Prisioneras torturadas, drogadas, asesinadas por inyección en ‘campos de reeducación’ de Xinjiang, revela exdetenida

Por Isabel Van Brugen - La Gran Época
15 de diciembre de 2018 1:20 PM Actualizado: 25 de octubre de 2019 6:08 PM

Las mujeres uigures detenidas en los llamados “centros de formación profesional” de China están siendo torturadas psicológica y físicamente, envenenadas y asesinadas por inyección, declaró una exprisionera a La Gran Época.

Gulbakhar Jalilova, uigur y ciudadana de Kazajstán de 54 años de edad, dijo que fue testigo de las atrocidades cometidas durante sus 15 meses de reclusión en un campo de mujeres en Urumqi, la capital de Xinjiang, antes de ser liberada en septiembre.

“Hubo chicas de mi habitación que se desmayaron por haber sido golpeadas con tanta fuerza, y se les ponían clavos en los dedos para hacerlas sangrar”, dijo a La Gran Época en una entrevista telefónica desde Estambul, Turquía.

Gulbakhar, una empresaria que fue detenida en mayo de 2017, fue acusada de transferir 17.000 dólares a una empresa llamada Nur. Fue liberada después de ser declarada inocente.

Mientras estaba detenida, su compañera de celda llamada Horiyat fue “puesta a dormir (…) fue asesinada por inyección”.

“Fue inyectada, sin embargo su cuerpo aún estaba caliente, y a otras chicas se les ordenó que lavaran su cuerpo. Murió así delante mío”, explicó Gulbakhar.

Los alarmantes informes se producen después de que las autoridades de Xinjiang legalizaran los centros de detención en octubre de este año, alegando que debían “educar y transformar” a aquellos a quienes el Partido Comunista Chino (PCCh) considera en situación de riesgo de las “tres fuerzas malvadas” del “extremismo, el separatismo y el terrorismo”.

Los uigures, junto con otras minorías étnicas como los tibetanos, así como los creyentes religiosos que permanecen fuera del control del Estado, incluidos los cristianos de las iglesias-casas clandestinas y los practicantes de Falun Dafa, son hace tiempo un objetivo del PCCh para su transformación a través de la “reeducación”.

El 29 de noviembre, en una audiencia de la Comisión Ejecutiva del Congreso de Estados Unidos sobre China, el senador Marco Rubio dijo que muchos observadores creen que la actual ola de represión en China es “la más severa desde la revolución cultural”.

Pero Beijing continúa insistiendo en su relato de que los que hasta octubre eran centros secretos de detención masiva, son en realidad centros para la formación de “capacidades profesionales” como la panadería y la costura, una afirmación que va en contra de múltiples testimonios de exdetenidos, incluida Gulbakhar.

El embajador de China en Estados Unidos, Cui Tiankai, dijo a Reuters el mes pasado que el PCCh está tratando de “reeducar” a los uigures para tratar de “convertirlos en personas normales [que] puedan volver a la vida normal”.

Gulbakhar dijo a La Gran Época que “nunca vio un solo salón de clase” mientras estuvo detenida y que lo que el régimen dice sobre la formación profesional son “completas mentiras”.

Se cree que “más de un millón”, principalmente de la etnia uigur, se encuentran en los campos de detención masiva, según cifras mencionadas por la Comisión Ejecutiva del Congreso de Estados Unidos sobre China y las Naciones Unidas.

Hacinamiento, condiciones de suciedad

Después de horas de interrogatorio por su transferencia de dinero, Gulbakhar fue esposada, vestida con un uniforme amarillo y llevada al SanKan de Urumqi, que según ella fue convertido en un campo de mujeres una semana antes de su llegada.

Las condiciones eran de hacinamiento y suciedad, explicó Gulbakhar, y agregó que había “niñas de tan solo 14 años de edad –niñas en edad escolar– y mujeres de hasta 80 años” en su habitación.

Las mujeres, cuyas muñecas sangraban por las esposas que pesaban 5 kilogramos y “raspaban contra la piel”, se turnaban para dormir cada noche porque no había suficiente espacio para que todas se pudieran acostar.

“En esa pequeña habitación había alrededor de 40 personas acostadas y unas 15 de pie”, señaló.

Y la comida era “nada de lo que un ser humano debiera comer”, dijo Gulbakhar, refiriéndose al pan tan duro como la piedra y a la sopa hecha de agua y harina de maíz que le daban para comer. “Apenas era suficiente para sobrevivir”.

