Lo que dejamos atrás en Afganistán

Por Roger Kimball
30 de Agosto de 2021
Actualizado: 30 de Agosto de 2021

Muchos de los reportes procedentes de Afganistán de esta última semana mencionan algo que se condena y se barre bajo la alfombra al mismo tiempo.

Me refiero al hecho de que cuando Estados Unidos levantó la bandera blanca ante los talibanes dejó atrás una enorme cantidad de material militar de fabricación estadounidense.

Hace apenas un par de semanas, todo ese material de guerra era propiedad de dos entidades.

Una parte pertenecía a las propias fuerzas estadounidenses.

Una gran parte pertenecía al gobierno afgano suministrado por Estados Unidos, que era la poderosa fuerza de 300,000 hombres que, el 8 de julio, el presidente Joe Biden dijo que se impondría a los talibanes en caso de que se necesitara.

Las cosas se pusieron feas, como todos sabemos, y ahora esos vastos almacenes de material militar están bajo el control exclusivo de los talibanes.

Se han realizado varios inventarios diferentes de estos arsenales. Uno que acaba de publicarse en el London Times es quizá el más fidedigno publicado hasta la fecha.

Dispersos en siete cuarteles del ejército afgano por todo el país, desde Kabul y Kandahar hasta Herat, Mazar-Sharif y Kunduz, estos depósitos de armas incluyen una cantidad impresionante de material militar estadounidense: 22,174 humvees blindados, por ejemplo, 42 camionetas y todoterrenos, 64,363 ametralladoras, 162,043 radios, 16,035 gafas de visión nocturna, 358,530 rifles de asalto (los de verdad, no los “rifles de asalto” de los que Joe Biden advierte en el país), 126,295 pistolas y 176 piezas de artillería.

Y eso es solo para empezar. Estados Unidos también dejó generosamente más de 100 helicópteros, incluidos 33 Blackhawks, 4 aviones de transporte C-130 y unos 60 aviones más.

También hubo montones de municiones para acompañar todo el botín.

La pregunta que no se ha planteado sobre este impresionante arsenal es: ¿por qué?

¿Por qué lo dejamos para que lo utilizaran los talibanes?

No creo que esa pregunta se haya abordado con la determinación que merece.

Algunas personas han sugerido que se trata de una simple cuestión de incompetencia por parte del gobierno de Biden, especialmente del Departamento de Estado, que está supervisando la evacuación, y del propio presidente, que aparentemente decidió ignorar los consejos de algunos de sus asesores sobre las fechas de la evacuación.

Pero sospecho que hay algo más insidioso que la simple incompetencia.

Se trata de una incompetencia politizada y, por tanto, malévola.

Esto está empezando a reconocerse en algunos lugares sorprendentes.

The New York Times, por ejemplo, acaba de publicar un artículo de opinión de Elliot Ackerman, un exmarine que forma parte de un grupo de “veteranos, periodistas y activistas” que llevan meses ayudando en privado a organizar los esfuerzos de evacuación en Afganistán.

“Nunca”, escribió Ackerman, “he sido testigo de un colapso de la competencia mayor y más rápido que lo que he visto con la evacuación de Estados Unidos en Afganistán”.

Tampoco es tímido a la hora de identificar el origen del pandemónium: “Los acontecimientos en el aeropuerto —desesperación y muerte— indican el caos extremo que se produce cuando el comandante en jefe no entiende realmente el valor del servicio”.

Como muchos observadores, Ackerman se centra principalmente en el caos de Kabul.

Pero yo sigo preguntándome por todo ese poder armamentístico y el material de apoyo que hemos dejado atrás.

¿Por qué lo hicimos? ¿Por qué no lo destruimos?

Que yo sepa, nadie ha respondido a esas preguntas.

Por supuesto, el material militar no es lo único que hemos dejado atrás.

Al parecer, la “misión” de evacuación también está dejando atrás a cientos de estadounidenses.

Según el representante Dan Crenshaw, entre otros, “Biden no está dejando pasar a los ciudadanos estadounidenses por las puertas del aeropuerto. Ha sido imposible hacer pasar a alguien en las últimas 24 horas”.

Crenshaw concluye: “Esta administración ha estado mintiendo sobre su intención de salvar a los estadounidenses. Imperdonable”.

Biden se ha apresurado a intentar trasladar la culpa de todo este desastre a Donald Trump. “¡Hizo un trato con los talibanes!” es su constante estribillo.

Pero Biden se olvida de señalar que Trump tenía un plan para irse a principios de mayo, antes de la “temporada de combates de verano”, y mucho antes de que los talibanes hubieran invadido el país.

Biden ideó su propio calendario por su imagen: quería poder reclamar el mérito de poner fin a “la guerra más larga de Estados Unidos” y hacerlo de una manera que negara a Trump cualquier crédito por ello.

Le ha salido el tiro por la culata de forma espectacular, y las repercusiones, predigo, están lejos de terminar.

Para aquellos que se preguntan sobre los talibanes más amables y gentiles con los que Biden se está asociando, ya estamos recibiendo algunos indicios claros.

Claro, postean fotos de ellos mismos comiendo helado para burlarse de Biden.

Incluso he visto informes de que han comprado o están planeando comprar un cuadro de Hunter Biden para instalarlo en el palacio presidencial.

Quizá sea una sátira, ¿quién sabe?

La Administración Biden y sus caniches mediáticos siguen sugiriendo que los talibanes pueden estar pasando la página. Creo que habría que estar loco para pensar así.

Un incidente representativo: The London Times reporta que “los combatientes talibanes han matado a tiros a una cantante folklórica afgana después de prohibir la música y las voces de las mujeres en la televisión y la radio en la emblemática provincia de Kandahar, sentando las bases para una prohibición en todo el país en un eco del brutal régimen islamista de hace 20 años”.

Oh, oh.

¿Qué hemos dejado atrás en Afganistán?

El brillante caricaturista editorial Michael P. Ramirez proporcionó el resumen más nítido en su ilustración de hoy.

Un gran helicóptero de transporte sobrevuela nuestra (antigua) embajada en Kabul. En un globo preguntan: “¿Qué hemos dejado atrás?”.

En el otro globo responden: “Nuestra credibilidad”.


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Las opiniones expresadas en este artículo son propias del autor y no necesariamente reflejan las opiniones de La Gran Época

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