Muerte de exlíder del PCCh aviva llamados para que el régimen rinda cuentas por las atrocidades cometidas

Por Eva Fu
01 de diciembre de 2022 4:38 AM Actualizado: 01 de diciembre de 2022 9:08 AM

La muerte del exlíder chino Jiang Zemin, quien desató una de las campañas más sangrientas contra un grupo religioso en la historia moderna, está impulsando nuevos llamados de los defensores de los derechos humanos para que el régimen chino rinda cuentas por sus abusos generalizados.

Jiang ascendió al poder tras la masacre de la plaza Tiananmen en 1989 y presidió el Partido Comunista Chino (PCCh) desde 1993 hasta 2003, pero su influencia dentro del partido persistió durante muchos años después de abandonar formalmente su cargo.

Su muerte, el 30 de noviembre, a causa de una leucemia y una insuficiencia orgánica múltiple, puso en el punto de mira las atrocidades cometidas por Beijing, según los críticos de China y los defensores de los derechos humanos, quienes consideran que el principal legado del exlíder es ser el artífice de una serie de abusos contra los derechos humanos que en la actualidad siguen amenazando los derechos básicos de millones de personas en China.

«Jiang Zemin murió como un vergonzoso asesino», declaró a The Epoch Times Chen Yonglin, excónsul político del consulado chino en Sidney, que desertó a Australia en 2005.

Supresión sangrienta

Entre los defensores de los derechos humanos, Jiang es más conocido por haber puesto en marcha la persecución nacional contra el grupo espiritual Falun Dafa, con una campaña de supresión que continúa en la actualidad.

Durante la década de los 90, esta práctica también conocida como Falun Gong, que incluye ejercicios de meditación y enseñanzas morales basadas en los principios de Verdad, Benevolencia y Tolerancia, alcanzó una gran popularidad. Se calcula que hay unos 100 millones de practicantes en China. Esta popularidad fue percibida por Jiang como una amenaza para su régimen autoritario.

El exdictador chino Jiang Zemin en el Gran Salón del Pueblo, en Beijing, China, el 8 de noviembre de 2012. (Feng Li/Getty Images)

En 1999, Jiang creó una organización similar a la Gestapo, llamada Oficina 610, que pasó por encima del marco legal de China para llevar a cabo una amplia campaña de erradicación de Falun Gong. En los años siguientes, los practicantes de Falun Gong se convirtieron en el objetivo de una amplia campaña de odio y millones de personas sufrieron encarcelamiento y tortura en los campos de trabajo, cárceles, centros de rehabilitación de drogas y pabellones psiquiátricos chinos.

Los investigadores internacionales llegaron a la conclusión de que se generalizó una Sustracción forzada de órganos de los practicantes de Falun Gong detenidos bajo las órdenes del régimen, lo que comenzó a principios de la década de 2000 y aún persiste.

El elogio oficial difundido en los medios de comunicación estatales chinos reconoce el papel de Jiang en la represión de las protestas de Tiananmen de 1989 y describe su muerte como una pérdida inestimable para el PCCh. El exconsul piensa diferente. Él presenció personalmente la sangrienta masacre de Beijing en 1989 y perdió a su padre durante la Revolución Cultural, que duró diez años y destruyó el país en la década anterior.

«El Partido Comunista Chino es un sindicato del crimen, y él era el timonel», dijo Chen. «Hay una montaña de deudas de sangre sobre él».

¿El principio del fin?

Para Erping Zhang, portavoz del Centro de Información de Falun Dafa, la muerte de Jiang ofrece una ventana para la reflexión.

Si bien puede ser una fuente de consuelo para los disidentes y las víctimas que experimentaron la supresión bajo su reinado, la noticia también marca una oportunidad perdida para llevarlo a la justicia, dijo Zhang.

Para los fervientes seguidores de Jiang en China puede que ahora sea el momento de apoyar lo que es correcto, añadió.

La muerte del exlíder se produjo en un momento turbulento en el que el PCCh se enfrenta a su mayor desafío en décadas.

Manifestantes marchan contra las duras restricciones del COVID-19 de China en Beijing el 28 de noviembre de 2022. (Noel Celis/AFP vía Getty Images)

Durante la semana pasada, estallaron protestas en más de una docena de ciudades chinas pidiendo el fin de la drástica política de COVID-19 del régimen. Algunos manifestantes llegaron a pedir la dimisión del partido gobernante.

Para Zhang, los acontecimientos le recuerdan lo que suele ocurrir en vísperas de un cambio de dinastía a lo largo de la larga historia china. En esos momentos, el país está dividido y la hostilidad aumenta en todos lados.

«Cuando comenzó la persecución de Falun Gong, el objetivo eran unos 100 millones», dijo Zhang citando las estimaciones de la época. «Algunas personas se apartaron porque pensaron que no tenía nada que ver con ellas».

«Pero entonces [el PCCh] fue a por los cristianos, los abogados de derechos humanos y los uigures de Xinjiang. Ahora la política de «Cero COVID» afecta a todo el mundo. Nadie queda fuera».

La opinión del exconsul no es diferente.

«El PCCh cayó de la cima de su poder y ahora se encuentra en una situación precaria», afirmó Chen, quien cree que la muerte de Jiang podría ser el preludio de la eventual caída del régimen.

Pero la muerte no debería marcar el fin de la responsabilidad, añadió Chen. Tarde o temprano se espera «un ajuste de cuentas», con Jiang y el PCCh.

 Con la contribución de Luo Ya.


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