Gulbakhar y sus compañeras de prisión eran despertadas cada mañana a las 5:30 a.m., y luego obligadas a pararse en dos filas mirando fijamente hacia una pared hasta las 8:00 a.m. “Sin hablar, sin mirar de reojo, de lo contrario, eras castigada”.

“Te atan las esposas a las cadenas de los tobillos para que no puedas caminar”.

Las mujeres uigures estaban confinadas en sus habitaciones todo el día. “La puerta solo se abre para castigarte, eso es todo”, añadió.

Tortura psicológica y física, drogas y veneno

A quienes estaban en su campo de detención se les obligaba a ingerir diariamente una medicina desconocida y se les inyectaba una sustancia cada mes que “adormecía sus emociones”.

“La inyección te hace sentir como si no tuvieras memoria. No extrañas a tu familia, no sientes que quieras salir. No sientes nada, es un sentimiento muy extraño”, explicó Gulbakhar.

En declaraciones a La Gran Época, Louisa Greve, directora de Asuntos Externos del Proyecto de Derechos Humanos Uigur, dijo que la medicina está “lavando de sus mentes su identidad personal” mientras “rellenan sus mentes con estas repetidas declaraciones forzadas de lealtad [al PCCh]”.

Las autoridades del campo también ponían veneno en la comida de las detenidas, dijo Gulbakhar, después de ver a la dueña de un restaurante, de 41 años de edad, caer al suelo mientras comía.

“Salían burbujas y espuma de la boca de la mujer, como si hubiera sido envenenada. Estaba paralizada”.

Gulbakhar comentó que la mujer fue arrastrada fuera del lugar y “nunca regresó”.

Una joven enfermera prisionera llamada Mabret que corrió a ayudar a la mujer durante el episodio fue inmediatamente castigada por las autoridades del campo de detención.

“Vinieron tropas con palos grandes y empezaron a golpearla, la arrastraron fuera de la habitación y continuaron golpeándola”.

Mabret fue llevada a una habitación llamada “agujero negro” –una celda de aislamiento– donde estuvo encadenada a una “silla de tigre” durante 10 días, recuerda Gulbakhar que le dijo la enfermera. Habían colocado ratones en la habitación como un método de privación de alimento y sueño.

“Mabret estaba muy asustada y tuvo que luchar para mantener a los ratones alejados de su cuerpo. No durmió porque no quería que la comieran viva”.

Solo fue liberada de la celda de aislamiento después de disculparse con una carta en la que decía que “haría lo mejor para el PCCh”, explicó Gulbakhar. Pero después de este episodio, Mabret nunca volvió a ser la misma.

“Era como si se hubiera vuelto loca, no actuaba con normalidad. Era como si algo estuviera mal con ella, desde la forma en que se veía hasta la forma en que actuaba”.

Represión de las tradiciones culturales uigures

A las detenidas se les prohibía tocarse el pelo mientras se lavaban la cara, ya que esto imita la preparación para la oración, dijo Gulbakhar.

“En la cultura musulmana, cuando las mujeres y los hombres se lavan antes de la oración, suelen tocarse el pelo para asegurarse de que estén bien limpios. Los oficiales del campo no quieren que la gente sea así, que se preparen para la oración”.

Esta represión de la tradición uigur –la mayoría de los cuales son musulmanes sunitas– se suma a otros testimonios de detenidos, como el de Omir Bekali, quien en octubre le dijo a La Gran Época que fue forzado a denunciar su propia fe mientras elogiaba al PCCh.

Gulbakhar dijo que durante el día las mujeres eran forzadas a “memorizar cinco canciones alabando al PCCh”.

“Me obligaron a aprender el himno nacional chino, que teníamos que cantar todos los lunes”, recuerda.

Esta “muestra de lealtad” forzada hacia el PCCh es para “transformar” a los detenidos, para que “dejen de seguir una identidad que es percibida como una amenaza para el Estado”, apuntó Greve.

Es un “intento por cambiar su forma de pensar para que nunca se atrevan a creer en su religión, sino más bien solo lo ‘normal’, que significa conformarse al ideal perfecto de lealtad absoluta al partido”, dijo refiriéndose al régimen comunista.

“El PCCh entiende que para mantener el control, es necesario no permitir que surjan fuentes independientes de solidaridad, como grupos religiosos o actividades comunitarias que los uigures puedan tener entre ellos: rendir culto y demás cosas”.

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