Las implicaciones para la seguridad nacional si Rusia y China afirman tener la vacuna contra el COVID-19

¿Estarán algunos generales en China o Rusia susurrando en los oídos de sus líderes que el momento de atacar es ahora?
Por Stephen Bryen
10 de Septiembre de 2020
Actualizado: 10 de Septiembre de 2020

Opinión

China ahora afirma que ha probado una vacuna contra el COVID-19 en cientos de miles de personas sin una sola infección y sin efectos secundarios. Mientras tanto, Rusia ha lanzado su propia vacuna llamada Sputnik V.

¿Cuáles son las posibles implicaciones de seguridad nacional si algunos países tienen una vacuna y otros no?

La “Sputnik V” es una vacuna desarrollada por el Instituto de Investigación Gamaleya en coordinación con el Ministerio de Defensa de Rusia. Se basa en una vacuna probada contra el adenovirus, el resfriado común. Se supone que dura dos años; China afirma que su nueva vacuna dura 3 años.

Aún no está claro el cronograma para el despliegue completo de la vacuna. Algunos medios de China dicen que para finales de año. En el caso de Rusia, las pruebas están incompletas. Filipinas anunció que empezará a probar la vacuna rusa en octubre, pero el despliegue completo no será hasta mediados de 2021.

Sin importar el cronograma, y siempre que ni Estados Unidos ni sus aliados tengan éxito, ¿tienen Rusia y China una poderosa influencia que pueda usarse en contra de Estados Unidos y de sus aliados?, ¿Cómo usarían esa influencia?, ¿Cuáles son las implicaciones militares?.

Ejemplos nucleares

Al comienzo de la era nuclear, cuando EE. UU. era el único país del mundo con armas atómicas, vale la pena recordar que existía un gran peligro de que la parte estadounidense las usara de manera preventiva, en un caso contra Rusia, en otra Corea del Norte y en aún otra China.

El general Curtis Lemay, el segundo jefe del Comando Aéreo Estratégico, propuso en 1949 que la Fuerza Aérea de EE. UU. planificara destruir setenta ciudades soviéticas en treinta días con ciento treinta y tres bombas atómicas, causando hasta 2.7 millones de muertes y otros cuatro millones de víctimas.

Para 1953 el general de la Fuerza Aérea, James Doolittle, propuso dar un ultimátum a los rusos y si lo rechazaban, iban a usar armas atómicas para destruirlos. El presidente Eisenhower rechazó la propuesta.

En la Guerra de Corea, el Estado Mayor Conjunto y el general MacArthur no solo consideraron, sino que pusieron en marcha un plan para usar armas atómicas contra Corea del Norte, que para ese entonces casi había expulsado a los aliados de la península. Los bombarderos B-29 fueron trasladados a Guam junto con 10 bombas atómicas. Pero el presidente Truman decidió no transferir los núcleos de armas fisionables a Guam, dejando a los B-29 sin armas atómicas utilizables.

El peor momento probablemente se produjo durante la crisis de los misiles en Cuba en 1962 cuando, en respuesta a la instalación de misiles nucleares operacionales en Cuba, los Estados Unidos lanzó un gran número de bombarderos estratégicos portadores de armas nucleares, prepararon sus misiles de ataque nuclear terrestres y marítimos, y presionaron duramente a la Unión Soviética para que retirara sus armas nucleares de Cuba. Esta fue la única vez que Estados Unidos elevó su estado de alerta a DEFCON-2 (Condición de Defensa 2). Normalmente se establece en DEFCON 5.

Los casos anteriores sugieren que los planificadores militares pensaron que tenían una ventaja y quisieron explotarla usando armas atómicas y posteriormente armas de hidrógeno.

Defendiéndonos contra las amenazas biológicas

En el libro “Defending Against Biothreats: What We Can Learn from the Coronavirus Pandemic to Enhance US Defenses Against Pandemics and Biological Weapons” (“Defendiéndonos contra las amenazas biológicas: Lo que podemos aprender de la pandemia del coronavirus para mejorar las defensas de EE. UU. contra las pandemias y las armas biológicas”), mi esposa Shoshana y yo escribimos “The Future of Biowar: What the Bad Guys Have Learned and How to Combat It” (“El futuro de la bioguerra: Lo que los chicos malos aprendieron y cómo combatirlo”). Estos son algunos de los puntos que destacamos en el artículo:

1. Un virus puede retrasar, reutilizar o simplemente detener las operaciones militares permitiendo que un adversario potencial como China o Rusia se aproveche.

