La inflación no es una política social

Por Daniel Lacalle
02 de Noviembre de 2020
Actualizado: 02 de Noviembre de 2020

Opinión

Los bancos centrales siguen obsesionados con la inflación. La política monetaria actual es como el comportamiento de un conductor imprudente que va a 200 millas por hora, mirando por el espejo retrovisor, y que piensa: “No nos hemos estrellado todavía, hay que acelerar”.

Los bancos centrales creen que no hay riesgo en la política monetaria actual basados en dos ideas equivocadas: 1) que no hay inflación, según ellos, y 2) que los beneficios superan a los riesgos.

Inflación

La idea de que no hay inflación es falsa. Hay mucha inflación en los bienes y servicios que los consumidores realmente demandan y usan. El índice de precios al consumidor oficial (IPC) se mantiene artificialmente bajo por el petróleo, el turismo y la tecnología, disfrazando los aumentos en salud, los alquileres y la vivienda, la educación, los seguros y los alimentos frescos que son significativamente más altos que los salarios nominales y que lo que indica el IPC oficial. Además, en los países con un impuesto agresivo de la energía, el impacto negativo en el IPC de los precios del petróleo y el gas no se refleja en absoluto en las facturas reales de electricidad y gas de los consumidores.

Un estudio reciente de Alberto Cavallo del Harvard Business School (pdf), muestra cómo la inflación oficial no refleja los cambios en las pautas de consumo, y concluye que la inflación real en Estados Unidos es más del doble del nivel oficial basado en una cesta media en la era del COVID-19. Además, según un artículo de James Mackintosh del Wall Street Journal, los precios están subiendo hasta tres veces la tasa del IPC oficial para las cosas que la gente necesita en la pandemia, incluso si el número de la inflación general sigue siendo bajo.

Las estadísticas oficiales asumen una cesta que está disminuyendo debido a los bienes y servicios replicables que compramos de vez en cuando. Como tal, los precios de la tecnología, la hotelería, y el ocio están disminuyendo, pero las cosas que adquirimos a diario y que no podemos simplemente dejar de comprar están aumentando mucho más rápido que los salarios nominales y reales.

La política monetaria

Los bancos centrales dirán a menudo que estos aumentos de precios no se deben a la política monetaria sino a las fuerzas del mercado. Sin embargo, es precisamente la política monetaria la que ejerce presión sobre las fuerzas del mercado al disminuir los índices y aumentar la oferta monetaria. La política monetaria hace que sea más difícil para los menos privilegiados vivir el día a día y que sea cada vez más difícil que la clase media ahorre y compre activos, como casas y bonos, que aumentan de costo debido a las políticas monetarias expansivas.

Puede que la inflación no aparezca en los titulares de las noticias, pero los consumidores la sienten. El público en general ha visto un aumento constante del precio de la educación, la salud, los seguros y los servicios públicos en un período en que los bancos centrales se han sentido obligados a “combatir la deflación”, un riesgo deflacionario que ningún consumidor ha visto, y mucho menos las clases bajas y medias.

No es una coincidencia que el Banco Central Europeo se preocupe constantemente por la baja inflación mientras las protestas por el aumento del costo de la vida se extienden por toda la zona euro. Las medidas oficiales de inflación simplemente no reflejan las dificultades y la pérdida de poder adquisitivo de los salarios y ahorros de la clase media.

Por lo tanto, las políticas inflacionistas sí crean un doble riesgo: en primer lugar, un aumento drástico de la desigualdad, ya que los pobres se quedan atrás por el aumento del precio de los activos y el efecto riqueza, mientras que también sienten el aumento de los precios de los bienes y servicios básicos más que nadie; y, en segundo lugar, porque no es cierto que los salarios aumenten junto con la inflación. Hemos visto cómo los salarios reales se han estancado debido al escaso crecimiento de la productividad y al exceso de capacidad mientras que las tasas de desempleo eran bajas, manteniendo los salarios significativamente por debajo del aumento de los servicios esenciales.

Los bancos centrales también deberían preocuparse por la creciente dependencia de los mercados de bonos y acciones en la próxima inyección de liquidez y el recorte de los tipos de interés. Si yo fuera presidente de un banco central, me preocuparía realmente si los mercados reaccionaran agresivamente a mis anuncios. Sería una señal preocupante de codependencia y riesgo de burbujas. Cuando los estados soberanos con déficits masivos y finanzas debilitadas tienen los rendimientos de bonos más bajos de la historia, no es un éxito del banco central, es un fracaso.

La inflación no es una política social. Beneficia de manera desproporcionada al primer receptor del dinero recién creado —el gobierno y los sectores con gran cantidad de activos— y perjudica el poder adquisitivo de los salarios y los ahorros de las clases bajas y medias. La política monetaria “expansiva” es una transferencia masiva de riqueza por parte de los ahorradores a los prestatarios. Además, estos evidentes efectos secundarios negativos no se resuelven con la llamada “flexibilización cuantitativa para el pueblo”. Una mala política monetaria no se resuelve con una peor. Inyectar liquidez directamente para financiar los programas de derechos y gastos del gobierno es la receta para el estancamiento y la pobreza.

No es una coincidencia que aquellos que implementaron plenamente las recomendaciones de la Política Monetaria Moderna—Argentina, Turquía, Irán, Venezuela y otros— hayan visto aumentos en la pobreza, un crecimiento más débil, peores salarios reales, y la destrucción de la moneda.

La creencia de que los precios deben aumentar a cualquier precio porque, de lo contrario, los consumidores pueden posponer sus decisiones de compra es generalmente ridícula en la gran mayoría de las decisiones de compra. Es descaradamente falso en una crisis pandémica. El hecho de que los precios suban en una crisis pandémica no es un éxito, es un fracaso miserable y perjudica a todos los consumidores cuyos ingresos disminuyeron en un 10 o 20 por ciento.

Los bancos centrales deben empezar a pensar en las consecuencias negativas de la burbuja masiva de bonos que han creado y en el aumento del costo de vida para las clases bajas y medias antes de que sea demasiado tarde. Muchos dirán que nunca sucederá, pero actuar en base a esa creencia es exactamente el mismo ejemplo que di al principio del artículo: “No nos hemos estrellado todavía, hay que acelerar”. Es imprudente y peligroso.

La inflación no es una política social. Es un robo a plena luz del día.

Daniel Lacalle, Ph.D., es economista jefe del fondo de cobertura Tressis y autor de “Freedom or Equality”, “Escape from the Central Bank Trap” y “Life in the Financial Markets”.


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Las opiniones expresadas en este artículo son propias del autor y no necesariamente reflejan las opiniones de La Gran Época

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