¿Calentamiento global o ingeniería social?

Por Ronald J. Rychlak
15 de diciembre de 2018 4:56 PM Actualizado: 15 de diciembre de 2018 4:56 PM

A principios de este mes, delegados de casi 200 países se reunieron en Katowice, Polonia, para la 24ª reunión anual (Conferencia de las Partes) bajo la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático. Junto con esta reunión llegó un nuevo informe del Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC por sus siglas en inglés) de las Naciones Unidas, que exige reducciones tan drásticas de las emisiones de carbono que, según el IPCC, requerirán transformaciones sociales sin ningún paralelo histórico conocido.

Menos notoria, pero digna de una seria consideración, fue una contra-conferencia establecida por el Heartland Institute a pocas cuadras de distancia. Numerosos oradores comparecieron en ese evento transmitido en vivo en el que argumentaron que la ciencia no justifica una transformación masiva de la sociedad para combatir el calentamiento global.

James Taylor, investigador principal de Medio Ambiente y Política Climática, explicó que su razón de estar en Polonia era contrarrestar una “reunión de los colectivistas globalistas del mundo, los totalitaristas del clima, las élites de la clase dominante mundial”.

En esta contra-conferencia, el Panel Internacional No Gubernamental sobre el Cambio Climático (NIPCC por sus siglas en inglés) publicó su nuevo informe (disponible sin costo alguno en Internet) titulado: “Cambio Climático Reconsiderado II: Combustibles Fósiles”. Más de 100 científicos contribuyeron a ese volumen de casi 700 páginas, que evalúa los costos y beneficios del uso de combustibles fósiles (principalmente carbón, petróleo y gas natural) mediante la revisión de publicaciones científicas y económicas sobre química orgánica, ciencia del clima, salud pública, economía, seguridad humana y estudios teóricos basados en modelos de evaluación integrados.

Como una cuestión de divulgación completa, me desempeñé como revisor no remunerado de dos capítulos de ese volumen. No, no soy un científico. Tampoco lo es Al Gore. Como él, fui a la Facultad de Derecho de la Universidad Vanderbilt. A diferencia de él, yo me gradué. Luego enseñé derecho ambiental tanto a estudiantes de derecho como a estudiantes graduados de ingeniería durante varios años. También escribí varios artículos y un libro sobre el tema.

He conocido a muchos de los científicos que contribuyeron a “Cambio Climático Reconsiderado II”. Son personas científicas serias. No son portavoces de la industria; no hicieron nada que se acerque al dinero que Gore y otros hicieron impulsando una agenda política. No son los que dicen que “las pruebas están y la ciencia está decidida”. Ellos quieren seguir estudiando y analizando los resultados. Son, a fin de cuentas, científicos.

La misión declarada del NIPCC es “analizar e interpretar objetivamente datos y hechos sin conformarse a ninguna agenda específica”. Al no estar afiliado a ningún gobierno, el NIPCC contrasta con el IPCC patrocinado por gobiernos, que (según el NIPCC) está “predispuesto a creer que el cambio climático es un problema que necesita una solución de la ONU”.

Reconsiderando la evidencia

La serie de informes “Cambio Climático Reconsiderado” repasa miles de estudios de revistas científicas revisadas por especialistas y que arroja serias dudas sobre la ortodoxia del cambio climático. Este último informe aborda cuestiones como el cambio del nivel del mar, los huracanes, las deficiencias de los modelos climáticos, la física del clima y las conclusiones científicas débiles o erróneas que se mencionan con demasiada frecuencia en los debates sobre el clima.

Si usted recuerda la escuela secundaria, probablemente aprendió (o debió haber aprendido) sobre el método científico. Consiste en la idea de desarrollar una hipótesis y luego ejecutar una prueba para tratar de refutarla (eliminando tantas variables irrelevantes como sea posible). La prueba debe poder ser repetida por otros.

Obviamente, no se puede hacer un experimento de tamaño completo del planeta para probar o refutar el impacto del dióxido de carbono u otros gases en el clima. Como tal, los científicos tienen que recurrir a una forma menos confiable (pero aún legítima) de abordar el tema: el modelo ambiental. Esto implica desarrollar la hipótesis y construir un modelo matemático basado en ella. El científico entonces mira al medio ambiente para ver si el modelo refleja con precisión los datos que pueden ser medidos.

En 1896, el científico sueco Svante August Arrhenius desarrolló la teoría de que los “gases de efecto invernadero” podían actuar como una manta térmica. Si se comparan las temperaturas del siglo XX con los niveles de dióxido de carbono en la atmósfera, los dos niveles ciertamente parecen correlacionarse.

Sin embargo, hay algunas preguntas serias sobre los tiempos de los movimientos (qué viene primero, el cambio de temperatura o el cambio en la concentración de CO2), el aumento de la temperatura que precedió a la década de 1930 y la industrialización, y el más reciente “estancamiento” en los aumentos de temperatura.

Ninguno de los modelos más conocidos explica completamente estas desviaciones de las proyecciones. En otras palabras, los modelos no son exactamente correctos. (Por cierto, aunque hay una hipótesis lógica subyacente en la teoría del calentamiento global, no se puede decir lo mismo sobre el “cambio climático” genérico.)

Por lo tanto, sin experimentos repetibles y comprobables para probar la ciencia, y con preguntas sobre los modelos que se construyeron, no es realmente sorprendente ver una gran resistencia a los resultados del IPCC.  Esto va por partida doble en cuanto a sus soluciones políticas y económicas.

Uno de los grandes problemas con el tema del calentamiento global/cambio climático es que todas las soluciones requieren soluciones globales colectivistas. De hecho, de acuerdo con sus críticos, el foco principal del IPCC parece estar dirigido hacia el avance de una agenda política en lugar de la ciencia.

Por supuesto, si el mundo realmente necesita reducir las emisiones a escala masiva, eso puede requerir una cesión de la soberanía nacional a una autoridad global, sin embargo ¿alguien cree que eso es posible? Las llamadas protestas del «chaleco amarillo” que convirtieron a París en zona de guerra debido al aumento programado del impuesto al combustible del presidente Emmanuel Macron sugieren lo contrario.

Es difícil trabajar al borde del conocimiento humano establecido, pero es ahí donde se encuentran hoy en día los científicos del clima. Están haciendo recomendaciones que podrían impactar la manera en que la naturaleza responde –y cómo la gente tendría que vivir– en un futuro probable. Dada la magnitud del problema y la incertidumbre involucrada, cada uno tiene la responsabilidad de estudiar el tema. Una buena manera de empezar es con el resumen ejecutivo de 26 páginas de “Cambio Climático Reconsiderado II”.

Ronald J. Rychlak es catedrático en derecho y gobierno para Jamie L. Whitten en la Universidad de Mississippi. Es autor de varios libros, entre ellos “Hitler, la guerra y el Papa”, “La desinformación” (en coautoría con Ion Mihai Pacepa) y “La persecución y el genocidio de los cristianos en Oriente Medio” (coeditado con Jane Adolphe).

Los puntos de vista expresados en este artículo son las opiniones del autor y no reflejan necesariamente los puntos de vista de La Gran Época.

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