Las Naciones Unidas: Un fracaso malicioso

Por David T. Jones
21 de Noviembre de 2018 Actualizado: 29 de Enero de 2019

“Las Naciones Unidas, nuestra última esperanza en una época en que los instrumentos de guerra han superado con creces a los instrumentos de paz, renovamos nuestro compromiso de apoyo –con el fin de evitar que se transforme en un mero foro para el vituperio, de fortalecer su defensa de los nuevos y los débiles, y de ampliar el alcance en que puede ejercer su mandato”  –John F. Kennedy, discurso inaugural, 1961.

Pero si estas palabras pretendían ser más que una exageración mojigata, el mundo en 2018 se encuentra en una situación peligrosa, y la ONU contribuyó a tal condición en lugar de aliviarla.

Para entender cómo la ONU llegó a este punto, veamos su trasfondo. Fundada en 1945 por 51 países después de la Segunda Guerra Mundial, la ONU “está comprometida a mantener la paz y la seguridad internacional, desarrollar relaciones amistosas entre las naciones, promover el progreso social, y mejorar los estándares de vida y los derechos humanos”.

El sitio web de la ONU describe sus principales propósitos:

  • mantener la paz en todo el mundo;
  • desarrollar relaciones amistosas entre las naciones;
  • ayudar a las naciones a trabajar juntas para mejorar la vida de los pobres, vencer el hambre, las enfermedades y el analfabetismo, y fomentar el respeto de los derechos y libertades de los demás; y
  • ser un centro para armonizar las acciones de las naciones para lograr estos objetivos.

Estos son objetivos a los que nadie puede oponerse.

De manera más realista, la ONU fue una construcción de vencedores diseñada tanto para preservar la paz como para mantener el dominio mundial. Los cinco miembros permanentes originales del Consejo de Seguridad, con derecho a veto sobre todas las acciones relacionadas con la seguridad, son la República de China (ahora República Popular China), Francia,  Reino Unido, URSS (ahora Rusia) y Estados Unidos. En términos político-militares, se trata de un “equilibrio de candelabro” en el que tres o cuatro actores pueden impedir la acción agresiva de los demás.

A pesar del débil poder nacional de Francia; la implosión de la guerra civil de la República de China, que condujo a la dominación comunista; y la debilidad terminal del Imperio Británico, el sistema inicialmente funcionó.

Los miembros de la Asamblea General todavía eran manejables, y los aliados latinoamericanos le otorgaron a los Estados Unidos una influencia significativa. Para responder a la invasión del Sur por parte de Corea del Norte en 1950, Estados Unidos orquestó una resolución de la Asamblea General “unidos por la paz” que, combinada con el lamentable error de Moscú de boicotear las actividades de la ONU, permitió a Estados Unidos crear un Comando de las Naciones Unidas para resistir la agresión de Pyongyang. Puede que haya sido la última acción realmente exitosa de la ONU relacionada con la seguridad.

A título personal, una vez fui partidario axiomático de la ONU y creí en su mito. En la escuela secundaria, participé y gané un concurso de mi ciudad sobre las Naciones Unidas, patrocinado por la orden fraternal de los Odd Fellows. El premio fue una semana en Nueva York para visitar y estudiar las Naciones Unidas, al final de la cual sin lugar a dudas sabía más de la ONU como nunca antes ni después.

En el turismo complementario, incluso aprendí quién está enterrado en la tumba de Grant. Al regresar a casa, los Odd Fellows organizaron una reunión durante la cual comenté mis experiencias, y fui invitado a comer pastel de manzana ‘à la mode’, una primera y deliciosa experiencia culinaria.

Sin embargo, en la década de 1960, los tiempos habían cambiado. La descolonización generó una avalancha de países que finalmente triplicaron el número de miembros de la Asamblea General, adoptando posiciones políticas esencialmente hostiles a los intereses de Estados Unidos. A lo largo de la década de 1960, Washington obstaculizó los esfuerzos para que Beijing fuera el representante de “China”, pero fue derrotado en 1971.

Asimismo, durante una prolongada acción militar en el sudeste asiático, la ONU no mostró ninguna simpatía por los objetivos regionales de Estados Unidos.

No pasó mucho tiempo antes de que los estadounidenses consideraran que la presencia de la ONU en Nueva York generaba multitudes de extranjeros groseros que no pagaban sus multas de estacionamiento y además consideraban que la burocracia de la ONU era una fuente de empleos cómodos en áreas opacas, principalmente pagados con los aportes de Estados Unidos.

Y, en la pasada generación, Washington tuvo problemas especiales con la Asamblea General (AGNU) y el Consejo de Seguridad. Durante la última década, la AGNU condenó implacablemente a Israel por su relación con los palestinos. En decenas de resoluciones, impulsadas por el bloque árabe-musulmán, la Asamblea General de las Naciones Unidas producía críticas indiferenciadas a Israel al tiempo que resaltaba los objetivos palestinos. Al mismo tiempo, derrotamos cualquier resolución del Consejo de Seguridad que criticara a Israel sin denunciar las acciones militantes palestinas.

Washington también tuvo problemas con el Consejo de Derechos Humanos de la ONU (CDHNU). Se supone que sus 47 miembros “promueven y protegen los derechos humanos en todo el mundo”. Los miembros, sin embargo, incluyen a violadores de derechos humanos como China, Egipto, Pakistán, Cuba y Venezuela. A lo largo de su existencia, dedicó más resoluciones a criticar a Israel que a todos los demás países juntos. El 19 de junio de 2018, Estados Unidos se retiró del CDHNU acusándolo de parcialidad contra Israel y de no responsabilizar a los abusadores de los derechos humanos.

En esencia, Washington renunció a las Naciones Unidas; es una “charla de trabajo” ritualizada para intercambiar insultos en lugar de lograr objetivos relacionados con la seguridad.

En 1994, como embajador de la ONU designado durante un receso, John Bolton afirmó: “El edificio de la Secretaría en Nueva York tiene 38 pisos […] Si perdiera diez pisos, no haría ninguna diferencia”. Ahora, como asesor de Seguridad Nacional, es de suponer que los puntos de vista de Bolton no cambiaron.

David T. Jones es un alto funcionario retirado del Departamento de Estado que publicó varios cientos de libros, artículos, columnas y reseñas sobre cuestiones bilaterales entre Estados Unidos y Canadá y sobre política exterior general. Durante una carrera que abarcó más de 30 años, se concentró en cuestiones político-militares, sirviendo como asesor de dos jefes de Estado Mayor Conjunto del Ejército. Entre sus libros se encuentra “Alternativa de América del Norte: Lo que Canadá y Estados Unidos pueden aprender el uno del otro”.

Las opiniones expresadas en este artículo son propias del autor y no reflejan necesariamente las opiniones de La Gran Época.

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