La cultura de la cancelación: sus orígenes e implicaciones para Estados Unidos

Por Scott S. Powell
28 de Febrero de 2021
Actualizado: 28 de Febrero de 2021

Opinión

Como estadounidenses, hemos estado en muy buenas condiciones por largo tiempo, lo que hace que a menudo demos por sentadas las cosas importantes y no pensemos que estas pueden estar a punto de desaparecer. Hace tan solo cinco o seis años, ¿quién hubiera pensado que las plataformas de redes sociales dominantes de Estados Unidos, como Facebook, Google-You Tube o Twitter, atacarían los derechos de la Primera Enmienda de su país anfitrión al participar en el silenciamiento de una gran cantidad de sus usuarios a través de la censura, cancelación y supresión?

De todos los impedimentos que puede tener Estados Unidos para su progreso en todos los frentes, la censura y la cultura de la cancelación ocupan probablemente el primer lugar. Muchos de los jóvenes aceptan la cultura de la cancelación como parte de las relaciones despersonalizadas que los medios sociales han fomentado. Parece que muchos se han acostumbrado al ciberacoso y a la anulación de personas, ideas y relaciones, todo ello facilitado con unos pocos clics.

Las generaciones mayores aprecian que la protección de la libertad de expresión, la libre asociación y la presunción de inocencia sean los principios fundamentales en Estados Unidos, no solo por las enmiendas primera, quinta, sexta y decimocuarta de la Constitución, sino también por la importancia de la civilidad y el amplio reconocimiento de que la tolerancia es una virtud necesaria en una sociedad pluralista y que nadie tiene el monopolio de las mejores ideas. Desde el comienzo de la república constitucional estadounidense, ha sido axiomático que el progreso en todos los campos depende de la competencia de ideas, políticas y productos.

¿Quién se beneficia?

Entonces, ¿por qué la cultura de la cancelación, que es tan claramente limitante, dañina y antisocial, que exacerba la intolerancia y el odio, sigue aumentando en Estados Unidos? Eso se responde mejor simplemente identificando quién se beneficia. Claramente, los enemigos externos de Estados Unidos se benefician, particularmente aquellos que quieren rehacer el mundo como el Partido Comunista Chino (PCCh) y las élites asociadas con el Foro Económico Mundial de Klaus Schwab, famoso por sus reuniones anuales en Davos y su impulso para lograr el “Gran Reinicio”.

Estas fuerzas hostiles externas tienen aliados internos entre las élites de Estados Unidos, en partidos políticos, burocracias gubernamentales, la academia y en el mundo empresarial, pero también entre grupos como Black Lives Matter (BLM) y Antifa. Las élites usan estos últimos grupos de manera similar a como Hitler usó las camisas pardas. BLM y Antifa son esencialmente los soldados de las élites utilizados para fomentar el miedo interno y la división, y para destruir la conexión de la sociedad con su pasado, e, incluso, precipitar una guerra civil, todo lo cual facilita el juego final de subordinar a Estados Unidos al nuevo orden mundial de la élite global.

Gran parte de los seguidores de la cultura de la cancelación pueden no darse cuenta de que, al derribar y profanar monumentos históricos y reescribir la historia, sin saberlo, están sirviendo a las élites en la cima. Pero al destruir el respeto de la generación actual y la siguiente por los símbolos y el conocimiento de la historia y la virtud del pasado estadounidense, desde sus figuras e ideales fundadores, la redacción de una constitución única basada en esos ideales y su curso redentor, que culminó en la igualdad racial lograda por el movimiento de los derechos civiles-, Estados Unidos puede caer como fruta madura en manos de sus enemigos. Cancelar y destruir el patrimonio estadounidense es necesario para lograr este fin.

La cultura de la cancelación es un movimiento regresivo, no progresivo, y podemos proyectar hacia dónde nos llevará al comprender el pasado y lo que ha sucedido con otras sociedades y naciones que adoptaron tales prácticas. Y esa es, por supuesto, la razón por la que el principal proyecto de la cultura de la cancelación es desconectar la sociedad actual de su pasado.

La descripción de George Orwell de un futuro distópico, presentada en su novela “1984”, publicada en 1949, el año que marcó el comienzo del gobierno comunista de Mao Zedong en China, ha demostrado ser profética a lo largo del tiempo, la cultura y la geografía. Orwell no usó el término cultura de la cancelación, pero describió cómo funciona tal cultura en su máxima: “Quien controla el pasado controla el futuro [y] quien controla el presente controla el pasado”.

Revolución Francesa, Rusia y China

La cultura de la cancelación tiene sus raíces en la intolerancia que se remonta a la Revolución Francesa (1789-1794), cuando el Reinado del Terror de Robespierre provocó unas 30,000 muertes, un período acompañado de un esfuerzo concertado para borrar y destruir el cristianismo y sus tradiciones e instituciones. La culminación de esa fase de la Revolución Francesa estuvo marcada por la instalación, por parte de los regímenes, de una prostituta como jefa de la Catedral de Notre Dame. Con esa afrenta a la decencia y la eliminación de Dios, Robespierre y sus sucesores pensaron que podían gobernar sin restricciones morales.