Hay muchas pruebas que apoyan el primer punto. El ejemplo más dramático es lo que le sucedió al USS Theodore Roosevelt, un portaaviones de propulsión nuclear clase Nimitz que estuvo fuera de servicio durante meses. Recientemente, el nuevo portaaviones británico, el HMS Queen Elizabeth, que se programó para una misión de entrenamiento, fue detenido en el puerto de Portsmouth, debido a las infecciones del COVID-19.

2. Producir sistemas de detección, vacunas y tratamientos efectivos es un proceso largo e incierto, y la distribución de estas soluciones aumenta la carga logística y la ansiedad social.

En cualquier caso, todos estos pasos llevan meses, sino años, y por lo tanto no van a inhibir el uso de la guerra biológica en condiciones reales. Esto significa que se necesitan urgentemente otros elementos disuasorios. En este momento, no hay ninguno que aborde específicamente el desafío de la bioguerra.

3. Los estados hostiles utilizan la desinformación, la negación y el engaño para ocultar la responsabilidad, mientras que al mismo tiempo buscan importantes ventajas políticas, económicas y militares en medio de una crisis.

La desinformación siempre será parte del Gran Juego (como siempre lo ha sido). Estados Unidos tienen que ser sincero al explicar a su propio pueblo y a sus aliados lo que está sucediendo.

En el tema del COVID-19, los líderes de EE. UU. estaban divididos y eran incapaces de enviar un claro mensaje contrarrestante. Los científicos estadounidenses que trabajan para el gobierno tienen que alinearse con la política del gobierno y no seguir agendas que socavan el esfuerzo de los principales líderes en asignar la culpa si un estado hostil utiliza la bioguerra.

Todo esto es importante porque la bioguerra es una guerra, incluso si se disfraza como un acontecimiento involuntario. Lamentablemente, el primer ejercicio de Estados Unidos para hacer frente a una amenaza de guerra biológica ha sido en gran medida un desastre causado por el conflicto entre los científicos del gobierno y los líderes del gobierno.

4.El Pentágono no estaba preparado para lidiar con el COVID-19. La orden de la Marina de que todos los barcos se quedaran en el mar y no volvieran al puerto debido a las infecciones a bordo significaba que la Marina tendría que encontrar una forma de abastecer a los barcos y hacer frente a una crisis médica que aumentaba. El Pentágono y los servicios militares de EE. UU. deben encontrar la forma de asegurar fuerzas de combate efectivas en condiciones de pandemia.

Un paso sería colocar previamente kits de prueba que se apliquen de manera amplia para manejar un número mayor de posibles bioamenazas. Otro paso sería asegurarse de que haya suficiente equipo de descontaminación. Hay que considerar de nuevo la ventilación y la purificación del aire, especialmente en entornos cercanos como barcos, submarinos y aviones.

Vulnerabilidades de la ciberseguridad

Una vulnerabilidad particular es el cambio al teletrabajo en el Departamento de Defensa, que parecía una buena idea, pero multiplicaba el riesgo de comprometer las operaciones debido a las vulnerabilidades de la ciberseguridad. El Pentágono ha fallado sistemáticamente en tomar en cuenta que prácticamente todos sus dispositivos portátiles de mano y laptops, así como sus computadoras de escritorio y redes de área local, contienen importantes componentes, sino totalmente, de fabricación china.

El Departamento de Defensa no ha revelado cuántas comunicaciones entre teletrabajadores pueden haberse visto comprometidas durante la pandemia.

La única solución a esto es reemplazar los dispositivos vulnerables, incluyendo el internet de cosas, y algunos bienes de defensa que utilizan computadoras comerciales y tableros de circuitos. Hoy en día no hay ningún plan para hacer eso. Este déficit multiplica el riesgo para la seguridad de Estados Unidos en formas inaceptables pero prevenibles.

Un tema más importante es si los líderes posiblemente hostiles empiezan a pensar que un escenario de bioguerra es una parte legítima de la guerra y que puede funcionar. Así como los generales de la Fuerza Aérea y el Estado Mayor Conjunto querían usar bombas atómicas cuando pensaban que podían explotar la ventaja que tenían entonces, fueron los líderes civiles quienes aplacaron su entusiasmo.

En los estados no democráticos la línea entre civiles y militares es quizás más borrosa o al menos opaca. ¿Estarán algunos generales en China o Rusia susurrando en los oídos de sus líderes que el momento de atacar es ahora?

El Dr. Stephen Bryen es considerado como un líder de pensamiento en política de seguridad tecnológica. Fue galardonado dos veces con el más alto honor civil del Departamento de Defensa, la Medalla al Servicio Público Distinguido. Su libro más reciente es “Technology Security and National Power: Winners and Losers”. (“Seguridad Tecnológica y Poder Nacional: Ganadores y Perdedores”).


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Las opiniones expresadas en este artículo son propias del autor y no necesariamente reflejan las opiniones de La Gran Época

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