En el último siglo, las élites gobernantes comenzaron a ver a las naciones -con sus fronteras, tradiciones y gobiernos separados- como fuentes de conflicto y guerra.
Anteriormente, los liberalistas modernos y los progresistas, desde John Stuart Mill hasta Lenin, incluso Woodrow Wilson, criticaron a las entidades imperiales o supranacionales (hasta que Wilson abogó por de la Liga de las Naciones). Apoyaban el derecho de las naciones a la autodeterminación.
Luego de la Ilustración, crear imperios basados en valores y leyes universales parecía una forma racional de imponer la razón y la paz en un mundo caótico de naciones con su miríada de tradiciones, supersticiones, leyes y tendencias bélicas.
Pero de los tres imperios europeos post-Ilustración que apuntaban a subordinar a las naciones a un gobierno en común basado en valores universales -el Napoleónico, la Rusia comunista y la Unión Europea (UE)- solo ésta última sobrevivió y se expandió hasta fines del siglo XX.
No obstante, en la actualidad, la confianza en tales entidades y ambiciones comenzó a deteriorarse. Creció el escepticismo en relación a este nuevo tipo de régimen imperial de burócratas.
Fracaso y revuelta
Al mismo tiempo que los británicos intentan liberarse de las tenaces garras de la UE, muchas otras naciones se esfuerzan por reivindicarse.
Buscando recuperar el control de sus vidas, economías y fronteras, un creciente número de países de la UE, especialmente aquellos de Europa Oriental, indicaron que no firmarían el Pacto de Migración de la ONU en Marruecos. Austria, actual presidente de la UE, se opuso a este pacto que la UE apoya.
El «déficit democrático» de la UE -el aislamiento de sus burócratas gobernantes del control y la responsabilidad democrática- se volvió de lo más mortificante cuando sus supervisores imponían su voluntad sobre las naciones. Sus decisiones probaron ser desastrosas en múltiples áreas y países tan diversos como Grecia y Finlandia. El reemplazo de la moneda nacional con un único euro (con 9 de los 28 estados miembros fuera de la Eurozona) fue un intento político de integrar las muy diferentes naciones a la UE.
Al apegarse a un modelo en el cual el poder dominante de la UE, Alemania, insistía contra toda experiencia y asesoría económica, la UE hizo grandes daños a las economías europeas y antagonizó a millones de ciudadanos. Por ejemplo, el control de tasas de interés y el valor de la moneda compartida del Banco Central Europeo (BCE) impedían que Finlandia maneje su economía para salir de la crisis que comenzó allí en 2008.
Como lo explica un artículo del New Yorker de 2016, «Gracias al euro, el BCE controla esas cosas [valor de la moneda y tasas de interés] y también establece blancos para prevenir cualquier otro tipo de estímulo a través de gastos deficitarios. Finlandia tiene una fuerza de trabajo diligente y bien educada, con conocimiento en tecnología, tiene poca corrupción, bajos niveles de deuda estatal y ninguna oligarquía nacional -en otras palabras, [no concurre] ninguno de los factores que a veces se ven como fuente de problemas en las economías del Sur de Europa. Incluso así, la economía finlandesa se contrajo un 8 por ciento, más que durante la Gran Depresión».
“Masas sin alma”
El pensamiento subyacente de los desarrollos supranacionales como la UE era defectuoso desde el comienzo. Erraba en culpar un orden independiente de estados naciones por los horrores de ese período ensangrentado. Mientras que la Primera Guerra Mundial fue una lucha por imperios y entre imperios, la Segunda Guerra Mundial fue una lucha para establecer el Tercer Reich, esto es, un imperio alemán que sucediera al Sacro Imperio Romano Germánico establecido por Carlo Magno y al corto Imperio Alemán liderado por Prusia (1871-1918).
Los imperios post-Ilustración de Napoleón y la Unión Soviética no eran nacionalistas en ideología sino universalistas. Se esforzaban por establecer un orden imperial de naciones bajo un mando unificado con valores y leyes universales. La guerra surgió no de la existencia de naciones independientes sino de la rivalidad entre imperios y el impulso de subyugar a todos bajo un mando y una visión comunes.
Algunos de los líderes del siglo XX indicaron el fracaso de las entidades supranacionales, imperios en desarrollo, y señalaron precisamente de lo que carecían en comparación con las naciones. La gran primer ministra británica Margaret Thatcher predijo que una Europa unificada se convertiría en «una masa sin alma, materialista, sin idealismo alguno».
Las entidades transnacionales carecían de «legitimidad», razonaba el general de Gaulle, gran líder de Francia. No tenían la profundidad histórica y cultural de las naciones. Les faltaban los vínculos de lealtad mutua que une a las naciones. Dejaban a las personas incapaces de defenderse a sí mismas contra los tecnócratas que dominan tales instituciones.
Como lo expresa el biógrafo de de Gaulle, Julian Jackson, «Su intuición de que un proyecto europeo construido por tecnócratas tendría dificultades en crear un sentido durable de destino común e identidad colectiva parece más convincente que hace 30 años».
Las opiniones expresadas en este artículo son propias del autor y no necesariamente reflejan las opiniones de The Epoch Times
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