El marxismo llevó la cultura de la cancelación a un nuevo nivel. Aunque esa ideología fue formulada por Karl Marx y Friedrich Engels en la primera mitad del siglo XIX, no se implementó hasta la revolución bolchevique de Vladimir Lenin, en la Rusia de 1917. Uno de los primeros proyectos de Lenin fue cancelar el pasado derribando las estatuas zaristas. y símbolos de la historia rusa en forma de estatuas, emblemas, escudos de armas, águilas bicéfalas, todo destruido en nombre de la revolución y la creación del nuevo hombre: el “hombre soviético”.

La gran mayoría de las personas en el Imperio Ruso eran, en el momento de la revolución, creyentes religiosos. Lenin ordenó a sus lugartenientes de vanguardia comunista que destruyeran las instituciones religiosas y reemplazaran las creencias religiosas por el ateísmo. En el primer año después de la revolución, el estado expropió todas las propiedades de la iglesia, y, en el período de 1922 a 1926, 28 obispos ortodoxos rusos y más de 1200 sacerdotes fueron asesinados. Muchos más fueron perseguidos.

Vladimir Lenin y Leon Trotsky coincidían ideológicamente y fueron amigos cercanos. Como jefe del Ejército Rojo, Trotsky contribuyó decisivamente a asegurar la revolución comunista para Lenin y para su sucesor Stalin, después de que el primero muriera en 1924. Pero en 1927, Stalin purgó a Trotsky del Partido Comunista y de la política soviética, y lo expulsó del país en 1929. Stalin luego armó un equipo para borrar todas las fotografías y referencias a Trotsky en todos los registros históricos. Cuando se emitió la orden de asesinarlo, algunos años después, apenas quedaba un registro oficial o una fotografía de Trotsky.

Aunque hubo un esfuerzo concertado para ocultar el genocidio cometido, en la década de 1960 se supo que el régimen totalitario comunista bolchevique y soviético había provocado más de 20 millones de muertes, aunque probablemente bien podían ser más de 30 millones.

Al igual que con el régimen comunista de Lenin y de Stalin en Rusia, la revolución comunista de Mao Zedong, en China, se basó en el determinismo histórico, un principio fundamental del marxismo que requería la cancelación de la historia pasada y la subordinación de sus ciudadanos a la identidad colectiva del estado comunista.

Durante la Revolución Cultural entre 1966 y 1976 Mao dirigió a sus Guardias Rojos a movilizar a la población para cancelar y deshacerse de los “Cuatro Viejos”: Viejas costumbres, Vieja cultura, Viejos hábitos y Viejas ideas. El resultado fue devastador, con los chinos volviéndose unos contra otros, con jóvenes cuyos cerebros fueron lavados, hermanos y padres incluso llegaron a traicionarse en toda la nación.

Al final, el Gran Salto Adelante de Mao y la Revolución Cultural fueron responsables de entre 40 y 60 millones de muertes, que incluyen aquellas de las que Mao fue directamente responsable y las muertes que resultaron de políticas desastrosas que se negó a cambiar.

Corea del Norte y Camboya

En países comunistas más pequeños, como Corea del Norte y Camboya, la implementación de la cultura de cancelación fue más completa y devastadora.

Después de su fundación en 1948, Corea del Norte se convirtió en una sociedad cerrada, cuyo pasado fue cancelado. Al descender rápidamente a un estado totalitario comunista secreto, habría fracasado en varios puntos si no fuera por la ayuda proporcionada por la Unión Soviética y China. Bajo sucesivas dictaduras de la familia Kim, las brutales políticas comunistas de colectivización y represión de Corea del Norte mataron a unos 3.5 millones de sus ciudadanos, muchos de ellos por inanición masiva.

Camboya fue aún peor. Entre 1975 y 1979, el déspota comunista Pol Pot provocó una destrucción casi completa en las ciudades y áreas rurales de su país, convirtiendo al país entero en una prisión, cancelando y erradicando escuelas públicas, universidades, propiedades privadas, iglesias, creencias religiosas y ejecutando todos los camboyanos educados y acomodados. Al final, las políticas genocidas de Pol Pot mataron a casi 3 millones de personas, unas dos quintas partes de los 7 millones de habitantes del país.

Estos son solo algunos ejemplos de los resultados en estados grandes y pequeños que implementaron el comunismo. Pensamos en el siglo XX como el siglo del progreso. Pero la imposición del régimen comunista y sus prácticas totalitarias también hicieron de ese siglo el más sangriento de la historia de la humanidad.

Hemos sido reticentes y lentos para enfrentar la amenaza comunista de China. No solo son nuestra mayor amenaza militar externamente, sino también internamente. A través de sus multimillonarios y continuos programas de subversión y espionaje industrial, académico y político en EE.UU. China es también nuestra mayor amenaza existencial.

El punto de partida para proteger nuestras libertades y ampliar las oportunidades en Estados Unidos es negarnos a aceptar o facilitar fuerzas que están claramente asociadas con la represión y la tiranía. Incluso cuando nuestras facciones y diferencias políticas dificultan la construcción de un consenso sobre nuevas direcciones y políticas, la primera regla es “no hacer daño”.

En resumen, un punto de partida apropiado para un futuro mejor es detener la cultura de la cancelación y la censura, posturas que han sido parte integral de los sistemas políticos más destructivos de la historia de la humanidad.

Scott Powell es investigador principal del Discovery Institute de Seattle. Comuníquese con él en scottp@discovery.org


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Las opiniones expresadas en este artículo son propias del autor y no necesariamente reflejan las opiniones de La Gran Época

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