se jactó de su «experiencia sin parangón en la creación de conexiones sinocanadienses mutuamente beneficiosas», diciendo: «Especialmente en este momento en una desafiante relación sinocanadiense , esperamos que John ayude a nuestros clientes canadienses a hacer negocios en China y que trabaje con la comunidad empresarial para fomentar los contactos de negocio a negocio que conduzcan a oportunidades tanto en China como en Canadá». ¿Y el mensaje de McCallum? «No es el momento de comprometerse con China».

Chucu, chucu, chu, chu, así va el tren del dinero fácil. No te lo pierdas. Solo recuerda que el que cena con el diablo necesita una cuchara larga. Nortel lo olvidó. Y Ottawa se está esforzando para hacer lo mismo.

John Robson es director de documentales, columnista del National Post, editor colaborador del Dorchester Review y director ejecutivo del Nexo de Discusión Climática. Su más reciente documental es «El Medio Ambiente: Una historia real».

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Las opiniones expresadas en este artículo son propias del autor y no necesariamente reflejan las opiniones de The Epoch Times

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